Capítulo 2
Lo que Allie sabía
El timbre sonó otra vez media hora después.
Nancy fue a la puerta con la hoja todavía en la mano y esta vez, del otro lado, estaba Allie Horner.
—¡Allie! —dijo Nancy—. Me asustaste.
—¿Tan fea estoy?
—Estás mejor que nunca en tu vida.
Y era verdad. Nancy recordaba muy bien el día que las conoció, a Allie y a su hermana Grace, en el camino del río. Eran dos chicas flacas que no comían bien y que no dormían por las cuentas. Ahora Allie tenía color en la cara y hablaba fuerte.
—No me puedo quedar mucho. Te traje una cosa.
Le puso dos cosas en las manos: un pollo y una caja de huevos.
—Son de esta mañana —dijo Allie.
Nancy llevó todo a la cocina y volvió. Allie se quedó mirando el reloj viejo de la chimenea.
—Cada vez que veo ese reloj recuerdo lo que hiciste por nosotras —dijo—. Si no encuentras tú ese papel, Grace y yo todavía estamos contando huevos en el camino del río. A mí me gustaría darte algo mejor.
—El reloj es lo que quiero.
—Eres la chica más rara que conozco. —Allie se rió y lo dejó ahí—. Cuéntame de ti. ¿Estás metida en otro caso?
—No.
Después Nancy dejó de sonreír.
—Pero pasó una cosa rara. Hace media hora.
Le contó todo: el hombre alto, los papeles, el escritorio, el teléfono. Allie escuchaba con la boca cerrada.
—¿Y no sabes quién era?
—No lo vi nunca. Dijo que se llamaba Nathan Gombet.
Allie se quedó con la mano en el aire.
—Nathan Gombet.
—¿Lo conoces?
—Me compró huevos y pollos durante dos años, hasta que le dije que no volviera. —Allie puso una cara—. Un día le vendí sesenta huevos. Me di la vuelta un minuto y estaba metiendo doce más en el cajón. Lo agarré con la mano adentro.
—Yo pensé que era pobre por cómo iba vestido.
—No es pobre, Nancy. Tiene una casa en Cliffwood y tiene terrenos. Es otra cosa.
—Dice que mi padre le quitó los derechos de un terreno junto al río.
Allie soltó una risa corta y sin ganas.
—Conociendo a Nathan, yo diría que fue él el que quiso sacarle algo a tu padre. ¿Qué terreno?
—No sé. Junto al río.
—Entonces es el del puente. —Allie se puso seria—. El ferrocarril compró un pedazo de tierra a los dos lados del río para hacer el puente nuevo. Nathan vendió. Después, cuando el puente ya estaba hecho, salió a decir que le habían tomado tierra de más.
—¿Y por qué no lo dijo antes?
—Porque no es verdad. Ese terreno lo estudiaron bien antes de tocar una piedra. —Allie bajó la voz, aunque en la casa no había nadie—. Pero cambió, Nancy. Se volvió malo. Salió a decir por todo Cliffwood que si no le pagaban lo que él quería, iba a tirar el puente abajo.
—Eso hay que contárselo a alguien.
—Yo pienso lo mismo. A lo mejor lo dijo nada más para asustar. Pero lo dijo.
—Después de esta tarde, yo creo que lo dijo en serio.
Se quedaron un rato calladas. Después Allie miró la hora y se levantó.
—¿Me llevas hasta el río y vuelvo caminando? —dijo Nancy—. Mi padre no llega hasta la noche y esta casa hoy me está poniendo nerviosa.
Fueron en el carro nuevo de las Horner. Allie iba despacio, porque todavía no lo conocía bien. En el camino del río, Nancy se bajó.
Caminó rápido por el barro, y de pronto el camino salió del bosque a un campo abierto.
Ahí estaba.
Nancy nunca lo había visto de cerca. Era una cosa enorme de metal que cruzaba el Muskoka de lado a lado. Para verlo todo había que levantar mucho la cabeza. Bajó hasta donde empezaban las piedras del ferrocarril y se quedó parada, mirando.
Oyó el tren antes de verlo. Subió y se quedó lejos de las piedras. El tren dio la vuelta al bosque, largo y pesado. Entró en el puente con un ruido que a ella se le metió en el cuerpo. Salió por el otro lado y se fue, y no quedó nada.
