Capítulo 11
El ojo de la bruja
Caminan al oeste, por campos sin casas y sin gente.
Después de un rato Dorothy se mira la ropa. Adentro de la ciudad esa ropa es verde. Aquí, afuera, es blanca. Dorothy piensa un momento en eso. Después ya no piensa más, porque hay que caminar.
La tierra se pone más alta y hay más piedras. No hay árboles. Antes de la noche, Dorothy, Toto y el león se duermen en el campo. Los otros dos miran la noche.
Muy lejos hay una casa grande de piedra. En la puerta está la bruja mala del oeste.
Esa bruja tiene un ojo solo. Pero ese ojo ve muy lejos. Y esa noche ve a esos cuatro en un campo de su país.
La bruja está muy enojada, porque esa gente camina por su país. Hace un ruido largo y alto que va muy lejos.
Y llegan los lobos.
Llegan corriendo de todos lados, con las patas largas y los dientes fuera.
—Esa gente tiene que morir —dice la bruja.
—¿Y esa gente no puede trabajar para usted? —pregunta el primer lobo.
—No. Uno es de metal, otro es de paja. Una es una niña y el otro es un león. Ninguno puede trabajar para mí. Entonces, muertos.
Pero el hombre de metal oye a los lobos antes de verlos.
—Ahora me toca a mí —dice—. Todos atrás de mí.
Levanta el hacha y se pone delante de sus amigos. Son cuarenta lobos, y él tiene un hacha y dos manos.
Cuando llega el primer lobo, el hacha baja. Cuando llega otro, el hacha baja otra vez. Y otra vez. Y otra vez más. Los lobos no vienen todos juntos. Vienen de a uno, y por eso el hombre de metal puede con ellos. Pero no puede parar nunca. Atrás de él duermen una niña y un perro.
Y cuando ya casi es de día, no queda ningún lobo.
Por la mañana Dorothy abre los ojos. Ve todos esos lobos en la tierra, uno arriba del otro.
—Bien hecho, amigo —dice el espantapájaros.
La bruja mira otra vez con su ojo. Ve a sus lobos muertos, y ve a los cuatro que caminan por su país.
Ahora está mucho más enojada. Hace ese ruido otra vez.
Y vienen los pájaros negros. Son tantos que el cielo se pone oscuro.
—Ahora ustedes —dice la bruja al rey de los pájaros—. Quiero los ojos de esa gente.
Los pájaros negros vienen todos juntos. Dorothy tiene miedo.
—Ahora me toca a mí —dice el espantapájaros—. Todos abajo, a mi lado, y no les pasa nada.
Dorothy, el león y el hombre de metal se ponen en la tierra. El espantapájaros se queda de pie, solo, con los dos brazos abiertos.
Y los pájaros negros se paran arriba, sin bajar. Un pájaro le tiene miedo a un espantapájaros. Todos menos uno.
—Ese hombre solo tiene paja adentro —dice el rey de los pájaros—. Yo le saco los ojos.
Y baja.
El espantapájaros agarra al pájaro negro con las dos manos y le rompe la cabeza. El pájaro cae y no se mueve más. Después baja otro, y pasa lo mismo. Y otro. Y otro.
Cuando ya no queda ningún pájaro, el espantapájaros mira sus manos de paja un rato largo. Y piensa en un pájaro viejo y negro. Ese pájaro, un día, le dice lo más importante de su vida. Hoy él mata a muchos pájaros negros. Y no está contento.
—Vamos —dice, y no dice nada más.
La bruja mira. Y esta vez llama a los winkis, la gente amarilla que trabaja para ella. Les da palos con punta y abre la puerta.
Los winkis no son valientes. Pero van, porque tienen más miedo de la bruja que del león.
Cuando están cerca, el león se pone delante de todos, abre la boca y hace:
—¡¡¡GRRR!!!
Los winkis se van corriendo y no paran hasta la casa de piedra.
Entonces la bruja se sienta a pensar.
En su casa hay un gorro de oro. Ese gorro de oro tiene magia. El que tiene el gorro puede llamar tres veces a los monos con alas. Y los monos hacen todo lo que él dice. Tres veces, y nunca más: después, esos monos ya no van más con esa persona. Pero el gorro no se acaba. Cuando el gorro pasa a otras manos, las tres llamadas empiezan otra vez.
Con ese gorro, la bruja ya pide dos cosas. La primera es de hace muchos años: los monos hacen trabajar a los winkis. La otra es más nueva: los monos sacan del oeste al mago Oz.
Le queda una.
La bruja se pone el gorro de oro. Se para en un pie y dice, despacio:
—¡Ep-pe, pep-pe, kak-ke!
Después se para en el otro pie y dice:
—¡Hil-lo, hol-lo, hel-lo!
Después se para con los dos pies y grita:
—¡Ziz-zy, zuz-zy, zik!
El cielo se pone oscuro. Arriba hay un ruido bajo. Después hay muchos ruidos juntos, y todos vienen del cielo.
En el campo, Dorothy levanta la cabeza.
Y el cielo se llena de alas.