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Capítulo 2

Quince años

Un año después subió la siguiente hermana. Llegó arriba cuando el sol se iba. Eso, dijo, era lo más bonito de todo. El cielo parecía de oro. Por él pasaban nubes de color rosa y de colores que ella no conocía. Y más rápido que las nubes pasaron unos pájaros grandes y blancos. Eran cisnes. Volaban hacia el sol, uno detrás de otro, como un camino blanco sobre el mar. Ella también nadó hacia el sol. Pero el sol se hundió en el mar, y las nubes y el agua perdieron el color rosa.

La hermana que subió después no tenía miedo de nada. Nadó por un río ancho, lejos del mar, tierra adentro. Vio montañas verdes, castillos entre los árboles, y oyó cantar a los pájaros. Hacía tanto calor que muchas veces tuvo que hundir la cara en el agua. En un lugar del río encontró a unos niños sin ropa. Estaban jugando en el agua. Ella quiso jugar con ellos, pero los niños tuvieron miedo y se fueron corriendo. Entonces llegó al agua un animal negro y pequeño. Era un perro, pero ella no lo sabía, porque nunca había visto uno.

—¡Guau! ¡Guau! —hacía el perro.

La sirena tuvo tanto miedo que volvió nadando al mar abierto. Pero nunca iba a olvidar el bosque, las montañas verdes y aquellos niños. Sabían nadar, y no tenían cola.

Ahora a la más pequeña solo le faltaban tres años. Y cada vez que una hermana volvía, ella la escuchaba sin moverse.

La cuarta hermana tenía más miedo que las otras. No se acercó a la tierra. Se quedó en medio del mar. Pero allí también era todo muy bonito, dijo. El cielo parecía una campana de cristal. Y las ballenas echaban agua hacia el cielo, tanta agua que parecía lluvia.

La siguiente cumplió años en invierno. Por eso vio lo que las otras no habían visto. El mar estaba verde. Por todas partes flotaban montañas de hielo. Cada una brillaba como una perla, pero era más grande que una iglesia. Ella se sentó en la montaña de hielo más grande. El viento jugaba con su pelo largo. Los barcos pasaban rápido y lejos de allí, porque tenían miedo del hielo. Por la tarde el cielo se puso negro. Empezó una tormenta. El hielo se movía sobre el mar, rojo a la luz de los relámpagos. En los barcos, los marineros temblaban de miedo. Y ella seguía allí, tranquila, sentada en su montaña, mirando los relámpagos azules que caían al mar.

A todas les pasaba lo mismo. Ya eran grandes, y podían subir cuando querían. Y después de un mes, ya no les importaba tanto. Abajo era todo más bonito, decían. En casa se estaba mejor.

Pero muchas tardes las cinco hermanas se tomaban del brazo y subían juntas. Tenían las voces más bonitas del mundo: ninguna persona cantaba así. Antes de una tormenta, cuando un barco iba a hundirse, las cinco nadaban delante del barco y cantaban. «No tengan miedo», les cantaban a los marineros. «Abajo, en el fondo del mar, todo es bonito». Pero los marineros no entendían la canción. Creían que era el ruido de la tormenta. Y nunca veían las cosas bonitas del fondo. Cuando el barco se hundía, los hombres se ahogaban. Y solo llegaban muertos al castillo del rey del mar.

Cuando sus hermanas subían así, del brazo, la más pequeña se quedaba sola. Las miraba subir. Tenía ganas de llorar. Pero las sirenas no tienen lágrimas, y por eso sufren más.

—¡Quiero tener quince años ya! —decía—. Yo sé que voy a querer mucho a ese mundo de arriba. Y a toda la gente que vive en él.

Por fin cumplió quince años.

—Bueno, ya eres grande —le dijo la abuela—. Ven, que te voy a poner bonita, como a tus hermanas.

Le puso en el pelo una corona de flores blancas, hechas de perlas. Después le puso en la cola ocho ostras grandes, porque era una princesa. Las ostras se agarraron fuerte a la cola.

—¡Ay, me duele! —dijo la sirenita.

—Para ser bella hay que sufrir —dijo la abuela.

¡Qué ganas tenía la sirenita de quitarse la corona y las ostras! Las flores rojas de su jardín le quedaban mucho mejor. Pero no podía hacer nada.

—Adiós —dijo.

Y subió por el agua como una burbuja.

Cuando sacó la cabeza del agua, el sol acababa de irse. Las nubes todavía estaban rojas y de color oro. En el cielo brillaba la primera estrella de la noche. El mar estaba tranquilo, y no hacía frío. Muy cerca había un barco grande, de tres mástiles. No se movía, porque no había viento. Los marineros estaban sentados, sin nada que hacer. En el barco había música y canciones. Cuando llegó la noche, pusieron cien luces de colores.

La sirenita nadó hasta una ventana del barco. Cada vez que una ola la subía, podía mirar dentro, a través del cristal. Vio a muchas personas muy bien vestidas. Y entre ellas vio a un príncipe joven. Era el más guapo de todos, con unos ojos grandes y negros. Tenía dieciséis años. Los cumplía aquel día, y por eso había fiesta.

Los marineros bailaban. Cuando el príncipe salió, subieron al cielo cientos de luces de fuego, y la noche se hizo día. La sirenita tuvo miedo y se escondió bajo el agua. Cuando sacó otra vez la cabeza, le pareció que todas las estrellas del cielo caían sobre ella. Nunca había visto un fuego así. Grandes soles de fuego daban vueltas en el aire, y todo se veía también en el agua tranquila. Se veía a cada persona del barco. Y se veía al príncipe. ¡Qué guapo estaba! Les daba la mano a todos y les sonreía a todos, mientras la música sonaba en la noche.

Era muy tarde. Pero la sirenita no podía dejar de mirar el barco, ni al príncipe guapo. Las luces de colores se apagaron. Ya no subía fuego al cielo. Pero el mar empezó a moverse. Y debajo de las olas se oyó un ruido largo y oscuro.