Capítulo 1
El garrote
Muy lejos, en el norte, unos hombres encuentran oro debajo del hielo.
La noticia corre por los barcos, por los trenes y por los periódicos. Miles de hombres salen hacia el norte. Todos necesitan perros. No perros chicos de casa. Perros grandes y fuertes, con el pelo largo y caliente. Perros hechos para jalar en la nieve.
Buck no lee los periódicos.
Buck vive en el valle de Santa Clara, en la casa grande del juez Miller. Hay árboles altos, hay caballos, hay un huerto y pasto verde. Y por encima de todo eso está Buck.
Tiene cuatro años, pesa sesenta kilos y es un perro grande y marrón. Hay otros perros en la casa, pero no cuentan. Buck es el rey. Le gusta nadar en el río con los hijos del juez. Camina con las hijas del juez cuando cae la tarde. En las noches de invierno se acuesta a los pies del juez, delante del fuego.
Así es Buck en el otoño de 1897.
En la casa del juez también trabaja Manuel. Manuel ayuda en el huerto. Y Manuel juega a las cartas por dinero, y cuando juega, pierde. Tiene mujer y tiene hijos. Y no tiene dinero, porque lo pierde todo en las cartas.
Una noche el juez no está en la casa. Nadie ve a Manuel y a Buck salir por el huerto.
Buck va contento. Cree que salen a caminar.
En College Park, donde para el tren, hay un hombre esperando. Habla con Manuel, y de una mano a la otra pasa dinero.
—Átalo bien —dice el hombre—. No quiero problemas.
Manuel le pone una cuerda fuerte en el cuello.
—Si jalas fuerte, no respira —dice Manuel.
Buck acepta la cuerda sin moverse. Conoce a los hombres de la casa y los deja hacer. Pero cuando Manuel le pasa la cuerda al otro hombre, Buck gruñe.
Es solo un aviso. En cuatro años, un aviso de Buck siempre alcanzó.
Esta vez no.
La cuerda se cierra sobre su garganta y Buck se queda sin aire. Salta con rabia. El hombre lo agarra del cuello y lo tira de espaldas. Y la cuerda aprieta más. Buck pelea. Saca la lengua. El pecho le sube y le baja, y no le entra aire. Nunca en su vida lo trataron así. Nunca en su vida tuvo tanta rabia.
Después no hay nada.
Despierta con un dolor fuerte en la lengua. El suelo tiembla y hace ruido debajo de él. Un tren. Buck viajó muchas veces con el juez y conoce ese ruido. Abre los ojos.
El hombre de la cuerda le salta a la garganta. Buck es más rápido y le cierra los dientes en la mano.
Después, otra vez, nada.
—Está enfermo —dice el hombre, y esconde la mano—. Lo llevo a San Francisco, a un doctor.
Esa noche, en una cantina, el hombre se mira la mano.
—A mí me pagaron cincuenta por robarlo —dice—. Ni por mil lo vuelvo a hacer.
—Y el que te lo trajo se llevó cien —dice el dueño de la cantina—. Ciento cincuenta entre los dos. Y el perro los vale.
Buck quiere pelear otra vez. Lo tiran al suelo. Le cierran la garganta con la cuerda hasta que el mundo se pone negro. Después le quitan la cuerda y lo meten en una jaula de madera.
Ahí pasa la noche.
No entiende. ¿Qué quieren de él estos hombres? ¿Por qué lo tienen adentro de esta jaula? No lo sabe, pero siente que algo malo viene. Muchas veces la puerta se abre y Buck se para de un salto. Cada vez está seguro de que va a ver al juez. Cada vez es la cara del dueño de la cantina.
Y cada vez la alegría que le sube por la garganta sale como un gruñido.
En la mañana, cuatro hombres levantan la jaula. Después hay carros, y un barco, y al final un tren.
Dos días y dos noches. Buck no come y no bebe. Los hombres del tren juegan con él para hacerlo enojar. Ladran, mueven los brazos, se ríen. Es un juego tonto, y por eso le da más rabia. El hambre no es lo peor. Lo peor es que no hay agua.
Pero hay una cosa buena: la cuerda ya no está.
«Nunca más», piensa Buck. «Nunca más una cuerda en mi cuello.»
En Seattle, cuatro hombres llevan la jaula hasta un patio de paredes altas. Sale un hombre gordo con un suéter rojo. Escribe su nombre en un papel. Buck lo mira y sabe: este es el que sigue. Se tira contra la jaula.
El hombre del suéter rojo sonríe. No corre y no grita. Va y trae un hacha y un garrote.
—¿Lo va a sacar ahora? —pregunta el del carro.
—Claro —dice el hombre, y mete el hacha en la madera.
Los cuatro hombres se suben a la pared para mirar desde arriba.
Buck muerde la madera que se rompe. Donde cae el hacha por fuera, ahí está Buck por dentro, gruñendo.