«Un hombre dijo que iba a tirar eso abajo», pensó. «Y mi padre le dijo que no.»
Después caminó para su casa, despacio, y no pensó en otra cosa en todo el camino.
Su padre llegó a las siete. Nancy le contó todo antes de que él soltara la maleta.
—Así que vino a molestarte a ti —dijo Carson Drew—. Si vuelve, no lo dejes entrar.
—Pero no es verdad lo que dice, ¿no? No le debes nada.
—Ni un centavo.
—¿Y entonces?
—Yo estaba en el grupo que le puso precio a ese terreno. Le pagamos bien, más de lo que ese terreno vale, y él firmó contento. Después hicieron el puente y empezó a pedir más.
—¿Y cuántos caballos tiene él, con toda esa tierra?
—Uno.
Carson Drew no se rió. Nancy sí, un poco.
—Papá, anda diciendo por ahí que va a tirar el puente abajo.
Su padre dejó de sonreír.
—Un hombre que dice eso en voz alta es un hombre al que hay que mirar de cerca —dijo despacio—. Lo voy a mirar de cerca.
—Ten cuidado.
—Voy a tener cuidado. Pero no le tengo miedo a Nathan Gombet. Lo que no me gusta es que haya venido aquí, a molestarte a ti. Si a ti te llega a...
—A mí no me va a pasar nada —dijo Nancy—. No lo voy a ver nunca más.
Y mientras lo decía miró hacia la ventana.
Había una cara del otro lado del vidrio.
—Papá —dijo, y no le salió más que eso.
Carson Drew se dio la vuelta y no vio nada, porque la cara ya no estaba. Pero en el porche sonaron pasos, y después alguien golpeó la puerta.
—No abras —dijo Nancy—. Es él. Puede tener un arma.
—Lo veo ahora y esto se termina.
Su padre abrió. La luz de la sala le dio en la cara a Nathan Gombet.
—¿Qué quiere aquí? —dijo Carson Drew.
—Usted sabe lo que quiero.
—Lo que usted quiere y lo que va a tener no son la misma cosa. Pase. Tengo algo para decirle.
Lo dejó entrar, pero no le ofreció una silla. Lo miró a los ojos. Gombet no le aguantó la mirada y bajó los suyos.
—¿Cómo se le ocurre venir a esta casa a molestar a mi hija?
—Vine por lo mío.
—Escúcheme bien. Si vuelve a molestar a Nancy, lo llevo a la policía. ¿Está claro?
—Quiero mis derechos.
—¿Sus derechos? Usted ya tiene más de lo que le tocaba.
—Quiero el papel de vuelta.
—El papel ya está guardado en la oficina del pueblo. Aunque se lo lleve, no le sirve de nada.
Nathan Gombet se quedó un momento sin saber qué decir. Después cerró las dos manos con fuerza.
—Entonces quiero mi precio.
—El precio se lo dimos una vez, y fue un precio bueno. El ferrocarril quiso su tierra y por eso usted pudo venderla. Sin el puente, nadie le compraba ese terreno ni por un dólar.
—¡Me quitaron diez mil dólares!
Carson Drew se rió una vez, corto.
—No tenemos nada más que hablar.
Gombet fue hasta la puerta. Ahí se dio la vuelta otra vez, y Nancy pensó en un animal que ya no tiene para dónde ir.
—Se lo aviso, Carson Drew —dijo—. Si no me dan mi dinero, voy a hacer algo desesperado.
Cerró la puerta de un golpe y la noche se lo llevó.
—Papá, ¿qué quiso decir con eso?
—Nada. Habla y nada más.
—¿Y si tira el puente abajo?
—No se atreve, Nancy. No es un hombre valiente.
—Entonces va a hacer otra cosa. Algo a escondidas. Lo sé.
—Puede ser. —Su padre levantó el periódico de la mesa—. Bueno. No pienses más en eso hoy.
Y se puso a leer, tranquilo, con la misma cara de siempre.
Nancy se quedó mirándolo un rato largo. Después subió, sacó del cajón la hoja de la raya por el medio y escribió, del lado de SÉ, la segunda cosa del caso.
«Este hombre le avisó a mi padre delante de mí.»