Capítulo 2
La chica que no se queda
Hannah Gruen está en la puerta con su bolso cuando Nancy llega.
—Ay, señorita Nancy. Yo no me quiero ir así, con la casa toda...
—Se va y ya está —dice Nancy—. Su hermana la necesita.
—Vuelvo lo más pronto posible. Pueden ser dos meses.
—Se queda con su hermana. Todo el tiempo.
Hannah la mira un momento. Después sube al carro de Carson Drew. El carro sale para la estación y la casa se queda sin ruido.
Nancy entra en la cocina y mira las cosas de Hannah.
Hannah trabajó en esa casa desde que Nancy tenía diez años. Desde que se murió su madre. Nancy lleva la casa desde entonces. Su padre no sabe cuánto trabajo es eso, porque ella nunca le dijo nada.
—Bueno —dice Nancy en voz alta—. Una cosa por vez.
Pasa toda la mañana siguiente en el teléfono. Llama a tres lugares y en los tres le dicen lo mismo. No hay nadie. Tal vez la semana que viene.
A las dos de la tarde llaman a la puerta.
La chica que está afuera tiene dieciocho o diecinueve años. Es alta y flaca y trae un bolso viejo.
—Vengo por el trabajo —dice.
—Adelante.
La chica entra y se sienta. Y entonces pasa algo que Nancy no entiende enseguida.
Los ojos de la chica no paran. Van de la mesa al reloj de la pared. Del reloj a la puerta del comedor. Del comedor a la ventana. Cuentan. No es la cara de alguien que va a trabajar en una casa. Es la cara de alguien que mira una casa desde afuera.
—¿Cómo se llama? —dice Nancy.
—Mary Mason.
—¿Trae papeles?
Mary Mason saca un sobre del bolso y lo pone en la mesa. Adentro hay dos hojas escritas a mano. Nancy las lee.
Y son buenas. Son muy buenas. La letra es grande y bonita, todas las letras iguales. La persona que escribió eso escribe despacio y con gusto. La señora Stonewell dice que Mary Mason trabajó en su casa más de un año. Dice que es rápida y que trabaja bien. Dice que la puede tomar sin miedo.
Nancy cierra las hojas. La chica no le gusta. Pero una cosa es lo que le gusta y otra lo que dice un papel. Y el papel dice esto.
—Es una casa con mucho trabajo —dice Nancy—. Mi padre recibe gente casi todas las semanas.
—Yo trabajo sola. Nadie me tiene que explicar nada.
—Ya veo.
Nancy le pregunta algunas cosas más. La chica contesta bien y rápido, como quien ya pasó por esto.
—¿Y su familia?
Mary Mason levanta la cabeza.
—No tengo familia. Soy sola.
Lo dice demasiado rápido. Nancy no sabe por qué le suena mal, pero le suena mal.
—Bueno —dice Nancy—. Le pago quince dólares por semana, con el cuarto y la comida.
Nancy espera un sí. Quince dólares es mucho en River Heights y las dos lo saben.
Mary Mason pone mala cara.
—Es poco.
—¿Poco?
—Yo pido más.
Nancy abre otra vez las hojas y las lee despacio.
—Aquí dice doce dólares por semana, en casa de la señora Stonewell.
El cuarto se queda sin ruido. Mary Mason mira el papel en la mano de Nancy. Por un momento la cara queda vacía. Después sonríe con media boca.
—Está bien. Quince está bien.
—Entonces le enseño la casa.
Se levantan. En la puerta del comedor, Mary Mason se para.
—¿El señor de la casa guarda dinero o joyas aquí? —dice—. Lo pregunto para saber qué tengo que cuidar más.
—Papeles, casi todo.
—Papeles.
Salen del comedor. Y entonces Nancy se acuerda de que no dijo su propio nombre.
—Yo soy Nancy Drew.
La chica se para.
—¿Drew?
—Sí. ¿Por qué?
—¿Usted no es la hija de...? —Mary Mason no termina la pregunta.
—De Carson Drew.
—¿Su padre es abogado?
—Es abogado, sí. Trabaja en casos criminales.
Nancy lo dice como quien dice la hora. Y ve cambiar la cara de la chica.
Nancy conoce esa cara. La gente pone esa cara cuando oye un nombre grande. Esto no es eso. La cara de Mary Mason se pone blanca. Cierra la mano sobre el bolso viejo.
—No puedo tomar el trabajo, señorita Drew.
—¿Cómo que no puede?
—Nadie me dijo que su padre era abogado.
—¿Y eso qué cambia?
—No trabajo en una casa así. —La chica ya está caminando para la puerta—. Tiene que buscar a otra.
—Un momento. Le pago dieciocho.
Dieciocho dólares por semana. Es mucho dinero, y lo dice igual, porque quiere ver qué contesta.
—No me quedo aquí ni por cien —dice Mary Mason—. Me quiero ir.
Nancy le abre la puerta. La chica sale y se va por la calle casi corriendo. No mira para atrás ni una vez. Nancy se queda en la puerta hasta que no la ve más.
«Bueno», piensa. «Perdí una hora con esa chica.»
Y después se queda con una idea que no le gusta. Que esa chica no vino a pedir trabajo. Que vino a mirar la casa.
Vuelve adentro. Las dos hojas de la señora Stonewell siguen en la mesa. Nancy las levanta para tirarlas y después no las tira. Las pone abajo del teléfono. No sabe por qué.
A la mañana siguiente llega la señora Sadie Carter.
Tiene unos sesenta años. Es una mujer negra, alta, de manos grandes. Trae sus propios papeles en un sobre nuevo. Nancy no llega a leerlos. La señora Carter ya está en la cocina, abriendo y cerrando cosas.
—Aquí no hay casi nada para comer —dice—. Y esa ventana no cierra bien, señorita Nancy. Se lo digo ahora, así usted ya lo sabe.
—Tiene razón en las dos cosas.
—Casi siempre tengo razón en las dos cosas. —La señora Carter ya se está lavando las manos—. Usted tiene sus cosas que hacer. La casa es cosa mía.
Y así fue como Nancy Drew quedó sin nada que hacer en su propia casa. A tiempo para ir el viernes a ver cuarenta mil dólares en diamantes.