Wikowí
Azabache

Capítulo 2

Los perros

Los perros no paran de hacer ruido. No es el ruido de un perro que juega. Es otro ruido, largo y feo, y son muchos perros juntos.

Todos los caballos pequeños corremos a la parte de arriba del campo. Desde ahí se ve mejor. Mi madre está cerca, con un caballo viejo del amo. Los dos ya saben qué pasa.

Los perros tienen una liebredice mi madre.

—¿Qué es una liebre? —pregunto yo.

Un animal pequeño del campodice el caballo viejo—. Corre muy rápido y se esconde bien. Los perros corren detrás de la liebre, y los hombres corren detrás de los perros. Así juegan los hombres.

Los perros bajan por el campo del otro lado. Hacen ruido todos juntos y no paran nunca. Detrás vienen hombres a caballo, y algunos llevan ropa verde. Van muy rápido.

Después los perros paran abajo. Corren de un lado a otro con la nariz en el suelo.

Ya no saben dónde está la liebredice el caballo viejo—. A lo mejor la liebre se va.

Pero los perros hacen ruido otra vez y vienen todos hacia nuestro campo, hacia el río.

Ahora vamos a ver la liebredice mi madre.

Y ahí viene. Pasa cerca de nosotros, con mucho miedo, y corre hacia los árboles. Detrás vienen los perros. Saltan el agua, suben por la tierra alta y entran en nuestro campo. Detrás de ellos saltan seis o siete hombres a caballo.

La liebre quiere pasar entre los árboles de al lado, pero los árboles están muy juntos. Corre hacia el camino.

Y ya es tarde.

Oímos un grito. Uno solo. Después nada.

Un hombre baja del caballo y saca a los perros de encima. Levanta a la liebre por una pata rota. Todos los hombres están contentos.

Yo miro eso y nada más. No veo lo que pasa en el río, porque estoy mirando a los perros.

Cuando miro, veo una cosa mala. Hay dos caballos en el suelo. Uno está en el agua y se mueve. El otro está en el campo y hace un ruido bajo y feo. Uno de los hombres sale del agua lleno de tierra. El otro hombre está en el suelo y no se mueve nada. Es el hombre del caballo negro.

Ese hombre está muertodice mi madre.

Yo no estoy tristedice uno de los caballos pequeños.

Yo pienso lo mismo. Pero mi madre no.

Eso no se dicedice ella—. Yo soy vieja y veo muchas cosas. Pero esto nunca lo comprendo: a los hombres les gusta mucho este juego. Se caen y se hacen mal. Rompen las patas de caballos buenos. Rompen los campos. Y todo por una liebre. Pero nosotros somos caballos y no sabemos nada.

Los hombres van hacia el hombre del suelo. Mi amo llega primero y levanta al hombre. La cabeza va para atrás y los brazos caen. Nadie habla. Hasta los perros están en silencio ahora.

Llevan al hombre a la casa de mi amo.

Ahora quién es. Es Jorge Gordon, el hijo del señor Gordon. Un chico alto y joven. El señor Gordon no tiene otro hijo.

Un hombre viene a mirar al caballo negro del campo. Le toca las patas y mueve la cabeza de un lado a otro. El caballo no se levanta porque tiene una pata rota. Entonces alguien va corriendo a la casa y regresa con algo en las manos.

¡PUM!

Y después, nada. El caballo negro ya no se mueve.

Mi madre está mal todo ese día. Dice que conoce a ese caballo desde hace muchos años. Se llama Rob Roy. Dice que es un caballo bueno y que nunca le hace mal a nadie.

Mi madre nunca más va a ese lado del campo.

Unos días después oímos algo en el pueblo, despacio, mucho rato. Miramos por la puerta del campo. Pasa un carro negro con caballos negros. Detrás viene otro, y otro, y otro. Todos negros.

Llevan a Jorge Gordon al pueblo. Ya nunca más va a subir a un caballo.

No qué hacen con Rob Roy.

Y todo por una liebre.