Capítulo 2
Una cara en la aldaba
La niebla se hace más pesada. La oscuridad también. La campana de la iglesia da las horas en el cielo gris. Suena lejos, y suena rota.
El frío duele. En la calle, unos hombres hacen fuego y acercan las manos. El agua corre por el suelo. Después se queda quieta y se hace hielo.
Un niño se para delante de la puerta de Scrooge. Es pequeño y no lleva abrigo. Acerca la boca a la puerta y canta:
—Que Dios lo bendiga, señor...
Scrooge agarra la regla de la mesa y la levanta. El niño ve la regla y sale corriendo sin terminar la canción. La niebla y el hielo se quedan solos en la puerta.
A las siete, Scrooge cierra el negocio. Baja de su silla alta sin ganas. El empleado apaga su vela y se prepara para salir.
—Va a querer todo el día mañana, me imagino —dice Scrooge.
—Si a usted no le importa, señor.
—Me importa. Y no está bien. Si le quito medio día de sueldo, usted va a decir que tampoco está bien. ¿Verdad?
Bob Cratchit sonríe un poco.
—Y aun así —dice Scrooge—, yo pago el día y usted no trabaja. Y a usted eso le parece normal.
—Es una vez al año, señor.
—¡Bonita razón para meterme la mano en el bolsillo cada veinticinco de diciembre! —dice Scrooge, y se cierra el abrigo hasta el cuello—. Pero el día es suyo. Y pasado mañana llega usted más temprano.
Bob dice que sí. Scrooge sale con un ruido que no es una palabra.
La oficina se cierra en un momento. Bob Cratchit no tiene abrigo. Lleva una bufanda larga que le cuelga por delante. Con ella puesta se va a la calle de Cornhill. Allí hay hielo, y hay niños jugando. Bob se tira por el hielo veinte veces, en honor a la Navidad. Después corre a su casa, en Camden Town, todo lo que puede.
Scrooge cena solo, en el lugar triste de siempre. Lee todos los papeles del día. Hace números en su libro y se va a su casa a dormir.
Vive en unos cuartos que eran de su socio. Son cuartos viejos y oscuros, al final de un patio. Nadie más vive allí. El patio está tan oscuro que hasta Scrooge va tocando la pared.
La aldaba de esa puerta no tiene nada raro. Es grande, y ya está. Scrooge la ve todos los días, por la mañana y por la noche. Y Scrooge no es un hombre de imaginar cosas.
Pero esta noche pone la llave en la puerta y mira. Y en el lugar de la aldaba ya no hay una aldaba.
Hay una cara.
Es la cara de Jacob Marley. No está oscura como el patio. Tiene su propia luz gris, como algo muerto en un cuarto cerrado. No mira con enojo. Mira a Scrooge igual que lo miraba Marley siempre. El pelo se mueve un poco. Los ojos están abiertos y quietos, y eso es lo peor.
Scrooge mira. Y cuando vuelve a mirar, la aldaba es una aldaba otra vez.
Y sí, siente algo. Lo siente en la sangre. Es algo que no siente desde que era niño. Pero pone la mano en la llave y la mueve con fuerza. Entra y toma una vela.
Antes de cerrar se queda quieto y mira detrás de la puerta. No hay nada. Solo el hierro de la aldaba.
—¡Paparruchas! —dice, y cierra de un golpe.
El golpe suena por toda la casa. Cada cuarto de arriba contesta con su propio ruido. El sótano contesta también.
Scrooge no es hombre de tener miedo por un ruido. Cierra con llave y pasa por el pasillo oscuro. En el pasillo no se oye nada. Después sube la escalera despacio, cuidando la llama de la vela.
La escalera es grande. Muy grande. Por esa escalera sube un carro de caballos sin tocar las paredes. Tal vez por eso Scrooge mira hacia arriba, a la oscuridad. Y cree ver un carro negro de los que llevan muertos.
Una vela sola no da mucha luz. A Scrooge no le importa: la oscuridad es barata, y a Scrooge le gusta lo barato. Pero antes de cerrar la puerta, pasa por todos los cuartos para mirar. Todavía tiene esa cara en la cabeza.
Sala, cuarto de dormir, cuarto de las cosas viejas. Todo está como tiene que estar. Nadie debajo de la mesa. Nadie debajo de la silla grande. Un poco de fuego en la chimenea y la sopa lista al lado. Nadie debajo de la cama. Nadie dentro del abrigo largo de la pared. Aunque ese abrigo cuelga de una manera rara.
Contento, cierra con llave. Después cierra con llave otra vez. Eso no lo hace nunca.
Se sienta delante del fuego con la manta y toma la sopa. El fuego es tan pequeño que no da calor. La chimenea es vieja y a su alrededor hay piedras con figuras: mujeres, reyes, barcos, ángeles. Esta noche Scrooge ve en cada piedra la cara de Jacob Marley.
—¡Paparruchas! —dice. Se levanta y anda por el cuarto.
Se vuelve a sentar. Al echar la cabeza atrás, ve una campana vieja en la pared. Es una campana que ya no sirve para nada.
Y mientras la mira, la campana empieza a moverse.
Se mueve tan despacio que casi no suena. Después suena fuerte. Después suenan todas las campanas de la casa a la vez.
Tal vez dura medio minuto. Tal vez dura un minuto. A Scrooge le parece una hora.
Las campanas callan todas a la vez, igual que empezaron. Y entonces, muy abajo, empieza otro ruido. Es un ruido de hierro pesado que viene del sótano.
La puerta del sótano se abre de golpe.
El ruido sube. Está en el piso de abajo. Está en la escalera. Viene hacia su puerta.