Capítulo 2
La Biblia y el escarabajo
La tía Polly está junto a la ventana, medio dormida. El gato duerme en sus piernas.
—Tía, ¿puedo ir a jugar ahora?
—¿Ya? ¿Cuánto pintaste?
—Todo, tía.
—Tom, a mí no me cuentas mentiras.
—No es mentira. Está todo.
La tía Polly no le cree ni una palabra. Sale a ver y se queda sin poder hablar. La cerca está blanca. Está blanca otra vez, y otra vez más. Hasta hay pintura en el suelo.
—Nunca vi cosa igual. Cuando quieres, trabajas. Pero querer, quieres poco.
Está tan contenta que le da una fruta y unas palabras buenas sobre el trabajo. Mientras ella habla, Tom se lleva también un dulce.
Afuera ve a Sid. En el suelo hay piedras. En un momento el aire está lleno de piedras. Seis o siete le dan a Sid. Cuando la tía Polly sale a la puerta, Tom ya pasó la cerca.
Ahora Tom está contento con el mundo. Sid pagó por el hilo negro.
Esa tarde Tom pelea con todos los niños del pueblo. Su mejor amigo, Joe Harper, pelea en el otro lado.
De vuelta a casa, Tom pasa otra vez por la casa grande. La niña del pelo rubio está ahí.
Tom hace como que no la ve. Después empieza a saltar, a correr y a caminar con las manos. Todo para ella.
Cuando levanta la cabeza, la niña ya va hacia su puerta. Pero antes de entrar tira una flor por encima de la cerca.
Tom camina hasta la flor. Mira a lo lejos, muy serio, como un hombre que busca algo en la calle. Después pone el pie encima de la flor. La agarra con los dedos del pie y se va corriendo.
Esa noche, durante la comida, Tom está muy contento. La tía Polly no entiende nada.
Y esa misma noche vuelve a salir. Va hasta la casa de la niña. Se echa debajo de su ventana, con la flor en las manos. Así va a morir: solo, sin nadie. Y así lo va a ver ella por la mañana.
La ventana se abre. Una mujer grita algo y le tira encima un balde de agua.
El muerto sale corriendo.
El domingo por la mañana Tom tiene que aprender cinco líneas de la Biblia. Mary se las pregunta una vez y otra vez. Al final Tom se las dice todas. Mary le regala un cuchillo nuevo. El cuchillo no corta nada, pero es un cuchillo. Tom pasa media hora cortando cosas en la casa.
Después Mary le pone agua en la cara y su mejor ropa. Tom queda muy bien y muy mal al mismo tiempo.
En la puerta de la escuela de la iglesia, Tom empieza a cambiar cosas.
—Billy, ¿tienes un papel amarillo?
—Sí.
—¿Qué quieres por él?
En esa escuela los niños aprenden líneas de la Biblia. Por cada dos líneas que aprenden les dan un papel azul. Con diez azules les dan uno rojo, y con diez rojos, uno amarillo. Con diez amarillos, el maestro les da una Biblia. Es el premio más grande de San Petersburgo. Un premio así no lo consigue casi nadie.
Tom no sabe más de cinco líneas de la Biblia. Pero Tom tiene doce canicas. Y una llave que no abre nada. Y un gato de un solo ojo.
Ese domingo llegan visitas importantes: el juez Thatcher, su mujer y su hija. El juez llegó al pueblo hace poco con toda su familia. Viven en la casa grande del otro lado de la calle.
La niña del pelo rubio se llama Becky Thatcher.
Tom empieza otra vez con lo mismo. Les pega a los otros niños, pone caras, grita. Todo para ella.
Delante del juez y delante de todos, Tom Sawyer se levanta. Lleva en la mano nueve papeles amarillos, nueve rojos y diez azules. Y pide su Biblia.
El maestro no puede creerlo. Los niños tampoco. Los que esa misma mañana le cambiaron papeles por canicas se quieren morir.
Tom recibe su premio arriba, al lado del juez.
«Mírame. Ahora. Mírame ahora.»
Es el momento más grande de su vida.
El juez le pone la mano en la cabeza.
—Buen niño. ¿Cómo te llamas?
—Tom.
—No, Tom no. Es...
—Tomás.
—Eso es. Tomás Sawyer. Dos mil líneas de la Biblia son muchas líneas. Seguro que sabes los nombres de los doce hombres que van con Jesús. ¿Me dices los dos primeros?
Tom mira el suelo. El maestro se pone blanco.
—Contesta, Tomás. Nadie te va a hacer nada.
—Seguro que los sabes —dice la señora Thatcher—. Los dos primeros se llaman...
—¡David y Goliat!
Y David y Goliat no son dos de los doce. Ni uno solo de los dos. Son otra historia, de otro libro, de mil años antes.
Aquí lo mejor es no contar más.
A las diez y media la gente entra en la iglesia. Tom se sienta en el banco con la tía Polly, lejos de la ventana. También entra la viuda Douglas, que vive en la colina de Cardiff. La viuda Douglas es buena con todo el mundo. Nadie en el pueblo tiene una casa como la suya.
El señor Sprague reza por la iglesia, por el pueblo y por todo el mundo. Después empieza a hablar, y habla mucho.
Tom no se mueve. En el banco no hay nada que hacer. Entonces se acuerda de una cosa que lleva en el bolsillo. Es un escarabajo negro y grande, con una boca muy fuerte.
Lo primero que hace el escarabajo es agarrarle el dedo.
Tom lo tira sin pensar. El escarabajo cae al suelo, entre los bancos. Se queda ahí con las patas para arriba.
Ahora hay mucha gente que ya no escucha al señor Sprague.
Entonces entra un perro de la calle. No tiene nada que hacer. Ve al escarabajo. Lo mira de lejos, después de cerca. Trata de morderlo una vez, dos veces, tres veces. Y no lo muerde ni una vez. Después se echa en el suelo y juega con el escarabajo.
Después ya no quiere jugar más. Baja la cabeza poco a poco.
Y el escarabajo lo agarra.
¡GUAU!
El perro salta y el escarabajo cae otra vez con las patas para arriba. En los bancos, mucha gente se pone la mano en la cara.
El perro vuelve. Trata de morderlo otra vez, por todos lados. Después se olvida y se sienta encima de él.
Lo que pasa entonces no se puede contar con palabras.
El perro salta para arriba y corre por toda la iglesia. Pasa por delante del señor Sprague. Va cada vez más rápido y llora cada vez más fuerte. Al rato salta a las piernas de un hombre. El hombre lo saca por la ventana.
En toda la iglesia nadie se puede reír. Y por dentro se están riendo todos.
Tom va a casa muy contento. La iglesia no está tan mal cuando pasa algo diferente. Solo tiene una cosa mala en la cabeza. El perro puede jugar con su escarabajo, bueno. Pero el escarabajo es suyo, y el perro se fue con él.
Ya en la cama, Tom se acuerda de que mañana es lunes. Y todos los lunes empiezan igual. Tom busca una razón muy buena para no ir a la escuela.