Capítulo 1
La puerta
—¿Alguna vez miraste bien esa puerta? —preguntó Enfield.
Levantó el bastón y la señaló con la punta.
Era domingo, y los dos hombres caminaban por una calle pequeña de Londres. La calle estaba llena de tiendas limpias y bonitas. Pero cerca de la esquina había un edificio viejo y oscuro. No tenía ventanas abajo. Tenía solo una puerta, y esa puerta no tenía timbre ni nada para llamar. Estaba sucia. Los niños jugaban delante de ella, y nadie salía nunca a decirles nada.
—Sí —dijo Utterson—. La vi muchas veces.
Gabriel John Utterson era abogado. Era un hombre alto y serio, que hablaba poco y casi nunca sonreía. Pero tenía un corazón muy bueno. Cuando un amigo hacía algo malo, Utterson no le gritaba: lo ayudaba. Por eso era muchas veces el último amigo de los hombres que lo perdían todo.
Richard Enfield era un joven de su familia, conocido en toda la ciudad. Nadie entendía qué hacían juntos esos dos. Cada domingo caminaban horas por Londres y casi no hablaban. Pero ninguno de los dos quería perder esas tardes por nada del mundo.
—Esa puerta me recuerda una historia muy rara —dijo Enfield.
—¿Sí? —dijo Utterson, y su voz cambió un poco—. ¿Qué historia?
—Fue una noche de invierno, a las tres de la mañana. Yo volvía a casa. Las calles estaban vacías: había luces y más luces, y ni una persona. Entonces vi a dos. Uno era un hombre pequeño que caminaba muy rápido. La otra era una niña de ocho o diez años que venía corriendo por otra calle. Llegaron a la esquina al mismo tiempo, y la niña cayó delante de él.
Enfield calló un momento.
—Y entonces pasó lo horrible. El hombre no paró. Pisó a la niña como si nada, y siguió su camino. La dejó en el suelo, gritando. Contado así no parece mucho, pero verlo fue terrible. No parecía un hombre. Parecía una cosa sin alma.
—¿Y qué hiciste?
—Corrí, lo agarré del cuello y lo llevé de vuelta a la esquina. Allí ya había mucha gente junto a la niña: era su familia. Después llegó un médico. La niña estaba bien; tenía más miedo que dolor. Pero pasó algo raro. Yo odié a ese hombre desde el primer momento. La familia también, claro. Pero el médico era un hombre frío, de esos que nunca muestran nada. Y cada vez que miraba a ese hombre, se ponía blanco. Quería matarlo. Yo lo veía en su cara, y él lo veía en la mía.
—Entiendo.
—No podíamos matarlo, claro. Entonces le dijimos otra cosa: «Vamos a contar esto en todo Londres. Su nombre va a ser una vergüenza de un lado de la ciudad al otro». Las mujeres gritaban y querían atraparlo, y nosotros teníamos que ponernos delante. Nunca vi tantas caras llenas de odio. Y en el centro estaba él, frío, riéndose de nosotros. Tenía miedo, yo lo vi. Pero no lo mostraba.
»Al final dijo: «Si ustedes quieren hacer un escándalo, yo no puedo hacer nada. Ningún caballero quiere escenas. ¿Cuánto quieren?».
—¿Y cuánto le pidieron?
—Cien libras, para la familia de la niña. No quería pagar, pero vio nuestras caras y aceptó. ¿Y sabes a dónde nos llevó a buscar el dinero? A esa puerta. Sacó una llave, entró, y al rato volvió con diez libras en oro y un cheque por noventa libras más. Y el cheque tenía una firma. No puedo decirte el nombre, pero era el nombre de un hombre muy famoso.
Utterson no dijo nada.
—Yo le dije: «Esto no está bien. Un hombre no entra por una puerta como esa a las cuatro de la mañana y sale con el cheque de otro». Pero él se rió. «No se preocupe», me dijo. «Me quedo con ustedes hasta que abra el banco, y yo mismo saco el dinero».
»Así que pasamos lo que quedaba de la noche en mi casa: el médico, el padre de la niña, ese hombre y yo. Por la mañana fuimos todos juntos al banco. Yo le di el cheque al hombre del banco y dije que seguro era falso. Pero no. La firma era buena. El cheque era verdadero.
—Vaya, vaya —dijo Utterson.
—Ya ves que es una historia fea. El hombre de la firma es un hombre muy respetado, de esos que ayudan a todo el mundo. Yo creo que el pequeño sabe algún secreto viejo del otro, y el otro le paga para que no hable.
Enfield se quedó callado, pensando.
—¿Y sabes si el hombre del cheque vive ahí? —preguntó Utterson de pronto.
—No creo. Vive en una plaza, no recuerdo cuál.
—¿Y nunca preguntaste por esa casa?
—No. Yo nunca pregunto: cuanto más rara es una historia, menos pregunto.
—Haces muy bien —dijo el abogado.
—Pero yo mismo miré esa casa, muchas veces. No tiene otra puerta, y por esa solo entra y sale ese hombre, y muy de vez en cuando. Pero casi siempre sale humo por la chimenea. Así que alguien vive ahí.
Caminaron un rato sin hablar. Después Utterson dijo:
—Enfield, hay una cosa que quiero saber. ¿Cómo se llamaba el hombre que pisó a la niña?
—Bueno, no veo el problema. Se llamaba Hyde.
—¿Y cómo es?
—No es fácil decirlo. Hay algo malo en él, algo que no me gusta nada. Nunca odié tanto a un hombre, y no sé por qué. Parece que tiene algo deforme, pero no puedo decir dónde. No, no puedo explicarlo. No puedo decir qué tiene su cara. Y la veo ahora mismo, delante de mí.
Utterson caminó otro rato en silencio. Pensaba mucho.
—¿Estás seguro de que usó una llave? —preguntó al fin.
—Pero, querido Utterson…
—Sí, ya sé que te parece extraño. Pero si no te pregunto el nombre del otro hombre, es porque ya lo conozco. Tu historia me toca de cerca, Richard. Si dijiste algo que no es exacto, es mejor decirlo ahora.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —dijo Enfield, un poco enojado—. Pero todo es verdad. Ese hombre tenía una llave. Y todavía la tiene. Lo vi usarla hace menos de una semana.
Utterson no dijo ni una palabra.
—Otra vez hablé demasiado —dijo el joven—. Tengo que aprender a callar. Me da vergüenza. Vamos a prometer una cosa: nunca más vamos a hablar de esto.
—De acuerdo —dijo el abogado, y le dio la mano—. Te lo prometo, Richard.
Siguieron caminando. Ninguno de los dos volvió a hablar de la puerta. Pero Utterson sí sabía qué nombre había en ese cheque. Era el nombre de uno de sus amigos más viejos.