Wikowí

Capítulo 2

El árbol

La primera noche, Robin y Alan se quedaron en una posada de Nottingham.

Era una posada pequeña, en una calle donde nadie los conocía. Robin se sentó lejos de la puerta, donde había poca luz, y comió sin hablar.

—¿No vas a ir a ver al Sheriff? —le preguntó Alan en voz baja—. El rey te dejó venir.

Robin se rió, pero sus ojos no se reían.

—El Sheriff nunca me perdonó nada, Alan. Ni una flecha, ni un ciervo, ni una sola vez que la gente de Nottingham se rió de él. Y cuando supo que el rey Ricardo me quería a su lado, se enojó todavía más. No. No voy a ir a verlo.

Y no fue.

A la mañana siguiente, muy temprano, salieron de la posada, subieron a sus caballos y tomaron el camino del bosque.

Robin iba despacio. No quería llegar rápido; quería verlo todo. Porque todo lo conocía. Conocía cada piedra del camino, cada árbol, cada vuelta. Allí había un camino pequeño por donde tantas tardes había caminado con Juan el Pequeño, cuando el sol bajaba y el aire olía a hojas. Y un poco más lejos había otro, casi cerrado ahora por las espinas, por donde una vez, hacía muchos años, había ido con unos pocos hombres a buscar a Fray Tuck.

—¿Recuerdas, Alan? —decía Robin—. Por aquí...

Y Alan recordaba. Y hablaban de las cosas de antes, que eran viejas pero ahora les parecían nuevas, y más bonitas que nunca.

Así llegaron, por fin, al claro.

Era el mismo lugar abierto en medio del bosque, con el cielo arriba, donde durante tantos años habían vivido los hombres de verde. Y en el centro, grande y ancho como siempre, estaba el gran roble.

Los dos bajaron de los caballos. Ninguno de los dos habló.

Robin miró a todos lados. Allí estaba todo, como antes. El roble. Las piedras donde se sentaban a comer. El lugar del fuego. Y sin embargo, nada era igual. Donde antes había voces, hombres que se reían, que iban y venían, que cantaban, que preparaban sus arcos, ahora solo había silencio. Un silencio tan grande que se oían las hojas.

Robin conocía ese claro como su propia casa. Y mientras lo miraba, el claro, los árboles y el cielo ya no se veían bien, porque los ojos se le habían llenado de lágrimas. Y no pudo pararlas.

Esa mañana, antes de salir de la posada, Robin se había puesto al hombro su viejo cuerno. Ahora lo sintió allí, contra su cuerpo, y de pronto lo quiso oír. Lo quiso oír más que ninguna otra cosa en el mundo.

En los viejos tiempos, todo Sherwood conocía el cuerno de Robin Hood. Si Robin lo tocaba una vez, quería decir: «Amigos, aquí estoy». Si lo tocaba tres veces, quería decir: «¡Peligro! ¡Vengan rápido!».

Robin se llevó el cuerno a la boca. Y, como antes, oyó en su cabeza lo que sus hombres le decían siempre:

«Toca el cuerno. No estás solo.»

Lo tocó una vez.

¡TUUÚ!

El sonido corrió por los caminos del bosque, entre los árboles, cada vez más lejos. Y desde lejos volvió, más bajito, como si otro cuerno le contestara.

Tuuu.

Y otra vez, todavía más lejos.

Tuuu...

Hasta que se perdió, y el claro se quedó otra vez en silencio.

Pero lejos de allí, en otra parte del bosque, un hombre muy grande que caminaba solo se paró de golpe en medio del camino.