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Capítulo 2

Mi tío

—Entra a la cocina y no toques nada —dijo la voz.

Mientras el hombre ponía otra vez todas las cadenas, yo busqué la cocina en la oscuridad. El fuego iluminaba el cuarto más vacío que vi en mi vida. En la mesa había un plato de avena, una cuchara y un vaso de cerveza. Contra la pared había cajas cerradas con llave. Nada más.

Cuando terminó con las cadenas, el hombre entró. Era flaco, pequeño y de cara gris. Podía tener cincuenta años o setenta. Llevaba el gorro de dormir y ropa vieja y rota. Y había algo en él que me daba miedo: no dejaba de mirarme, pero nunca me miraba a la cara.

—Puedes comer esa avena —dijo.

—Es su cena, señor.

—Yo no necesito comer. Pero voy a tomar la cerveza, que es buena para mi tos. —Bebió la mitad del vaso sin dejar de mirarme. Después abrió la mano delante de mí—. A ver esa carta.

—La carta es para el señor Balfour, no para usted.

—¿Y quién crees que soy yo? Dame la carta de Alexander.

—¿Usted conoce el nombre de mi padre?

—Claro que lo conozco. Era mi hermano. Soy tu tío, David. Así que dame esa carta y siéntate a comer.

Me dieron ganas de llorar. Le di la carta sin una palabra y me senté delante de la avena, sin nada de hambre.

Mi tío se sentó junto al fuego y leyó la carta. Nunca supe qué decía. Después me quitó la cuchara y el plato, y se comió mi plato de avena.

—Si tienes sed —dijo—, hay agua detrás de la puerta.

Comía rápido y me miraba los zapatos. Una sola vez nuestros ojos se encontraron, y él bajó los suyos como un ladrón.

—¿Hace mucho que murió tu padre?

—Tres semanas, señor.

—Era un hombre callado, Alexander. ¿Nunca te habló de mí?

—Nunca supe que tenía un hermano. Hasta hoy.

—¿Y de Shaws tampoco?

—Ni el nombre.

—¡Qué hombre tan raro! —dijo. Pero parecía contento. Muy contento.

Me llevó a dormir sin ninguna luz. Cuando le pedí una, me dijo:

—No. Nada de luces en mi casa. Tengo mucho miedo del fuego.

Y me cerró la puerta con llave desde afuera.

Por la mañana comimos lo mismo. Había un solo vaso de cerveza, y yo también pedí un poco. Mi tío trajo otro vaso, y con mucho cuidado me sirvió exactamente la mitad de la suya.

Después me dijo:

—Voy a hacer lo mejor para ti, David. Pero mientras lo pienso, nada de cartas ni de mensajes a nadie. Ni una palabra. Si no, ahí está la puerta.

—Tengo mi orgullo, tío —le contesté—. No soy un mendigo. Si me muestra la puerta otra vez, me voy.

Se puso pálido. Pero en seguida cambió la voz.

—No, no, David. Espera un día o dos. Lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío. La sangre es la sangre. Tú y yo somos los únicos Balfour.

Le conté lo de Jennet Clouston.

—¡Esa mujer! —gritó—. ¡Mil doscientas quince maldiciones! Una por cada día, desde que la saqué de su casa. ¡Y encima cuenta mal!

Quiso salir a quejarse de ella, pero no quería dejarme solo en la casa. Se quedó un rato largo en la ventana, temblando. Cuando volvió la cara, sonreía.

—Bueno, bueno. Hay que tener paciencia. No voy a salir.

—Tío, no entiendo nada —le dije—. Usted me trata como a un ladrón. No me quiere en esta casa. ¿Por qué no me deja ir?

—No, no. Te quiero mucho. Quédate tranquilo unos días, y vas a ver.

Me quedé. Era mi sangre, pensé.

Esa tarde encontré en un libro de la casa unas palabras escritas con la letra de mi padre: «Para mi hermano Ebenezer, que hoy cumple cinco años».

Eso me dejó pensando. Mi tío tenía la casa, así que mi padre era el hermano menor, ¿no? Entonces, cuando escribió eso, tenía menos de cinco años. ¿Un niño tan pequeño, con una letra tan clara?

En la cena le pregunté a mi tío:

—¿Ustedes eran gemelos?

Mi tío saltó en la silla, y la cuchara se le cayó al suelo. Me agarró de la chaqueta y, por primera vez, me miró directo a los ojos. Sus ojos eran pequeños y brillantes, como los de un pájaro.

—¿Por qué preguntas eso?

—Quite la mano de mi chaqueta —le dije con calma. Yo era más fuerte que él.

Me soltó. Temblaba.

—No me hables de tu padre, David. Era el único hermano que tuve.

Pero no lo dijo de corazón.

Entonces pensé en una vieja canción que la gente cantaba: un muchacho pobre, casi un mendigo, era el heredero de una gran casa, y un familiar malo le robaba lo suyo. ¿Por qué tenía miedo mi tío de un chico pobre que llegaba a su puerta? Desde ese momento lo miré como él me miraba a mí. Estábamos en la mesa como dos perros que se miran antes de pelear.

Después de un rato largo, habló:

—David, hace años le di mi palabra a tu padre: un poco de dinero para ti. Y una promesa es una promesa.

Me mandó afuera un minuto. Era una noche oscura, con pocas estrellas, y el viento sonaba sin parar entre las colinas. Cuando volví a entrar, mi tío me puso en la mano treinta y siete monedas de oro.

—¡Ahí tienes! Soy un hombre raro, pero cumplo mi palabra.

Yo no supe qué decir. ¿Por qué me daba todo ese dinero un hombre así?

—Y ahora —dijo, mirándome de lado—, favor con favor se paga.

Sacó del bolsillo una llave vieja y sucia.

—Es la llave de la torre, al final de la casa. Esa parte no está terminada. Sube la escalera y bájame la caja que hay arriba. Tiene papeles.

—¿Puedo llevar una luz, señor?

—No. Nada de luces en mi casa.

—Está bien. ¿La escalera es buena?

—Muy buena —dijo. Y cuando yo ya salía, dijo también—: Ve pegado a la pared. No tiene baranda. Pero la escalera es muy buena.

Afuera, muy lejos, sobre las colinas, sonó un trueno.