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Capítulo 2

El testamento

Esa noche, Utterson volvió a su casa triste y preocupado. Cenó sin hambre. Cada domingo, después de la cena, se sentaba junto al fuego con un libro serio. Allí se quedaba hasta que el reloj de la iglesia daba las doce. Pero esa noche no. Tomó una vela y fue a su cuarto de trabajo.

Allí abrió la caja fuerte y sacó unos papeles largos. Arriba, con la letra de su amigo, decía: «Testamento del doctor Henry Jekyll».

Utterson odiaba ese testamento. Jekyll lo había escrito solo, con su propia mano, porque Utterson no quiso ayudarlo a escribirlo. Y ahora el abogado tenía que guardarlo.

El testamento decía dos cosas. Si Henry Jekyll moría, todo lo que tenía era para «mi amigo y benefactor Edward Hyde». Eso ya era raro. Pero la otra cosa era todavía más extraña. Si el doctor Jekyll desaparecía por más de tres meses, Edward Hyde debía ocupar su lugar enseguida. Hyde no tenía que esperar a la muerte de nadie. Todo era para él.

Utterson leyó otra vez esas palabras. Antes, Hyde era para él solo un nombre, y eso ya era malo. Ahora el nombre tenía pies, y esos pies pisaban niños en la calle.

—Pensé que Henry estaba loco —dijo en voz baja, y guardó otra vez el testamento—. Ahora tengo miedo de algo peor. Tengo miedo de que Henry tenga un secreto sucio.

Apagó la vela, salió a la calle y caminó hasta la plaza Cavendish. Allí vivía el doctor Lanyon, un médico famoso, con la casa siempre llena de pacientes.

«Si alguien sabe algo, es Lanyon», pensó.

Un criado abrió la puerta y lo llevó enseguida a la sala. El doctor Lanyon estaba solo, con un vaso de vino. Era un hombre fuerte, de cara roja, con el pelo ya blanco aunque todavía no era viejo. Hablaba alto y se reía mucho. Al ver a Utterson, saltó de la silla y le tomó las dos manos. Eran amigos desde la escuela y la universidad, y se querían de verdad.

Hablaron un rato de otras cosas. Después Utterson dijo:

—Lanyon, tú y yo somos los dos amigos más viejos de Henry Jekyll, ¿no?

—Los más viejos, sí —dijo Lanyon, riéndose—. Y cada año más viejos. Pero casi no lo veo.

—¿No? Yo creía que los dos trabajaban en lo mismo.

—Antes, sí. Pero hace más de diez años Henry empezó con unas ideas muy raras. Todavía lo quiero, claro, por los viejos tiempos. Pero casi no lo veo. —Y de pronto se puso rojo de enojo—. ¡Eso que hace no es ciencia! ¡Es magia! ¡Con esas ideas, pierde uno hasta a sus mejores amigos!

A Utterson casi le gustó ese enojo. «Solo pelearon por la ciencia», pensó. «No es nada peor que eso.»

Esperó un momento y preguntó lo que quería preguntar:

—¿Conociste alguna vez a un amigo de Henry que se llama Hyde?

—¿Hyde? —dijo Lanyon—. No. Nunca oí ese nombre.

Eso fue todo lo que Utterson se llevó a su casa esa noche.

No pudo dormir. Se movía de un lado a otro en su cama grande y oscura, y las horas pasaban despacio. La historia de Enfield volvía una y otra vez: una ciudad llena de faroles, y un hombre pequeño que pasaba por encima de una niña, sin parar.

Otras veces veía una casa rica. En un cuarto, su amigo dormía y sonreía en sus sueños. Entonces la puerta se abría, y junto a la cama había alguien. Y su amigo tenía que levantarse, a esa hora de la noche, y hacer lo que ese alguien quería.

Esa figura corría por casas dormidas, cada vez más rápido, y en cada esquina pisaba a un niño. Y no tenía cara. Aun en los sueños de Utterson, no tenía cara. O tenía una cara que cambiaba y se deshacía delante de sus ojos.

Por eso, esa noche, Utterson empezó a querer una cosa con todo su corazón: ver la cara del verdadero señor Hyde. «Si lo veo una sola vez», pensó, «voy a entender». Quizá iba a entender por qué su amigo hacía todo lo que ese hombre quería. Quizá iba a entender también ese testamento tan raro. Y por lo menos iba a ver la cara que Enfield no podía olvidar.

Desde ese día, Utterson empezó a vigilar la puerta de la calle de las tiendas. Iba por la mañana, antes del trabajo. Iba de día, cuando tenía mucho que hacer y poco tiempo. Iba de noche, bajo la luna y la niebla. A todas horas, el abogado estaba allí.

«Si él se esconde», pensaba, «yo lo voy a buscar».