Capítulo 2
Quinientos animales con cuernos
La casa grande de la ciudad estaba llena de carniceros. En el lugar más importante de la mesa ya estaba sentado el Sheriff de Nottingham, con su mejor ropa.
Cuando Robin entró con los otros carniceros, todos venían riéndose, porque Robin les contaba cosas muy divertidas por el camino. Y enseguida unos hombres se acercaron al Sheriff y le hablaron al oído.
—Señor Sheriff, ese es el carnicero nuevo. Hoy vendió por una moneda la carne que nosotros vendemos por tres. Y a las chicas bonitas se la daba por un beso.
El Sheriff miró bien a Robin. Un chico rico y loco, con los bolsillos llenos de dinero. ¿Y por qué no? Tal vez una parte de ese dinero podía terminar en la bolsa del Sheriff.
—¡Tú, carnicero! —llamó—. Ven aquí. Siéntate a mi lado.
Robin no conocía la casa, pero conocía muy bien esa cara. Y el Sheriff no lo conoció a él, con la ropa de carnicero. Robin se sentó al lado del Sheriff, y el Sheriff habló y se rió con él más que con nadie.
Cuando llegó la comida, el Sheriff le dijo a Robin:
—Chico, tú vas a dar las gracias a Dios por esta comida.
Robin se puso de pie, muy serio.
—Que Dios nos dé buena comida y mucho para beber en esta casa —dijo—. Y que todos los carniceros sean siempre tan honrados como yo.
Todos se reían, y el Sheriff se reía más fuerte que nadie. Le dio a Robin un golpe en el hombro.
—¡Qué chico tan divertido! Me gustas mucho.
—Ya sé que te gustan los chicos divertidos —dijo Robin, riéndose también—. ¿No le diste tú una flecha de oro a Robin Hood, con tu propia mano?
De pronto, el Sheriff dejó de reír. Y los carniceros también. Solo Robin se reía. Algunos carniceros se miraron, pero nadie dijo nada.
—¡Vamos, vamos, a comer y a beber! —gritó Robin—. La vida es corta. Y tú, señor Sheriff, no pongas esa cara. Si bebes un poco menos y comes un poco menos, tal vez un día agarras a Robin Hood.
El Sheriff se rió otra vez, pero no le gustó nada.
—¡Y nadie cuente sus monedas, hermanos! —dijo Robin—. Hoy yo pago toda la comida, aunque cueste doscientas monedas.
Ahora el Sheriff abrió mucho los ojos.
—Chico, tú tienes que tener muchos animales y mucha tierra —dijo—, para pagar así.
—Sí, tengo muchos —dijo Robin—. Con mis hermanos, tengo quinientos animales con cuernos, y más. Pero nadie nos los compra. Por eso me hice carnicero. ¿Y tierra? Nunca pregunté cuánta tierra tengo.
«Quinientos animales», pensó el Sheriff. «Y un chico loco que no sabe cuánto cuestan. Este chico es un regalo del cielo.»
—Bueno, chico —dijo, despacio—, si ustedes no pueden venderlos, tal vez yo conozco a un hombre que se los compra. Tal vez ese hombre soy yo, porque me gustas mucho y quiero ayudarte. ¿Cuánto quieres por todos?
—Cuestan quinientas monedas, por lo menos.
El Sheriff se quedó callado un momento, con cara de pensar mucho.
—Quinientas monedas son muchas monedas —dijo—. Y no las tengo aquí. Pero te quiero ayudar. Te doy trescientas, en oro y en plata.
—¡Ay, viejo! —dijo Robin—. Sabes muy bien que esos animales cuestan setecientas monedas, o más. Y tú, con ese pelo gris, le quieres robar a un chico loco.
El Sheriff lo miró con cara de piedra.
—No me mires así, hombre —dijo Robin—. Está bien. Acepto. Mis hermanos y yo necesitamos el dinero. Pero tienes que traer las trescientas monedas contigo, porque no confío en un hombre que compra tan barato.
—Voy a traer el dinero —dijo el Sheriff—. ¿Cómo te llamas, chico?
—Me llaman Robert de Locksley.
—Bueno, Robert de Locksley. Hoy mismo voy a ver tus animales.
Robin le dio la mano al Sheriff, y los dos hombres cerraron el trato. Pero algunos carniceros hablaron en voz baja entre ellos. «No está bien lo que hace el Sheriff», decían. «Robarle así a un pobre chico loco.»
Por la tarde, el Sheriff salió en su caballo, y Robin lo esperaba en la puerta. Robin ya había vendido el carro y el caballo del carnicero a un hombre del mercado. Así que el Sheriff iba a caballo, y Robin iba a pie, corriendo a su lado. Y los dos salieron de Nottingham, riéndose y hablando como viejos amigos.
Pero todo el tiempo, el Sheriff pensaba: «Ríete, chico. Ríete. Eso de Robin Hood te va a costar muy caro.» Porque con ese trato, el Sheriff pensaba ganar cuatrocientas monedas, por lo menos.
Así llegaron al bosque de Sherwood. Y cuando entraron entre los árboles, el Sheriff miró a un lado y a otro, y dejó de reír.
—Que Dios me cuide hoy —dijo en voz baja— de un ladrón que llaman Robin Hood.
Robin se rió.
—No tengas miedo, señor Sheriff. Yo conozco muy bien a Robin Hood. Y hoy no estás en más peligro con él que conmigo.
El Sheriff lo miró de lado. «No me gusta que este chico conozca tan bien a ese ladrón», pensó. «Quiero salir de este bosque. Ya.»
Pero seguían caminando, cada vez más adentro, y cada vez el Sheriff hablaba menos.
Por fin llegaron a un lugar donde el camino daba la vuelta. Y delante de ellos pasó un grupo de animales grandes, de patas largas y cabeza alta. Tenían cuernos grandes en la cabeza, y corrían entre los árboles. Eran ciervos.
Robin se acercó al Sheriff y le mostró los ciervos con la mano.
—Mira, señor Sheriff —dijo—. Estos son mis animales con cuernos. ¿Te gustan? ¿No son gordos y bonitos?
El Sheriff paró su caballo.
—Chico —dijo, con la cara blanca—, quiero salir de este bosque. No me gusta estar contigo. Vete por tu camino, y déjame ir por el mío.
Pero Robin se rió y agarró el caballo del Sheriff por la cabeza.
—No, espera un poco. Primero tienes que conocer a mis hermanos.
Robin se llevó a la boca un cuerno pequeño que tenía debajo de la ropa, y lo tocó una vez.
¡TUUÚ!
Y por el camino, entre los árboles, llegaron corriendo cien hombres vestidos de verde. Delante de todos venía un hombre muy, muy grande, el más grande que el Sheriff había visto en su vida. Era Juan el Pequeño.
—¿Qué quieres, jefe? —dijo Juan.
—¿No lo ves? —dijo Robin—. Traigo a un amigo muy importante. ¡Es el señor Sheriff de Nottingham! Juan, lleva tú su caballo. Hoy el Sheriff viene a comer con nosotros.
Entonces los cien hombres de verde bajaron la cabeza delante del Sheriff, todos muy serios. Nadie se reía.
Y así, sin decir una palabra, el Sheriff de Nottingham entró donde nunca quiso entrar: en el corazón del bosque de Sherwood.