Capítulo 2
Cien puertas cerradas
Mary abre los ojos otra vez. Ya es de noche y el tren está parado.
—Vamos —dice la señora Medlock—. Aquí bajamos. Y todavía tenemos un camino largo.
Bajan del tren. Está lloviendo. La señora Medlock lleva sus cosas sola, porque Mary no piensa en ayudarla. En la India otras personas llevan las cosas.
Afuera espera un carro. Un hombre con la ropa mojada le abre la puerta. Adentro está todo oscuro.
El carro empieza a andar.
Mary no tiene sueño. Se sienta cerca de la ventana y mira. No tiene miedo, pero piensa una cosa: en una casa con cien cuartos cerrados, no se sabe qué puede pasar.
—¿Qué es un páramo? —dice de pronto.
—Mira por la ventana en diez minutos y vas a ver —dice la señora Medlock—. Tenemos que pasar por el páramo de Missel para llegar a la casa. Está oscuro, así que no vas a ver mucho. Pero algo vas a ver.
Mary no pregunta nada más. Espera en su lugar y mira.
Con las luces del carro se ve un poco del camino. Primero pasan por un pueblo pequeño, con una luz amarilla en una ventana. Después hay árboles a los dos lados. Después, durante mucho rato, no hay nada más.
Entonces los árboles se terminan.
El camino sube. El carro va más despacio. Mary pone la cara contra la ventana. No ve nada: todo negro a los dos lados, hasta muy lejos.
—Bueno, ya estamos en el páramo —dice la señora Medlock.
Se levanta viento. Hace un ruido bajo y largo, y no para.
—¿Eso… eso no es el mar? —dice Mary.
—No, no es el mar —dice la señora Medlock—. Es tierra y más tierra, hasta donde se ve. Ahí no crece casi nada y no vive casi nadie.
—Suena como el mar —dice Mary.
—Es el viento en la hierba del páramo. A mucha gente le gusta este lugar. A mí no mucho.
El carro sigue y sigue. La lluvia para, pero el viento no.
Mary aprieta la boca.
«No me gusta», piensa. «No me gusta nada.»
Después de mucho rato ve una luz pequeña, muy lejos. La señora Medlock también la ve.
—Menos mal —dice—. Ya estamos cerca.
Pero todavía no llegan. Pasan por una puerta de campo. Entran en un camino largo entre árboles altos. Las ramas se tocan arriba. El carro pasa por debajo como por un pasillo oscuro.
Y entonces salen a un lugar abierto, y ahí está la casa.
Es una casa larga y baja, de piedra gris. Primero Mary piensa que no hay ninguna luz. Después ve una sola ventana con luz, arriba, en una punta de la casa.
La puerta de la casa es muy grande. Mary tiene que levantar la cabeza para verla toda.
Adentro hay un cuarto tan grande que Mary no ve dónde termina. Casi no hay luz. Todo se ve gris: las paredes, el piso, el aire. En las paredes hay retratos viejos, hombres y mujeres de otro tiempo. Las caras de los retratos miran hacia abajo, hacia ella. Mary decide que no quiere mirarlos.
De pie sobre el piso de piedra, con su vestido negro, Mary se ve muy pequeña. Nadie la mira.
Un señor viejo espera al lado de la puerta.
—Llévela a su cuarto —dice—. Él no quiere verla. Mañana temprano se va a Londres.
—Muy bien, señor Pitcher —dice la señora Medlock—. Si sé lo que tengo que hacer, yo lo hago.
Entonces suben. Suben y suben. Después caminan por un pasillo largo. Después suben otra vez, y pasan por otro pasillo, y después por otro. Mary pierde la cuenta de las puertas. Todas están cerradas. Todas son iguales.
Por fin la señora Medlock abre una puerta. Adentro hay fuego en la chimenea y comida en la mesa.
—Bueno, ya llegaste —dice la señora Medlock—. Este cuarto y el de al lado son tuyos. Aquí te quedas. ¿Está claro?
—¿Y los otros cuartos? —dice Mary.
—Los otros cuartos no son para ti. Hay casi cien y casi todos están cerrados con llave. No quiero verte andando por los pasillos. Al señor Craven no le gusta.
—No pienso andar por ningún lado —dice Mary.
La señora Medlock se va y cierra la puerta.
Mary se queda sola. Come un poco. Después se sienta en la cama. No conoce el cuarto. No conoce la casa. No conoce el país.
Afuera el viento pasa por el páramo. Hace ese ruido largo, como el mar.
Mary escucha mucho rato.
Y entonces, en algún lugar de la casa, muy lejos, oye otra cosa. Es un ruido corto: sube y baja, se corta y vuelve.
No es el viento.