Capítulo 12
Los monos con alas
Los monos bajan del cielo.
Unos agarran al hombre de metal y suben con él. Van muy alto, hasta un lugar de piedras. Y ahí abren las manos.
El hombre de metal cae. Cae mucho tiempo. Cuando llega a las piedras queda ahí, todo roto. No se mueve. No hace ningún ruido.
Otros monos agarran al espantapájaros. Con las manos le sacan toda la paja. La de los brazos, la de las piernas, la de la cabeza. Después agarran la ropa vacía y tiran esa ropa arriba de un árbol alto.
Los otros monos le ponen cuerdas al león. Muchas cuerdas, en el cuerpo, en las patas y en la cabeza. El león ya no puede hacer nada. Entonces los monos suben con él y se van por el cielo.
Dorothy mira todo eso con Toto en los brazos.
No puede hacer nada. Tiene mucho miedo. Y piensa: ahora me toca a mí.
El rey de los monos viene hacia ella. Tiene los brazos largos abiertos y la cara terrible.
Y se para.
En la cabeza de la niña ve el beso de la bruja buena del norte.
—A esta niña no —les dice a los otros—. Con ella no podemos. Solo podemos dejar a la niña en la casa de la bruja.
Entonces los monos levantan a Dorothy con cuidado. Vuelan con ella hasta la casa grande de piedra.
El rey de los monos habla con la bruja mala del oeste.
—El hombre de metal y el hombre de paja están rotos. El león está en su casa, con cuerdas. A la niña no, y al perro no. Y ahora ya está: con esta son tres, y nosotros no volvemos nunca más.
Los monos suben al cielo y ya no se ven.
La bruja mira a Dorothy. Ve el beso en su cabeza y no está contenta. Con ese beso, ella no puede tocar a la niña.
Después le mira los pies.
Y cuando ve los zapatos de plata, la bruja mala del oeste tiene miedo. Ella sí sabe qué magia tienen esos zapatos.
Por un momento quiere salir corriendo. Pero mira a Dorothy a los ojos. Y en esos ojos ve a una niña que no sabe nada.
Entonces la bruja se ríe por dentro. «Esta niña no sabe qué tiene en los pies», piensa. «Entonces todavía puede trabajar para mí.»
—Ven conmigo —dice—. Y haz todo lo que yo digo. Si no, te pasa lo mismo que a tus amigos.
Dorothy va detrás de ella, por cuartos grandes y oscuros, hasta la cocina. Ahí tiene que lavar, cuidar el fuego y trabajar todo el día.
Y trabaja. Trabaja bien y no dice nada, porque tiene miedo.
Afuera, en un lugar cerrado con palos de metal, está el león.
La bruja quiere ponerle cuerdas y hacerlo trabajar como un animal grande. Pero cuando abre la puerta, el león hace ¡GRRR! y salta hacia ella. La bruja cierra la puerta otra vez, rápido.
—Bueno —dice desde afuera—. Entonces no comes.
Y todos los días, cuando el sol está arriba, viene y pregunta lo mismo:
—¿Hoy sí?
Y el león dice lo mismo:
—No. Y si usted entra aquí, le va a ir muy mal.
Pero el león come. Todas las noches, cuando la bruja duerme, Dorothy le lleva comida de la cocina. Después se sienta a su lado, con la cabeza en el pelo del león. Y los dos buscan un camino para salir de ahí.
No encuentran ninguno. La casa está llena de winkis amarillos. Trabajan para la bruja y le tienen mucho miedo.
Esa noche Dorothy llora. Tiene miedo por Toto y tiene miedo por ella. Y está triste, porque ahora Kansas está más lejos que nunca.
Toto se sienta a sus pies y mira a Dorothy. A Toto no le importa Kansas. A Toto le importa Dorothy.
Mientras tanto, la bruja piensa en los zapatos de plata.
Sus lobos están muertos. Sus pájaros están muertos. Su gorro de oro ya no llama a nadie. Pero con esos dos zapatos ella puede tener más que todo eso junto.
Y la bruja mira. Mira todo el día.
Dorothy no se saca los zapatos nunca. Solo de noche, para dormir, y cuando se lava. Pero de noche la bruja no entra en ningún cuarto oscuro, porque tiene miedo. Y al agua no va nunca.
La bruja mala del oeste no toca el agua. Nunca.
Y sigue mirando esos pies.