Capítulo 15
El viento no tira sillas
El papá de Clara sube a la montaña unos días después. Sube contento, porque va a ver a su hija, y no sabe nada de nada.
Y cuando llega arriba, delante de la casa, hay una niña de pie.
Una niña que camina hacia él.
El papá de Clara no dice ni una palabra. Se queda ahí, en el camino, y mira, y no puede hablar. Después abre los brazos y Clara llega hasta él sola, un pie y el otro, despacio.
Los dos lloran mucho.
Después todos hablan al mismo tiempo y todos están contentos. Y entonces el abuelo se da la vuelta.
—Pedro —dice—. Ven aquí.
Pedro viene. Viene blanco, viene despacio, y ya sabe.
El abuelo mira a Pedro un rato largo.
—El viento no tira sillas, Pedro.
Nadie habla. Todos miran a Pedro. Y Pedro tiene la cabeza abajo.
—Sí —dice Pedro.
Y nada más. Una palabra.
—Bien —dice el abuelo—. Ahora escucha. Tú tiras esa silla porque estás solo y porque estás enojado, y yo entiendo eso. Pero está mal. Y sigue mal aunque de esa silla rota sale una cosa buena. Las dos cosas son verdad al mismo tiempo.
Pedro no levanta la cabeza.
—Y ahora la otra parte —dice el abuelo—. ¿Hace muchos días que tienes miedo?
Pedro no levanta la cabeza.
—Muchos.
—Todos esos días con miedo, sin comer, sin dormir bien, mirando para atrás. Ese miedo es lo que pagas. No hay más. Ya está pagado.
Pedro levanta la cabeza por primera vez.
—¿Y ya está?
—Ya está. Yo no te voy a hacer nada más, Pedro. El miedo ya hace todo el trabajo.
Pedro se queda ahí, en el medio, y no entiende nada. Espera algo más y no viene nada más. Y entonces pasa una cosa que nadie le pide.
—Hay otra cosa —dice Pedro—. El palo.
—¿Qué palo?
—Yo le doy mi palabra a Heidi. Nunca más el palo, ni para Pinzón, ni para Copo, ni para ninguna cabra. Y después yo levanto el palo otra vez. Muchas veces.
Heidi mira a Pedro y no dice nada.
—Ahora sí está todo —dice el abuelo.
Esa tarde el papá de Clara habla con el abuelo. Los dos solos, al lado de los tres árboles. Y le da su palabra. Heidi nunca va a trabajar en la casa de otra gente.
Después el papá de Clara se da la vuelta hacia Heidi.
—Y tú, niña. Tú me das otra vez a mi hija. ¿Qué quieres tú?
Heidi piensa.
Piensa un rato largo, y todos esperan.
—Una cama —dice Heidi.
—¿Una cama?
—Una cama para la abuela de Pedro. Con muchas cosas calientes arriba. Ella duerme mal, con frío, y por la noche tiene miedo cuando la casa se mueve. Yo quiero eso.
Y esa noche están todos en la casa chica y oscura de abajo. Heidi baja el libro de la abuela otra vez.
Están Clara y su papá. Está el abuelo, adentro, con la puerta abierta. Está Pedro y está la mamá de Pedro. Y en su silla, en la parte más oscura del cuarto, está la abuela. Tiene las manos arriba de un pan blanco y blando.
La abuela no ve nada. Nunca va a ver nada. Eso no cambia.
Pero afuera el sol le dice adiós a la montaña. Y le deja todos sus colores. Y adentro alguien lee en voz alta, despacio, palabra por palabra.
Cuando Heidi para, la abuela le busca la mano.
—Otra vez, Heidi. Léeme otra vez.