Wikowí
Peter Pan y Wendy

Capítulo 2

La medicina

Es viernes. Claro que es viernes.

Empieza como cien tardes iguales. Nana prepara el baño y lleva a Michael a la espalda.

No me bañogrita Michael, como quien todavía cree que manda algo—. No quiero. Nana, no son ni las seis. Ya no te quiero nada.

La señora Darling entra de blanco, porque a Wendy le gusta verla así. Michael la ve y se olvida del baño.

Nadie me quiere a dice, por decir algo.

Y la señora de blanco no puede con eso.

Yo dice—. Yo te quiero a ti.

Y Michael salta a sus brazos. Es una cosa pequeña. No es tan pequeña, si va a ser la última noche de Michael en ese cuarto.

Entonces entra el señor Darling como un viento. Él también se prepara, y todo va bien hasta la corbata.

—¡Esta corbata! —grita, y grita de verdad—. No se ata. Alrededor de la cama, . Alrededor de la cama se ata veinte veces. ¿Alrededor de mi cuello? Ah, no. Eso no.

Le parece que su mujer no lo entiende, y sigue:

Te digo una cosa. Si esta corbata no se ata a mi cuello, no vamos a la cena. Si no vamos a la cena, no vuelvo al trabajo. Si no vuelvo al trabajo, y yo no comemos, y nuestros hijos van a la calle.

Déjame a , querido.

Es exactamente lo que él viene a pedir. Ella le ata la corbata, y los tres niños miran. Al momento él ya está bailando con Michael a la espalda.

Después ella ve su momento y le enseña la sombra. Él la mira contra la luz un rato largo.

No conozco a estedice—. Pero tiene cara de ladrón.

Y en eso están cuando Nana vuelve con la medicina de Michael en la boca.

Lo único malo del señor Darling es que cree que él siempre toma la medicina como un valiente. Cuando Michael esconde la cara para no ver la cuchara, dice:

un hombre, Michael.

—¡No quiero, no quiero!

Cuando yo tenía tus años, tomé esa medicina mil veces sin decir una palabra. Y dije: «Gracias, papá, gracias, mamá, por darme cosas para ponerme bueno».

Él lo cree de verdad. Y Wendy lo cree también, y dice para ayudar:

Papá, la medicina que tomas es mucho peor, ¿verdad?

Muchísimo peordice el señor Darling, muy valiente—. Y la tomo ahora mismo, para enseñarte, Michael. Pero no encuentro la botella.

No es verdad. Él esconde la botella arriba del todo. Pero Liza, la que limpia la casa, la encuentra siempre y la vuelve a poner en su lugar.

—¡Yo dónde está, papá! —grita Wendy, siempre contenta de servir de algo—. ¡Voy!

Y sale corriendo, y él no llega a pararla. Al señor Darling le cambia la cara.

Johndice, y le tiembla la voz—, es de las malas. Es dulce y se pega.

Se pasa rápido, papádice John, contento.

Wendy vuelve con un vaso.

Corro todo lo que puedodice.

Muy rápido, dice su padre, tan educado que da miedo—. Michael primero.

Papá primerodice Michael, que no se cree nada.

En mi vaso hay más que en tu cucharadice el señor Darling, y mira la cuchara de cerca—. Y no es justo.

Papá, estoy esperandodice Michael, muy frío.

Papá tiene miedo.

El que tiene miedo eres .

Pues tómala.

Pues tómala .

Wendy tiene una idea buenísima.

—¿Y si la toman los dos a la vez?

Perfectodice el señor Darling—. ¿Listo, Michael?

Wendy cuenta: uno, dos, tres. Michael toma su medicina. El señor Darling esconde el vaso detrás de la espalda.

Michael grita de rabia.

—¡Ay, papá! —dice Wendy.

—¿Qué quiere decir ese «ay, papá»? Michael, basta. Yo iba a tomarla. La mano no me hace caso.

Los tres lo miran. Es una mirada nueva, y no le gusta nada.

Una cosadice él, en cuanto Nana sale al baño—. Tengo una broma buenísima. Voy a echar mi medicina en el plato de Nana. Ella se la bebe y cree que es leche.

Es del color de la leche. Pero los niños no tienen el humor de su padre. Lo miran mientras él echa la medicina en el plato.

—¡Qué broma tan buena! —dice él, ya no tan seguro.

Nadie dice nada cuando vuelven Nana y su madre.

Nana, buena perradice él, y le toca la cabeza—. Te pongo un poco de leche.

Nana mueve la cola. Va al plato y empieza a beber. Después mira al señor Darling. No es una mirada mala. Le enseña esa lágrima grande y roja de los perros buenos, la que nos da tanta pena. Y entra despacio en su perrera.

La señora Darling se acerca al plato.

Ay, George. Es tu medicina.

—¡Era una broma! —grita él, mientras ella abraza a sus dos niños y Wendy abraza a Nana—. Nadie sabe lo que trabajo yo en esta casa para hacer reír a alguien.

Y Wendy sigue abrazando a Nana.

—¡Eso es! —grita él—. ¡A ella ! A nadie me abraza nunca. ¡Yo solo traigo el dinero!

George, más bajo.

Me da igualdice él, más alto todavía—. Esa perra no manda ni una hora más en el cuarto de mis hijos.

Los niños lloran. Nana corre hacia él y se lo pide con los ojos. Él le dice que no con la mano. Se siente fuerte otra vez.

Nada, nadadice—. Tu lugar es el jardín, y allí vas ahora mismo, atada.

Nana no sale de la perrera. Así que le habla con voz dulce, la agarra de mala manera y la saca. Le da vergüenza, pero lo hace igual. Después ata a la perra en el jardín. Se sienta fuera, en el suelo, con las manos en los ojos.

Arriba, la señora Darling lleva a los niños a la cama en un silencio extraño. Enciende las tres velas de la noche. La sombra sigue en el cajón, entre la ropa. Nadie se acuerda de ella.

Se oye ladrar a Nana.

Es porque la está atandodice John.

Pero Wendy sabe más.

Nana no ladra así cuando está tristedice, sin saber lo que va a pasar—. Ladra así cuando hay peligro.

¿Peligro?

—¿Estás segura, Wendy?

.

La señora Darling va a la ventana. Está bien cerrada. Mira fuera. La noche está llena de estrellas, todas alrededor de la casa, muy juntas, mirando. Ella no las ve. Pero algo frío se le mete en el pecho, y ese algo no tiene nombre.

«No quiero ir a esa cena», piensa.

Michael, medio dormido, sabe que su madre no está bien.

Mamápregunta—, ¿nos puede pasar algo malo, con las velas encendidas?

Nada, mi vidadice ella—. Son los ojos que una madre deja aquí para cuidar a sus hijos.

Va de cama en cama cantándoles. Y Michael le echa los brazos al cuello.

Mamádice—, qué contento estoy de tenerte.

Son las últimas palabras que ella le va a oír en mucho tiempo.

El número veintisiete está muy cerca. Hace frío y el suelo está blanco. El señor y la señora Darling son las dos únicas personas en la calle.

Todas las estrellas los miran. Las estrellas no pueden tocar nada: solo mirar, para siempre. No son amigas de Peter. Él se acerca por detrás y sopla para apagarlas. Pero esta noche están de su parte.

Así que, en cuanto se cierra la puerta del número veintisiete, algo se mueve arriba. Y la más pequeña de todas las estrellas grita:

—¡Ahora, Peter!