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Pinocho

Capítulo 23

Un niño de verdad

Desde ese día, y por cinco meses, Pinocho se levanta cuando sale el sol. Va al pozo y saca agua cien veces. Y todos los días lleva leche caliente a su padre. El viejo está un poco mejor cada día.

Pero con eso no llega para los dos, porque dos personas comen más que una. Aprende a hacer cestas y vende esas cestas.

También le hace a su padre una silla para el sol.

Y a la noche, con la vela, estudia. Con unas monedas compra un libro viejo, con hojas de menos. Con ese libro aprende a leer.

Poco a poco junta cincuenta monedas.

Mañana voy al pueblole dice a su padrey me compro ropa. Ropa de verdad, papá, no de papel. Con esa ropa vas a decir: ese es un señor.

Sale por el camino cantando. Y en el camino baja una paloma grande.

—¿No me conoces?

que te conozco.

—¿Sabes algo de tu hada? Está enferma. Está en una casa de enfermos, y no tiene ni una moneda para comprar pan.

Pinocho no se mueve.

Después busca en la ropa y saca las cincuenta monedas.

Toma. Lleva las monedas al hada.

—¿Y tu ropa?

—¿Qué importa la ropa? Vete rápido. Y vuelve dentro de dos días, que voy a tener más.

Esa noche Pinocho no hace ocho cestas. Hace dieciséis.

Después se va a la cama y se duerme.

Y mientras duerme, el hada le habla.

Bien, Pinocho. Por ese corazón que tienes, para todo lo de antes hay perdón. Los niños que cuidan a su padre y a su madre son buenos niños. Eso vale más que todo lo otro. Sigue así.

Y en ese momento Pinocho abre los ojos.

Y se mira las manos.

Y no son de madera.

Salta de la cama, porque esas manos no son las de antes. El cuarto ya no es el mismo: es un cuarto de verdad, con una cama de verdad y una ventana. Encima de una silla hay ropa nueva y zapatos.

Pinocho se pone la ropa. Y adentro de la ropa encuentra algo pequeño con unas palabras escritas:

El hada de pelo azul

le da otra vez a Pinocho sus cincuenta monedas.

Y le dice gracias por su corazón.

Pinocho abre eso.

Adentro hay cincuenta monedas de oro.

Entonces va al agua y se mira. Lo mismo que el día de la ropa de papel. Lo mismo que el día de las orejas.

En el agua hay una cara.

Es la cara de un niño, con el pelo oscuro y los ojos azules. Y esa cara se está riendo.

—¡Papá! —grita Pinocho—. ¡Papá!

Y corre al otro cuarto.

Y ahí está Gepeto. Está sentado, trabajando la madera, con ropa nueva y con muchos años menos encima. Y canta mientras trabaja.

—¡Papá! ¿Qué pasa aquí?

Esto pasa por ti, hijodice Gepeto—. Cuando un niño malo se hace bueno, toda la casa cambia con él.

—¿Y dónde está el Pinocho de madera?

Ahídice Gepeto.

Y no dice nada más. Solo levanta la mano.

Contra la silla, en el suelo, hay un muñeco de madera.

Tiene la cabeza para un lado. Los brazos le cuelgan. Las piernas están debajo del cuerpo, una encima de la otra. La nariz es larga. La boca está abierta un poco. Se queda así, con una palabra adentro que ya no sale.

Pinocho mira ese muñeco mucho tiempo, porque esa cosa es él.

Y después se ríe.

—¡Qué cómico era yo de muñeco! ¡Y qué contento estoy ahora!

Gepeto deja la madera un momento y mira a su hijo.

—¿Ves, hijo? —dice—. Nunca se sabe qué nos espera mañana.

Pinocho no dice nada.

Solo le da la mano a su padre.