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Capítulo 2

Un regalo para Víctor

Mi historia, Walton, empieza con un regalo.

Soy de Ginebra. Mi padre era un hombre respetado por todos. Mi madre, Caroline, era una mujer buena, mucho más joven que él. De niña había sido muy pobre, y nunca olvidó la pobreza: en todas partes entraba en las casas de los pobres y buscaba a quién ayudar.

Nací en Nápoles, durante un viaje de mis padres, y durante cinco años fui su único hijo. Mi madre quería mucho tener una niña.

Cuando yo tenía cinco años, pasamos una semana junto al lago de Como, en Italia. Un día mi padre se fue a Milán, y mi madre me llevó a visitar una casa muy pobre entre las montañas. Allí vivían un hombre y una mujer del campo, cansados de tanto trabajar, con cinco niños que tenían hambre. Cuatro de ellos tenían el pelo y los ojos oscuros. La última era distinta: una niña flaca y muy blanca, con el pelo de oro y los ojos azules como el cielo. A pesar de su ropa pobre, parecía una reina.

La mujer vio cómo mi madre miraba a la niña, y le contó su historia. La niña no era su hija. Era la hija de un señor de Milán. Su madre había muerto al nacer ella. Su padre había peleado por la libertad de Italia, y ahora estaba muerto, o en una cárcel lejos de allí: nadie lo sabía. La niña se había quedado sin nada.

Cuando mi padre volvió de Milán, encontró a la niña jugando conmigo. Mi madre habló con la familia del campo y les preguntó si podía llevarse a la niña. Ellos la querían mucho, pero sabían que con nosotros iba a tener una vida mejor. Y dijeron que sí.

La noche antes de traerla, mi madre me dijo, con una sonrisa:

—Tengo un regalo muy bonito para mi Víctor. Mañana te lo doy.

Al día siguiente, me presentó a Elizabeth Lavenza. «Tu regalo», me dijo. Y yo, un niño de cinco años, me tomé sus palabras muy en serio. Elizabeth era mía. Mía, para cuidarla y para quererla. Cuando alguien decía algo bonito de ella, yo lo tomaba como si hablaran de algo mío. Era más que una hermana para mí. Y hasta la muerte, solo iba a ser mía.

Pasaron los años. Nació mi hermano Ernest, y mucho después, el pequeño William. A Elizabeth le encantaban los poemas y las montañas; yo quería saber la causa de todas las cosas. Mi mejor amigo era Henry Clerval, el hijo de un comerciante de Ginebra. Henry vivía en los libros de aventuras, escribía canciones y soñaba con ser un héroe. Yo soñaba con los secretos del cielo y de la tierra.

A los trece años, un día de lluvia, toda la familia tuvo que quedarse en una casa junto al camino, cerca de Thonon. Allí encontré un libro viejo de Cornelius Agrippa. Lo abrí sin mucho interés. Pero poco a poco las cosas maravillosas que contaba me llenaron de fuego, y corrí a mostrárselo a mi padre.

Él miró el libro un momento.

—Cornelius Agrippa —dijo—. Víctor, querido, eso no sirve para nada. Es basura.

Nada más. Si mi padre me hubiera explicado por qué esos libros eran basura, yo los habría dejado, y quizá mi vida sería otra. Pero no me explicó nada, y yo seguí leyendo. Leí todo lo de Agrippa, y después a Paracelso y a otros como él: hombres que prometían oro, fantasmas, una vida sin muerte. Yo quería todo eso. «¡Qué gloria —pensaba—, si encuentro la manera de vencer a la muerte!»

Cuando tenía quince años, estábamos en nuestra casa de Belrive, junto al lago, y una tormenta terrible llegó desde las montañas. Los truenos parecían romper el cielo por todos lados a la vez. Yo me quedé en la puerta, mirando, lleno de curiosidad y de placer. De pronto un rayo cayó sobre un árbol viejo y hermoso, cerca de la casa, y del árbol salió un río de fuego. Cuando esa luz terrible se apagó, el árbol ya no estaba.

A la mañana siguiente fuimos a verlo. El rayo no había partido el árbol en dos: lo había roto en mil pedazos largos de madera. Nunca vi nada tan destruido.

Ese día estaba en nuestra casa un hombre sabio, que estudiaba la naturaleza. Nos habló de la electricidad, de su fuerza, de cosas nuevas que yo nunca había oído. Y entonces, Agrippa y Paracelso me parecieron niños que juegan. Ya no quise saber nada de sus libros. Me puse a estudiar matemáticas: los números, las cosas seguras.

Hoy pienso que esa fue la última ayuda de mi ángel bueno, que quería salvarme de la tormenta que ya venía hacia mí. Pero el destino, Walton, era más fuerte que ese ángel.

A los diecisiete años, mis padres decidieron que yo iba a estudiar en la universidad de Ingolstadt, en Alemania. Pero antes del viaje llegó la primera desgracia de mi vida.

Elizabeth se enfermó de una fiebre muy peligrosa. Todos le pedimos a mi madre que no entrara en su cuarto, y al principio nos hizo caso. Pero cuando supo que la vida de Elizabeth estaba en peligro, no pudo más, y la cuidó día y noche. Elizabeth se salvó. Tres días después, mi madre tenía la misma fiebre.

Los médicos no nos dieron esperanza. Ya cerca de la muerte, mi madre tomó la mano de Elizabeth y la mía, y las puso una sobre la otra.

—Hijos míos —nos dijo—, mi esperanza más grande era verlos casados a ustedes dos. Ahora esa esperanza va a ayudar a su padre a vivir. Elizabeth, mi amor, tú vas a ocupar mi lugar con los más pequeños. ¡Qué difícil es dejarlos a todos! Pero no quiero pensar así. Espero verlos otra vez, en otro mundo.

Murió tranquila, y en su cara había amor, incluso en la muerte.

Unas semanas después, en una mañana fría, subí al carruaje que iba a Ingolstadt. Elizabeth y Henry me dijeron adiós en la puerta. Henry quería venir conmigo, pero su padre no lo dejó. Así que iba solo. Solo, y con un deseo enorme de saberlo todo.