Capítulo 2
La palabra entre dos mundos
I. La palabra entre dos mundos
En el punto exacto donde las dos columnas se encontraron, había una mujer.
Se llamaba Malintzin. Los españoles la llamaban doña Marina; los mexicas, con el tiempo, llamarían Malinche al hombre que siempre estaba a su lado. Su propia madre la había vendido cuando era niña. Ahora era la única persona en todo el continente por la que podían pasar las palabras de los dos imperios.
Moctezuma habló primero. Habló largo, con la elegancia antigua de los discursos que se aprenden de memoria, y Malintzin escuchó sin mover la cara.
Después se volvió hacia Cortés y eligió, una por una, las palabras en español.
II. Lo que cada uno oyó
Cortés oyó lo que quería oír: un rey que dudaba, una puerta que se abría.
El sacerdote, desde la multitud, oyó otra cosa: oyó al tlatoani hablar con extranjeros como nunca había hablado con ningún señor de ningún pueblo de la tierra. Con cortesía. Casi con miedo.
Y Malintzin, entre los dos, oyó las dos cosas a la vez — y no dijo lo que pensaba, porque su trabajo no era pensar en voz alta.
Esa noche, los extranjeros durmieron dentro de la ciudad, en el palacio de Axayácatl, padre de Moctezuma.
El sacerdote subió a lo alto del templo y miró las luces del palacio hasta el amanecer.
Habían entrado cuatrocientos. La ciudad podía cerrarse sobre ellos como una mano.
¿Por qué, entonces, sentía que era la ciudad la que estaba dentro de un puño?