Capítulo 2
Es solo la ropa
La reja se abrió.
Los soldados no se movieron. La gente que un momento antes se reía de Tom se quitó la gorra. Y Tom Canty, con sus harapos y con barro hasta las rodillas, entró en el palacio de Westminster.
El príncipe lo llevó por un jardín, una escalera y un pasillo tan largo que Tom no le veía el final. Al fondo había un cuarto pequeño y caliente. En la pared colgaban espadas y piezas de armadura. Sobre una mesa había papeles, y una vela, y otras cosas más que Tom ni miró.
—Aquí nadie nos molesta —dijo el príncipe—. Es mi cuarto.
Trajeron comida. Tom se quedó mirando los platos sin tocarlos: nunca había visto tanta comida junta y no sabía si era para él.
Había criados esperando de pie contra la pared. El príncipe los miró y movió la mano.
—Salgan.
Salieron todos. Cuando la puerta se cerró, el príncipe se sentó cerca de Tom.
—Ahora come.
Tom comió. Comió como come alguien que tiene miedo de que le quiten el plato.
«Que no entre nadie», pensaba mientras comía. «Que no entre nadie todavía.»
El príncipe lo miraba con las manos en las rodillas y le hacía preguntas.
—¿Cómo te llamas?
—Tom Canty, señor.
—¿Y dónde vives?
—En la ciudad, señor. En Offal Court.
—Offal Court. —El príncipe repitió el nombre despacio. Nunca había oído un nombre así—. ¿Tienes padres?
—Padre y madre, señor. Y una abuela, que no me quiere mucho. Y dos hermanas, Nan y Bet.
—¿Y tu abuela te trata mal?
—Trata mal a todo el mundo, señor. Y cuando no está dormida, me lo hace pagar todo junto.
—¿Te pega?
—Sí, señor.
—¿Te pega? —El príncipe se levantó—. ¿A ti, que eres pequeño? Esta misma noche va a la Torre.
—Señor, perdone. La Torre no es para gente como ella. La Torre es para los grandes.
El príncipe se quedó quieto un momento.
—Es verdad —dijo—. No lo había pensado. Ya veré qué hago con ella. ¿Y tu padre? ¿Es bueno contigo?
—No más que mi abuela, señor.
—Los padres se parecen todos, entonces. El mío tiene la mano dura. —Se calló un momento—. ¿Y tu madre?
—Mi madre es buena, señor. Nunca me ha hecho nada malo. Y Nan y Bet tampoco.
—¿Qué edad tienen?
—Quince años, señor.
—Mi hermana Isabel tiene catorce. Juana Grey, que es de mi familia, tiene mi edad. —El príncipe se inclinó hacia delante—. Dime una cosa. ¿Tus hermanas no dejan reír a sus criadas?
Tom levantó la cara del plato.
—¿Criadas, señor? ¿Ellas?
—¿Y por qué no? ¿Quién las viste por la mañana? ¿Quién les quita la ropa por la noche?
—Nadie, señor. Se la dejan puesta.
—¿Puesta? ¿Duermen con la ropa puesta?
—Es que no tienen otra, señor.
El príncipe abrió la boca y no dijo nada. Después dijo:
—¿Una sola? ¿Cada una?
—Es que tampoco tienen dos cuerpos, señor.
El príncipe se rió de verdad, con la cabeza hacia atrás, y a Tom se le pasó un poco el miedo.
—Perdona —dijo el príncipe—. No me río de ti. Nan y Bet van a tener ropa, y criadas también. Lo mando yo. Hablas bien, ¿sabes? ¿Has estudiado?
—No sé, señor. Un cura de mi casa me enseñó a leer con sus libros. Es el padre Andrés.
—¿Sabes latín?
—Un poco, señor. Muy poco.
—Aprende más. Cuesta los primeros días, después no. —El príncipe apoyó los brazos en las rodillas—. Y ahora háblame de Offal Court. ¿Se está bien allí?
