Capítulo 1
La tormenta
Nancy Drew miró el cielo y dejó de sonreír.
Habían salido a las dos de la tarde, con el lago sin una ola y el sol muy fuerte. En cuatro horas ninguna de las dos había levantado la cabeza ni una vez. Ahora el agua ya no estaba azul. Estaba de un gris sucio y se movía sola.
—Helen —dijo—. Tenemos que volver.
Helen Corning iba al volante de la lancha con una mano sola y los pies arriba del asiento.
—¿Ya? Si hace un día perfecto.
—Hacía. Date vuelta.
Helen se dio la vuelta. Del otro lado del lago de la Luna se había juntado una nube larga y negra. No estaba quieta. Venía hacia ellas, y venía rápido.
—Ay —dijo Helen.
—Sí.
—¿Estamos muy lejos?
Nancy no contestó enseguida, porque la respuesta no era buena. El campamento quedaba en la punta este del lago y ellas habían andado toda la tarde hacia el otro lado, sin pensar, hablando. La orilla se veía como una raya, muy lejos.
—Cuatro millas —dijo—. Puede que cinco.
Helen bajó los pies del asiento.
Movió el volante con fuerza y puso la lancha derecho hacia el este. El motor subió de tono. En el lago de la Luna las tormentas llegan de golpe. Alguien lo había dicho en el campamento el primer día, entre risas. Nancy se acordó de la frase entera y no le hizo ninguna gracia.
—Debajo del asiento hay impermeables —dijo—. Los vi ayer.
Los había. Eran amarillos, duros y les quedaban enormes a las dos. Nancy se puso el suyo y tomó el volante para que Helen se pusiera el otro. No llegó a cerrarse el cuello. El cielo se partió.
El relámpago fue blanco y largo y les mostró todo el lago de una sola vez. El agua levantada. La nube encima de ellas. La orilla mucho más lejos de lo que Nancy pensaba. Después vino el trueno. Fue un trueno seco, como una tabla que se rompe arriba de la cabeza, y las dos bajaron la cabeza sin querer.
—Eso fue cerca —dijo Helen.
—Va a estar más cerca.
El viento llegó atrás del trueno. No llegó de a poco: llegó entero, de una vez, y golpeó la lancha de costado. Nancy se agarró del borde. Las olas empezaron a subir por los dos lados de la lancha. Eran cortas y duras, nada que ver con el agua quieta de la tarde.
Y entonces se largó a llover.
Llovió de una manera que Nancy no había visto nunca. No caía lluvia: caía agua. En dos segundos las dos estaban mojadas hasta adentro del impermeable. La orilla, la nube, el cielo y el lago se volvieron la misma cosa gris.
—¡No veo nada! —gritó Helen—. ¡Nancy, no veo para dónde voy!
Nancy se puso atrás de ella y le puso las dos manos en los hombros.
—Derecho —le dijo en la oreja—. No dobles. Aunque no veas, derecho.
—¿Y si estamos yendo al medio del lago?
—Entonces vamos derecho al medio del lago. Peor es dar tantas vueltas.
Helen se rió, una risa corta y fea, pero se rió, y a Nancy le gustó oírla. Mientras Helen pudiera reírse, Helen podía manejar.
El motor seguía. Eso era todo lo que tenían y las dos lo sabían. Nancy había mirado el lago toda la tarde y había visto un solo bote, temprano, y ya no estaba. Si el motor se paraba, podían gritar hasta quedarse sin voz y no las iba a oír nadie.
«No pienses en eso», se dijo. «Piensa en la orilla.»
La lluvia aflojó un poco. No paró: aflojó, y se volvió una lluvia chica que no paraba, y el viento se quedó igual de fuerte. Nancy se pasó el brazo por los ojos y miró adelante.
Un relámpago le mostró el agua otra vez.
Y en el agua, a unos pasos y justo delante de la lancha, había un tronco.
Era grande, viejo, negro de agua, y estaba de costado en el agua como un animal dormido.
—¡Dobla! —gritó Nancy—. ¡Helen, dobla!
Helen lo había visto. Ese fue el problema: verlo la dejó dura, con las manos apretadas al volante.
—¡DOBLA!
Helen tiró del volante con las dos manos. La lancha empezó a doblar. No terminó de doblar.
El golpe tiró a Nancy de espaldas contra el fondo. Oyó la madera rompiéndose y oyó gritar a Helen. Las dos cosas le llegaron de muy lejos y ninguna le pareció suya.
Se levantó. Le costó, porque la lancha ya estaba caída hacia la derecha.
Y ahí lo vio. El tronco le había abierto un agujero largo en el costado, abajo de la línea del agua, y por ese agujero el lago estaba entrando.
—¡El balde! —dijo—. ¡Helen, el balde!
Helen encontró el balde viejo del fondo, que olía mal, y empezó a sacar agua como una loca. Nancy se arrancó el impermeable y lo metió en el agujero con las dos manos.
El agua entró igual, por arriba y por abajo del impermeable.
Sacaron agua. Metieron ropa. El agua subió más rápido que ellas, y en algún momento las dos entendieron que no iban a ganar.
—¡Grita! —dijo Nancy—. ¡Las dos juntas!
Juntaron las manos en la boca y gritaron. Gritaron hasta que a Nancy le dolió la garganta.
Nadie contestó. El viento se llevó las dos voces y no trajo nada.
El agua ya les tapaba los pies. Después las rodillas. La lancha se hundía despacio y sin ruido, y a Nancy le pareció horrible que una cosa así se hiciera en silencio.
Entonces vio venir la ola.
Era más alta que las otras y venía derecho. Nancy tuvo tiempo justo de pensar una sola cosa: el nombre de su padre.
—¡Nos vamos! —gritó Helen—. ¡Nancy, nos va...!
El agua le tapó la boca y la palabra.