Wikowí

Capítulo 2

Dos voces

Allí abajo, al lado del agua, no hace calor. Sobre el río hay un árbol viejo. Y debajo del árbol hay un hombre sentado.

Es un hombre grande y fuerte, casi tan grande como Juan el Pequeño. Tiene la cabeza como una pelota, con mucho pelo negro. Pero arriba, en el centro de la cabeza, no tiene pelo. Lleva la ropa larga de los frailes. Tiene la cara roja, una barba negra, y dos ojos pequeños que se ríen todo el tiempo. Nadie puede mirar esa cara sin reírse también.

«Es un fraile», piensa Robin. «Un fraile de verdad.»

Sobre las piernas, el fraile tiene un pastel muy grande, un pastel de carne. Con una mano lo agarra. Con la otra se pone carne y más carne en la boca. Al lado del fraile hay una botella grande.

Arriba, en el camino, Robin mira el pastel. No come nada desde la mañana. Cierra los ojos un momento. Después los abre y mira otra vez.

Por fin, el fraile termina el pastel. Tiene carne en la barba, pero no le importa. Toma la botella con una mano. Y entonces empieza a hablar, solo, con dos voces.

—Amigo —dice con una voz—, eres el mejor hombre del mundo. Toma, bebe tú primero.

—No, no, amigo —dice con la otra voz—. Tú primero.

—¡No, tú!

—Bueno, si tú quieres…

Y el fraile pasa la botella a la otra mano, y bebe mucho.

—Ahora tú, amigo —dice, y pasa la botella otra vez a la primera mano.

—Muchas gracias, amigo.

Y bebe otra vez. Bebe por los dos.

Arriba, Robin tiene que ponerse la mano en la boca, porque se ríe mucho.

—Amigo —dice el fraile—, ¿cantas algo para mí?

—¿Yo? No, no. Hoy tengo muy mala voz. Hoy canto como un perro.

—¡Tu voz es muy bonita! Vamos a cantar juntos. Yo hago de chico, y tú haces de chica.

—Bueno, si tú quieres…

Y el fraile canta. Primero canta con voz de chico:

«¿Vienes conmigo, mi amor,

al bosque verde, al sol?»

Después canta con voz de chica:

«¡Contigo no voy, no, no!

¡Yo busco un chico mejor!»

Y entonces las dos voces cantan juntas:

«¡Canta el pájaro, canta el río,

y tú, mi amor, vienes conmigo!»

Arriba, Robin ya no puede más. Se ríe, se ríe y se ríe. ¡JA, JA, JA! Y cuando llega otra vez esa parte de la canción, Robin canta también, muy fuerte, con el fraile:

«¡Canta el pájaro, canta el río,

y tú, mi amor, vienes conmigo!»

El fraile oye otra voz, pero no mira hacia arriba. Con los ojos medio cerrados, mueve la cabeza de un lado a otro. Y canta toda la canción, hasta la última palabra. Para él, no hay nadie más en el mundo. Los dos hombres terminan la canción con un grito muy fuerte.

Entonces, rápido, el fraile se pone de pie. Y de debajo de su ropa larga saca una espada. Es una espada grande, muy grande.

—¿Quién está ahí? —grita—. ¡Sal de ahí ahora mismo, o mañana eres la carne de mi pastel!

—Espera, amigo, guarda esa espada —dice Robin. Se pone de pie y todavía se ríe—. Dos hombres que cantan juntos no sacan la espada después.

Robin también lleva una espada, pero no la saca. Baja al lado del agua, al lado del fraile.

—Amigo —dice Robin—, después de esa canción tengo mucha sed. ¿Queda algo en esa botella?

El fraile lo mira con cara triste.

—Nadie te invitó, y pides mucho —dice—. Pero cerca de mí, nadie tiene sed. Toma.

Robin toma la botella. Entonces se acuerda de su promesa: nada de comer, nada de beber, hasta ver al fraile de Fountain Dale.

«Pero este hombre es un fraile», piensa Robin. «Y lo veo con mis ojos. Entonces puedo beber.»

Y Robin bebe. Bebe mucho tiempo. El fraile lo mira, cada vez más triste. Cuando Robin termina, el fraile toma la botella rápido. La mueve. La mira contra el sol. Mira a Robin. Y bebe lo que queda. Ahora la botella no tiene nada.

—¿Conoces este lugar, buen fraile? —dice Robin, y se ríe.

—Un poco.

—¿Y conoces Fountain Dale?

—Un poco.

—¿Y conoces al fraile de Fountain Dale?

—Un poco.

—Entonces dime —dice Robin—: ¿ese fraile vive a este lado del río, o al otro lado?

El fraile se toca la barba.

—Tienes ojos, ¿no? —dice—. Mira bien con tus ojos, y lo vas a saber.

—Quiero pasar el río y buscar a ese fraile —dice Robin.

—Muy bien, chico —dice el fraile—. El río es de todos.

—Sí, pero mira mi ropa. Es mi mejor ropa, y no quiero entrar al agua con ella. Y tú eres grande y fuerte. ¿Me llevas al otro lado?

La cara del fraile se pone roja, muy roja.

—¿Qué? —grita—. ¿Yo? ¿Llevarte a ti, a un chico con ropa bonita? ¿Tú le pides eso a Tuck? ¿A mí? Ahora mismo te…

Pero el fraile no termina. Poco a poco, lo rojo se va de su cara. Y sus ojos pequeños se ríen otra vez.

—Bueno —dice—. ¿Por qué no? Un buen hombre de la iglesia lleva a la gente al otro lado del río. Ven conmigo, chico.

El fraile sube al camino, y Robin va detrás de él. Caminan hasta el vado, donde el agua pasa rápido entre las piedras. Allí el fraile se ríe solo, como un hombre con un secreto.

—Muy bien, chico. Te llevo —dice—. Pero primero, dame tu espada.