Capítulo 1
La calzada
I. El soldado
Bernal no durmió. Nadie durmió esa noche en Iztapalapa.
Antes del amanecer ya estaban todos en pie, revisando las cinchas de los caballos, contando los tiros de las ballestas, hablando en voz baja como se habla dentro de una iglesia. Al frente, la calzada entraba derecha en el lago, ancha como dos lanzas, y al final de esa línea de piedra, flotando sobre el agua gris, estaba la ciudad.
Torres. Templos. Casas blancas que salían del agua. Canoas tan numerosas que el lago parecía moverse.
Bernal había leído un solo libro en su vida: las aventuras de Amadís de Gaula, caballero de los encantamientos. Y mirando aquella ciudad imposible, no encontró otras palabras. Es como las cosas de encantamiento que cuenta el libro de Amadís, dijo alguien a su lado, y nadie se rió, porque todos pensaban lo mismo. Algunos soldados preguntaban si aquello que veían no era un sueño.
Eran cuatrocientos hombres entrando en una ciudad de doscientas mil personas.
Si nos dejan entrar, pensó Bernal, ¿nos dejarán salir?
II. El sacerdote
Del otro lado de la misma calzada, un sacerdote de Huitzilopochtli miraba acercarse la columna.
Llevaba meses sin dormir bien. Desde la noche del fuego en el templo —el fuego que nadie encendió y que el agua no pudo apagar— sabía que los libros decían la verdad, y deseaba que mintieran. Había visto el cometa. Había oído a la mujer que lloraba por las calles: hijos míos, ¿adónde os llevaré?
Ahora veía a los extranjeros: los venados altísimos sobre los que venían montados, el metal que les cubría el cuerpo, los perros enormes de ojos amarillos que iban delante, con la lengua fuera.
El pueblo entero había salido a las azoteas y a las canoas para verlos. Nadie hablaba. Sobre la ciudad más ruidosa del mundo había caído un silencio de templo.
El sacerdote pensó en el tlatoani, que en ese momento bajaba de su litera para ir al encuentro de los extranjeros, vestido con todo el peso de su imperio. Pensó: va a recibirlos como a dioses. Y yo no sé si son dioses. Solo sé que los dioses no piden oro.
Las dos columnas avanzaban una hacia la otra sobre la misma piedra, sobre el mismo lago, hacia el mismo punto exacto del mundo.
Ninguno de los dos hombres —ni el soldado que escribiría todo esto cincuenta años después, ni el sacerdote que sabía leer demasiado bien las señales— podía imaginar que, dos años más tarde, de todo aquello no quedaría nada.
Pero esa mañana de noviembre, por última vez, la ciudad estaba entera, blanca y viva sobre el agua.
Y los dos la estaban mirando.