Capítulo 2
La lima y el pastel
Mi hermana me llevaba más de veinte años, y le decía a todo el pueblo que me había criado a mano. Yo sabía que tenía la mano dura, y sabía que la usaba mucho: conmigo y también con su marido. Así que durante años pensé que a Joe Gargery lo habían criado a mano igual que a mí.
Joe era el herrero del pueblo. Era tranquilo y grande, con unos ojos azules muy claros. Era fuerte como pocos hombres y débil como pocos hombres, y las dos cosas al mismo tiempo. La fragua estaba pegada a nuestra casa. Cuando llegué corriendo del lugar de las tumbas, la fragua ya estaba cerrada y Joe estaba solo en la cocina.
—Tu hermana ha salido doce veces a buscarte, Pip —dijo—. Y ahora ha salido otra vez, que ya van trece. Y lo peor es que se ha llevado a Cosquillas.
Cosquillas era un palo largo, ya gastado de tanto usarlo conmigo. Me quedé mirando el fuego.
—Ponte detrás de la puerta, viejo amigo —dijo Joe—. Ya viene.
Le hice caso. Mi hermana abrió la puerta de golpe, encontró algo detrás y lo estudió a fondo con aquel palo. Terminó tirándome contra Joe, que me agarró contento y me metió en el rincón de la chimenea, y me guardó allí con su pierna grande.
—¿Dónde has estado?
—En las tumbas —dije, desde mi rincón.
—¡En las tumbas! Sin mí, tú estarías en las tumbas desde hace mucho, y allí te habrías quedado. ¿Quién te ha criado a mano?
—Tú.
—¿Y por qué lo hice? Eso me gustaría saber a mí.
No supe qué contestar. Yo estaba pensando en otra cosa. Estaba pensando en el hombre del pantano. En el hierro de su pierna. En el joven terrible. En la lima y en la comida. Y en que aquella misma noche tenía que robar en aquella misma cocina.
Mi hermana nos cortó el pan y nos lo puso delante. Yo tenía hambre, pero no comí. Tenía que guardar algo. Y sabía que en la despensa de mi hermana no había nunca nada de más.
Así que hice la cosa más difícil de mi vida hasta entonces. Esperé a que Joe mirara para otro lado y me metí el pan dentro de la ropa, contra la pierna.
Joe volvió la cabeza y vio que mi pan ya no estaba. Se quedó con su pedazo a medio camino de la boca.
—Pip, viejo amigo —dijo, muy serio—. Te vas a hacer daño. Eso se te queda dentro. No lo has podido comer bien.
—¿Qué pasa ahora? —dijo mi hermana.
—Si puedes sacarlo, Pip, yo lo sacaría.
Aquello acabó en media hora de gritos y en un agua muy mala que mi hermana me hizo beber.
Era la noche antes de Navidad. Yo estaba dando vueltas al dulce con un palo largo cuando se oyó un ruido grande, lejos, hacia el agua.
—¿Eso ha sido un cañón, Joe?
—Ah —dijo Joe—. Hay otro preso fuera.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Escapado —dijo mi hermana, cortando—. Escapado.
—La otra noche se escapó uno —siguió Joe—. Dispararon el cañón. Y ahora están disparando otra vez.
—¿Y quién dispara?
—Este niño —dijo mi hermana, sin levantar la cabeza de sus cosas—. No hagas preguntas y no te contarán mentiras.
Esperé un poco y lo intenté otra vez, porque no podía no intentarlo.
—Señora, ¿de dónde viene ese ruido?
—¡De los barcos! —dijo mi hermana—. De los barcos de los presos, al otro lado del pantano.
—¿Y quién está en esos barcos? ¿Y por qué?
Mi hermana se levantó.
—Mira, niño. En esos barcos están los que matan, y los que roban, y los que hacen todo lo malo que se puede hacer. Y todos empiezan igual: haciendo preguntas. ¡A la cama!
Subí a oscuras, con la cabeza dándome vueltas. Ahora ya lo sabía todo. Yo había empezado haciendo preguntas, y por la mañana iba a robar.
Esa noche casi no dormí. Y con la primera luz gris de la ventana bajé.
