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El príncipe y el mendigo

Capítulo 2

El espejo

Tom caminó y caminó. Cruzó calles que no conocía. Salió de la ciudad vieja sin darse cuenta. Y a media mañana levantó los ojos y se quedó sin aire.

Delante de él se levantaba un palacio enorme: Westminster. Muros anchos, torres altas, y una gran reja de oro. Tom conocía ese palacio por las historias del padre Andrés. ¿Su sueño iba a cumplirse por fin? Ahí vivía el rey. Ahí, tal vez, vivía un príncipe de verdad.

A cada lado de la reja había un soldado, quieto como una estatua de metal. Un poco lejos esperaba gente del campo y de la ciudad: todos querían ver pasar a alguien de la familia real, aunque fuera de lejos.

Tom se acercó despacio, con el corazón golpeándole el pecho. Y entonces, entre las barras de la reja, vio algo que casi lo hizo gritar de alegría.

Adentro había un niño de su edad, fuerte y moreno de tanto jugar al sol. Su ropa era toda de seda, cubierta de joyas. Al lado llevaba una pequeña espada de oro. En la cabeza, un sombrero rojo con plumas. Varios señores elegantes esperaban detrás de él: sus sirvientes, seguro. Era un príncipe. Un príncipe vivo, un príncipe de verdad: el heredero de Inglaterra. El corazón del niño mendigo lo supo de inmediato.

Tom solo quería una cosa: acercarse y mirarlo bien. Sin pensar en lo que hacía, pegó la cara a las barras de la reja. Un segundo después, el soldado lo tomó del brazo y lo tiró hacia atrás, contra la gente.

—¡Cuida esos modales, mendigo!

La gente se rió. Pero el pequeño príncipe llegó corriendo a la reja, con la cara roja y los ojos llenos de fuego.

—¡¿Cómo puedes tratar así a un pobre niño?! ¡¿Así tratas al más pobre de los hombres del rey mi padre?! ¡Abre la reja y déjalo entrar!

Había que ver a esa gente entonces. Un momento antes se reían de Tom. Ahora gritaban con amor: «¡Viva el príncipe de Gales!».

Los soldados abrieron la reja. Y el pequeño príncipe de los harapos entró para tomar la mano del príncipe de la seda.

Eduardo Tudor lo llevó adentro, a su habitación privada. Ahí pidió una comida como Tom solo conocía por los libros. Con delicadeza de príncipe, Eduardo mandó salir a los criados: así su pobre invitado podía comer sin ojos críticos encima. Después se sentó cerca y empezó a preguntar.

—¿Cómo te llamas, niño?

Tom Canty, para servirle, señor.

Es un nombre raro. ¿Dónde vives?

En la ciudad, señor. En una calle llamada Offal Court.

—¿Tienes padres?

Padres tengo, señor. Y también una abuela que no me es muy querida, Dios me perdone si está mal decirlo. Y dos hermanas: Nan y Bet.

—¿La abuela no es buena contigo?

Con nadie lo es, señor. Tiene el corazón malo y hace el mal todos sus días.

—¿Te golpea?

Hay veces que no: cuando duerme, o cuando el vino la vence. Pero cuando su cabeza está clara otra vez, me lo cobra con golpes dobles.

Los ojos del príncipe se llenaron de fuego.

—¡¿Golpes?! ¡Esta misma noche va a ir a la Torre!

Señor, olvida usted una cosa. Ella es gente baja. La Torre es solo para los grandes.

El príncipe se quedó pensando.

Es verdad. No lo había pensado. Voy a considerar su castigo. ¿Y tu padre? ¿Es bueno contigo?

Como la abuela, señor.

Los padres se parecen, tal vez. El mío también tiene la mano pesada. A no me toca, es verdad. Pero con la lengua no siempre me perdona. ¿Y tu madre?

Mi madre es buena, señor. No me da ningún dolor. Y Nan y Bet son como ella.

—¿Cuántos años tienen ellas?

Quince, señor.

Mi hermana Isabel tiene catorce. Mi prima, lady Jane Grey, tiene mis años. Dime una cosa: ¿tus hermanas prohíben a sus criadas la sonrisa, para no perder el alma?

—¿Ellas? Señor… ¿usted cree que ellas tienen criadas?

El príncipe miró al pequeño mendigo un momento, muy serio.

—¿Y por qué no? ¿Quién las ayuda a quitarse el vestido por la noche? ¿Quién las viste cuando se levantan?

Nadie, señor. ¿Quiere usted que duerman sin su ropa, como los animales?

