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El bungaló de la maleza

Capítulo 2

Dos brazos

Nancy sacó la cabeza del agua y lo primero que hizo fue buscar a Helen.

Nadaba bien. Nadaba desde chica y en el campamento la habían puesto a enseñar a las más nuevas. Pero Helen apenas sabía nadar en agua quieta, y esto no era agua quieta.

—¡Helen!

El viento se llevó el nombre.

Entonces, a unos pasos, vio una mano blanca arriba del agua. Nada más que eso: una mano, abierta, un segundo. Después no estuvo más.

Nancy dobló el cuerpo y bajó de cabeza. Abrió los ojos debajo del agua y no vio nada, porque ahí abajo el lago era negro. Buscó con las manos. Buscó hasta que le faltó el aire y tuvo que subir.

«Otra vez», se dijo. «No la voy a dejar

Y en eso la vio, a tres pasos, moviendo los brazos de una manera que no era nadar.

Llegó por atrás y le pasó un brazo por el pecho. Con la mano libre le levantó el cuerpo hasta sacarle la cara del agua. Helen tomó aire, se dio la vuelta y se le colgó del cuello con las dos manos.

—¡Suéltame! —dijo Nancy—. ¡Helen, suéltame!

Helen no la oyó. Helen ya no oía nada. Apretó más y las hundió a las dos.

Abajo, en lo negro, a Nancy le vino el miedo entero de una vez. Después se le fue y le quedó la cabeza clara y fría. Y en esa cabeza clara había una cosa guardada de hacía dos veranos: un hombre en el muelle del campamento, delante de doce chicas que no le hacían caso, explicando cómo se sale de un abrazo así.

Le puso una mano en la cara y empujó. Con la otra le levantó un brazo. Sintió que el abrazo se abría un poco, se agachó por debajo del brazo levantado y salió por detrás.

Las dos cabezas rompieron el agua juntas.

Antes de que Helen pudiera agarrarla otra vez, Nancy la puso de espaldas contra ella, con el brazo cruzado sobre el pecho.

No te muevasle dijo en la oreja—. Si te mueves nos ahogamos las dos. ¿Me entiendes?

dijo Helen.

Cuando veas venir una ola, toma aire y aguanta. Yo no te suelto.

No me sueltes.

No te suelto.

Vino una ola. Helen aguantó. Vino otra y aguantó también, y Nancy pensó que ya estaba, que ahora era solo tiempo.

A la tercera, Helen se olvidó de todo y empezó a pelear otra vez.

Nancy la tenía bien tomada y Helen no se pudo soltar. Pero pelear con alguien en el agua cansa de un modo que no cansa ninguna otra cosa. Cansa por dentro. A la cuarta ola Nancy ya estaba respirando corto. Sabía lo que significaba respirar corto lejos de la orilla. Se lo habían dicho el mismo día que le habían enseñado a salir de un abrazo.

Ni por un segundo pensó en soltarla.

Miró hacia donde tenía que estar la orilla y no había orilla. Tampoco estaba la lancha. El tronco se había ido con el viento, y con el tronco se había ido la única cosa a la que se podían agarrar.

Le quedaba el agua y le quedaban los brazos.

Y como los brazos se le estaban acabando, la cabeza se le fue sola a su padre.

Carson Drew estaba a cuarenta millas de ahí, en River Heights, seguramente despierto con los papeles de algún caso. Se habían quedado los dos solos cuando Nancy tenía diez años.

«No se va a enterar hasta mañana», pensó. Y eso fue lo peor de todo el día.

Nancy.

—¿Qué?

Sálvate . Sola llegas.

No.

Llegas, Nancy. Las dos no.

Era verdad. Las dos no llegaban. Nancy lo sabía con la misma claridad con que sabía nadar, y no aflojó el brazo ni un dedo.

Cállate y aguanta.

Pasó otra ola encima de las dos. Nancy volvió a subir con Helen y se dijo, tranquila, que una más así y se terminaba.

Fue entonces cuando oyó el ruido.

No fue un grito. Fue un ruido chico que se repetía abajo del viento, y Nancy tardó dos segundos en darse cuenta de que era madera contra madera. Un remo.

—¡Auxilio! —gritó.

El viento le trajo algo que podía ser una voz o podía ser el viento.

—¡Auxilio! ¡Aquí!

Y esta vez llegó entera:

—¡Aguanta! ¡Ya voy!

Nancy no lloró, porque no le quedaba aire para llorar, pero le pasó por la garganta una cosa que se le parecía mucho.

—¡Aquí! ¡Aquí!

Salió de la lluvia una forma oscura y la forma era un bote de remos. Venía torcido, subiendo y bajando, y adentro había una sola persona.

Una chica. Sola, con los dos remos, en el medio de eso.

El bote pasó de largo la primera vez. La segunda también. A la tercera, Nancy estiró el brazo cuando pasó al lado y alcanzó el borde con los dedos, y no lo soltó. Arrastró a Helen del cuello del vestido hasta que Helen también se agarró.

—¡Con cuidado! —gritó la chica—. ¡Se da la vuelta!

Nancy miró el bote y entendió el problema enseguida. Si las dos subían por el mismo lado, se daba la vuelta y quedaban tres en el agua en vez de dos.

Nadó hasta el otro lado.

Sube le dijo a Helen—. Yo hago fuerza de este lado.

Helen subió. El bote se fue para un lado, tembló, y no se dio la vuelta. Después subió Nancy, y le costó mucho más. Cayó adentro y se quedó tirada sobre la madera mojada.

Helen se quedó donde había caído, en el fondo, temblando.

Nancy se levantó igual. Miró a la chica de los remos y vio que estaba peor que ella: los hombros caídos, la boca abierta, remando sin fuerza.

Dame los remosdijo Nancy.

Puedo seguir.

Dame los remos. Dos minutos.

La chica soltó los remos y se dejó caer en el asiento de atrás, de golpe, sin nada de fuerza.

Graciasdijo Nancy—. No aguantábamos más. ¿Para dónde está la orilla?

La chica levantó la mano y señaló, y Nancy empezó a remar.

Remó fuerte, doblando el bote de costado para cortar las olas. Después, sin dejar de remar, dijo lo que venía pensando desde que había visto ese bote.

Saliste con este tiempo sola.

.

—¿Nadas bien?

La chica tardó en contestar. Cuando contestó, lo hizo en voz muy baja, y Nancy tuvo que mirarle la cara para estar segura de haber oído bien.

No nadar.