—Ahora, diablo de ojos rojos —dice el hombre.
Suelta el hacha y pasa el garrote a la otra mano.
Buck encoge el cuerpo y salta. Sesenta kilos de rabia guardada dos días y dos noches. En el aire, con la boca abierta, algo lo para en seco. Los dientes se le cierran de golpe y cae de espaldas.
Nunca en su vida le pegaron con un garrote. No entiende.
Se para y salta otra vez. Otra vez el golpe. Otra vez el suelo.
Ahora sí entiende que es el garrote. No le importa. Salta doce veces, y doce veces el garrote lo tira al suelo.
Después de un golpe muy fuerte, Buck ya no puede correr. Camina de lado. Le sale sangre de la nariz y de la boca.
El hombre se acerca tranquilo, mirándolo a los ojos. Le pega en la nariz.
Ese dolor es distinto de todos los otros.
Buck grita y salta una vez más. El hombre lo agarra de la boca y le dobla la cabeza hacia atrás. Buck da una vuelta entera en el aire y cae de cabeza.
Se levanta. Salta por última vez.
El hombre le da el golpe que tenía guardado. Buck cae y no se levanta.
Cuando vuelve en sí, la fuerza no vuelve con él. Se queda donde cayó y mira al hombre del suéter rojo.
—«Responde al nombre de Buck» —lee el hombre en un papel—. Bueno, Buck. Ya tuvimos nuestra pelea. Tú aprendiste tu lugar y yo sé el mío. Sé un buen perro y todo va bien. Sé un mal perro y te va a ir mal.
Le pone la mano en la cabeza, donde acaba de pegarle. A Buck se le para el pelo, pero no se mueve. Después el hombre le trae agua y Buck bebe mucho. Luego le da carne con la mano, pedazo por pedazo, y Buck come.
Le ganaron. Buck lo sabe.
«Pero no soy suyo», piensa.
Ese garrote le enseña algo que no va a olvidar nunca. Contra un hombre con un garrote, un perro no tiene nada que hacer. Un hombre con un garrote es la ley. Es un amo, y al amo se le obedece. Buck lo entiende y lo acepta. Quererlo es otra cosa.
En los días que siguen llegan más perros al patio. Unos vienen tranquilos, y otros ladrando como locos. Todos pasan por lo mismo. Algunos, después del garrote, le mueven la cola al hombre y le lamen la mano. Buck nunca hace eso.
Y ve otra cosa. Ve un perro que no obedece y no baja la cabeza.
Ese perro no sale del patio.
Vienen hombres y compran. Pagan, se llevan perros, y los perros no vuelven. Buck tiene miedo, y cada vez que no lo llevan a él, respira tranquilo.
Pero un día le toca.
Llega un hombre chico y rápido, que habla metiendo palabras de otra lengua.
—¡Ese sí es un perro! —dice cuando ve a Buck—. ¿Cuánto?
—Trescientos, y es barato —dice el del suéter rojo—. Es dinero del gobierno, Perrault. No tienes de qué quejarte.
Perrault sonríe. Trescientos dólares por un perro así no es mucho. Y con él, el correo va a llegar más rápido. Perrault sabe de perros. Mira a Buck y piensa: uno entre diez mil.
Buck ve pasar el dinero. El hombre chico se lleva dos perros, Buck y Curly. Curly es una perra que quiere ser amiga de todos.
Esa es la última vez que Buck ve al hombre del suéter rojo. Y desde el barco ve por última vez el sur caliente.
Abajo, Perrault se los pasa a François. Los dos hombres vienen de Canadá y hablan otra lengua. Los primeros días Buck los mira con cuidado, pero pronto ve que son justos.
En el barco hay dos perros más.
Uno es grande y blanco como la nieve. Se llama Spitz, por Spitzbergen, el lugar de donde viene. Parece bueno, pero no lo es. Sonríe con los dientes mientras piensa qué te va a robar. En la primera comida le roba un hueso a Buck. Buck salta, pero el látigo de François llega primero y le pega al ladrón. Buck se queda con su hueso. «Eso es justo», piensa Buck.
El otro perro no se acerca y no molesta. Tampoco roba. Es oscuro y callado. Le hace entender a Curly una cosa: quiere estar solo. Se llama Dave. Come y duerme. Nada le importa.
Los días pasan y el aire se pone más frío. Una mañana el barco deja de temblar. Se llena de ruido y de gente. Algo va a cambiar. François los saca arriba.
Buck pisa el suelo y la pata se le mete en una cosa blanca y blanda.
Salta para atrás. Del aire cae más de esa cosa blanca. Buck se sacude y le cae más encima. La huele. Después saca la lengua y prueba un poco.
Le quema como fuego y en el mismo momento desaparece.
Buck no entiende. Prueba otra vez. Pasa lo mismo.
En el barco, los hombres se ríen fuerte. Buck siente vergüenza y no sabe por qué.
Es su primera nieve.