—¿Su ropa? ¿Tienen una sola?

Ah, buen señor, ¿y para qué más? No tienen dos cuerpos cada una.

—¡Qué idea tan extraña y maravillosa! Perdona, no quería reírme. Mira: tu Nan y tu Bet van a tener ropa y criadas muy pronto. Yo lo voy a arreglar. No, no me des las gracias: no es nada. Hablas bien, niño. ¿Sabes algo de libros?

No si , señor. El buen padre Andrés me enseñó de sus libros.

—¿Sabes latín?

Poco, señor, y mal.

Apréndelo: solo es difícil al principio. Cuéntame de tu Offal Court. ¿Tienes una vida buena ahí?

Buena, señor, menos cuando hay hambre. Hay teatro de muñecos. Hay monos vestidos con ropa fina. Hay obras donde los actores gritan y se golpean hasta morir todos. Y cuesta solo una monedaaunque ganar la moneda es lo difícil, señor.

Cuéntame más.

Los niños de Offal Court corremos carreras. Nadamos en el río. Nos hundimos unos a otros en el agua, y gritamos, y saltamos. Y en el barro… ¡ah, señor, el barro! No hay nada tan glorioso en el mundo. Nos revolcamos en el barro como reyes felices, con perdón de usted.

—¡Oh, no digas más! ¡Es maravilloso! —Los ojos de Eduardo brillaban—. ¡Cómo me gustaría vestirme una vez con ropa como la tuya! ¡Jugar en el barro una tarde entera, una sola vez, sin nadie que me diga que no…! ¡Daría el reino de mi padre!

Y a me gustaría vestirme una vez, dulce señor, con ropa como la suya. Solo una vez

—¿Te gustaría? Entonces así va a ser. Quítate esos harapos y ponte esta ropa. La felicidad va a ser corta, pero no menos dulce por eso. La vamos a tener mientras se pueda, y cambiamos otra vez antes de que alguien venga.

Unos minutos después, el príncipe de Gales llevaba los harapos de Tom. Y el pequeño mendigo llevaba la ropa real. Los dos fueron a pararse delante de un gran espejo.

Y entonces pasó algo extraño: parecía que no había habido ningún cambio.

Se miraron el uno al otro. Miraron el espejo. Se miraron otra vez. Al final, el príncipe habló, despacio:

—¿Qué piensas de esto?

Ah, señor, no me pida contestar. Uno de mi clase no debe decir tal cosa.

Entonces la digo yo. Tienes mi mismo pelo, mis mismos ojos. Mi misma voz, mi misma forma, mi misma cara. Sin ropa, nadie puede decir cuál es el mendigo y cuál es el príncipe de Gales. Y ahora que llevo tu ropa, me parece que puedo sentir lo que sentiste cuando ese soldado… —el príncipe se detuvo—. Un momento. ¿Eso es un golpe en la mano?

, señor. Pero es poca cosa. Usted sabe que el pobre soldado

—¡Silencio! Fue una cosa cruel e injustagritó el pequeño príncipe—. ¡Si el rey…! ¡No des un paso hasta que yo vuelva! ¡Es una orden!

En un segundo tomó de la mesa una cosa pesada e importante que ahí estaba, y la escondió bien. Después salió por la puerta volando, con los harapos al viento y la cara ardiendo.

Llegó a la gran reja, tomó las barras con las dos manos y gritó:

—¡Abre! ¡Abre la reja!

El mismo soldado de antes abrió enseguida. El príncipe pasó, loco de furia real. Y el soldado le dio un golpe tan fuerte en la cabeza que el niño cayó dando vueltas, hasta el barro del camino.

—¡Toma eso, hijo de mendigo, por el problema que me buscaste con el príncipe!

La gente se rió a gritos. El príncipe se levantó del barro y fue contra el soldado con los puños cerrados.

—¡Soy el príncipe de Gales! ¡Nadie puede poner una mano sobre ! ¡Por esto te van a ahorcar!

El soldado se puso derecho y le hizo una gran reverencia falsa.

Saludo a Su Alteza Realdijo, riéndose. Y después, con la cara dura—: ¡Fuera de aquí, basura loca!

La gente se cerró entonces sobre el pequeño príncipe. Lo empujó camino abajo, lejos del palacio, entre risas y gritos de burla: «¡Paso! ¡Paso al príncipe de Gales!».

Así salió el príncipe de Inglaterra de su propio palacio, vestido de mendigo. Y atrás, en una habitación del palacio, quedó un mendigo vestido de príncipe.

El cambio estaba hecho. Y nadie en el mundo lo sabía.