Tom pensó.
—Se está bien, señor. Salvo cuando uno tiene hambre.
—¿Y qué hacen?
—Hay muñecos de madera que pelean en la calle, y animales vestidos de personas. Y nosotros peleamos con palos, los unos contra los otros.
Al príncipe le brillaron los ojos.
—Eso me gustaría.
—Y corremos, para ver quién llega antes.
—Eso también.
—Y en verano nos metemos en el río y nos echamos agua y salimos gritando. Y jugamos en el barro. —Tom bajó la voz, porque le pareció que aquello no se podía decir en un palacio—. El barro es lo mejor de todo, señor.
El príncipe se quedó callado un momento largo.
—Yo daría el reino de mi padre por hacer eso una vez —dijo—. Una sola vez. Con los pies descalzos y sin nadie que me diga que no.
—Y yo daría lo que no tengo —dijo Tom— por ponerme una vez una ropa como la suya.
Se miraron.
—Entonces póntela —dijo el príncipe.
Y así fue como el príncipe de Inglaterra se quitó la seda y se puso los harapos de un mendigo. Y el mendigo se puso la seda, y los dos se reían, y lo hicieron sin pensarlo.
En la pared del cuarto había un espejo alto. Fueron a ponerse delante, uno al lado del otro, para ver la diferencia.
No había ninguna.
Los dos se quedaron muy quietos. Tom miraba el espejo, y después al otro niño, y después el espejo otra vez, y no encontraba dónde agarrarse.
«Ese soy yo», pensó. Y en seguida, con un frío raro: «Ese no soy yo.»
—¿Qué te parece esto? —dijo el príncipe, y ya no se reía.
—No me toca a mí decirlo, señor.
—Entonces lo digo yo. —El príncipe hablaba despacio, mirando el espejo—. Tienes mi pelo. Tienes mis ojos. Tienes mi voz y tienes mi cara. Si saliéramos los dos a la calle así, nadie sabría cuál de los dos es el príncipe de Gales.
Se volvió hacia Tom.
—Es solo la ropa.
Lo dijo riéndose. Los dos se rieron un poco, cada uno con la ropa del otro. Ninguno entendió lo que acababa de decirse en aquel cuarto.
Entonces el príncipe le vio la mano.
—¿Y eso? ¿Eso te lo ha hecho el soldado?
Tom escondió la mano.
—No es nada, señor. Un soldado tiene que...
—¡Calla! —El príncipe se puso rojo. Estaba descalzo sobre las piedras, con los harapos de Tom encima, y en aquel momento no parecía un mendigo—. Ha sido una cosa fea y muy mala. ¡No te muevas de aquí hasta que yo vuelva! ¡Es una orden!
Agarró de la mesa una cosa que le importaba a toda Inglaterra. La guardó sin decir nada y salió por la puerta.
Cruzó el jardín corriendo, con los harapos al viento y la cara caliente. Llegó a la reja de oro y la agarró con las dos manos.
—¡Abran! ¡Abran la reja!
El soldado que le había pegado a Tom abrió en seguida. Y cuando el príncipe pasó, le dio en la oreja con la mano abierta, tan fuerte que lo tiró al camino.
—Toma. Por lo que me ha caído a mí por tu culpa.
La gente se rió.
El príncipe se levantó del barro y fue hacia el soldado con las manos cerradas.
—¡Soy el príncipe de Gales! ¡Nadie me pone la mano encima! ¡Te van a colgar por esto!
El soldado dio un paso atrás y bajó la cabeza con mucho respeto.
—Su Alteza Real. —Y después, de otra manera—: Fuera de aquí, loco.
La gente se cerró alrededor del niño y lo fue empujando calle abajo, riéndose, quitándose las gorras, abriéndole paso como a un rey.
—¡Paso a Su Alteza Real! ¡Paso al príncipe de Gales!