En la despensa había más comida que otras veces, porque era Navidad. Robé pan, un pedazo de queso y medio bote de dulce. Robé la botella de la bebida fuerte de mi hermana. Y ya me iba cuando me subí a un estante para ver qué había guardado con tanto cuidado en el rincón de arriba. Era un pastel de carne, grande y hermoso. También me lo llevé.
Después abrí la puerta que daba a la fragua y saqué una lima de las de Joe. Dejé todo cerrado como estaba y salí corriendo hacia el pantano.
Había niebla. Nunca he visto tanta niebla. Yo corría, pero era el mundo el que corría hacia mí. Las puertas y los muros me salían de la niebla y me gritaban: «¡Un niño con el pastel de otro! ¡Que alguien lo pare!» Los animales del campo echaban humo por la nariz. Uno de ellos, negro y grande, me siguió con la cabeza mientras yo pasaba, y no me quitó los ojos de encima.
—¡No he podido hacer otra cosa, señor! —le dije—. ¡No era para mí!
Y entonces, en medio de la niebla, vi a un hombre sentado delante de mí, con la cabeza caída sobre el pecho, medio dormido.
Fui hacia él pensando que era mi hombre. Y el hombre se levantó, me miró y me tiró un golpe con el brazo. Fue un golpe sin fuerza. No me dio, casi se cayó al suelo y se fue corriendo entre la niebla.
«Es el joven», pensé. Y me quedé sin aire.
Poco después llegué al fuerte viejo, y allí estaba el hombre de verdad, cojeando de un lado a otro. Le di la lima. La dejó en la hierba sin mirarla, y solo entonces le di la comida.
Comía como come un perro. Comía a golpes, rápido y fuerte, y no paraba a respirar. Miraba a un lado y a otro mientras comía, porque alguien podía llegar y quitarle el pastel. Temblaba tanto que la botella le sonaba contra los dientes.
—Me pone contento verle comer —dije.
Paró.
—¿Has dicho algo?
—Que me pone contento verle comer.
—Gracias, muchacho.
Le sonó algo dentro del cuello, un ruido pequeño, como el de un reloj viejo antes de dar la hora. Y se limpió los ojos con el brazo.
Miré cómo se acababa el pastel y me dio pena, porque no iba a quedar nada.
—Es que no va a dejarle nada a él —dije—. Y en mi casa ya no hay más.
—¿A él? ¿A quién?
—Al joven. El que estaba escondido con usted.
El hombre se rio de una manera corta y fea.
—¿Ese? Ese no come. Ese no existe, muchacho. A ese lo he puesto yo en tu cabeza para que vinieras.
—Pues a mí me pareció que sí.
Dejó de comer. Me miró de una manera que me dio miedo otra vez.
—¿Te pareció? ¿Cuándo?
—Ahora mismo. Ahí atrás. Lo encontré medio dormido y pensé que era usted.
Me agarró por el cuello de la ropa.
—Iba vestido como usted —expliqué, temblando—, pero con sombrero. Y también quería una lima.
Y entonces se le quitaron las ganas de reír.
—Entonces hay otro hombre suelto en el pantano —dijo, muy despacio—. ¿Y qué le viste? ¿Le viste algo en la cara?
—Tenía la cara llena de golpes.
—¿Aquí no? —dijo el hombre.
Y se pegó en la cara, en el lado izquierdo, con la mano abierta, muy fuerte, sin cuidado ninguno.
—Sí, señor. Ahí.
—¿Dónde está? —Se metió en la ropa lo poco que quedaba de comida—. Enséñame por dónde se ha ido. Lo voy a tirar al suelo como a un perro. ¡Este hierro! ¡Dame la lima!
Le señalé el sitio. Él miró un momento hacia la niebla. Después se echó en la hierba y empezó a cortar el hierro de la pierna con la lima, como un loco. Tenía la pierna en carne viva por debajo del hierro, y sangraba, y a él no le importó nada. Ya no me miraba. Ya no sabía que yo estaba allí.
Le dije que me tenía que ir. No me contestó.
Me fui por la niebla, y a los pocos pasos me paré a escuchar.
La lima seguía sonando.