Capítulo 14
El gorro de oro
Los winkis amarillos gritan porque están contentos. Hace muchos años que trabajan para la bruja mala, y ninguno quiere trabajar para ella.
Ahora son libres.
Los winkis ríen, comen y hablan fuerte, porque hace muchos años que no ríen. Y todos dicen la misma palabra: libres. Un winki muy viejo se para delante de Dorothy.
—Hoy, por primera vez en mi vida, soy libre —dice.
—Yo quiero pedir una cosa —dice Dorothy—. ¿Ustedes me pueden ayudar?
Los winkis van con ella hasta el lugar de las piedras. Vuelven con el hombre de metal en brazos. Está todo roto y no se mueve.
—¿Ustedes trabajan el metal? —pregunta Dorothy, y llora un poco.
—Sí —dice un winki, y mira ese cuerpo roto—. Muchos de nosotros. Pero un hombre de metal, no. Un hombre de metal nunca.
Y trabajan tres días y cuatro noches. Dorothy espera afuera. Nadie le puede decir si va a salir bien. Por eso esos tres días son muy largos.
Al cuarto día el hombre de metal camina otra vez.
Después van al árbol alto. El hombre de metal corta el árbol, y la ropa del espantapájaros cae. Los winkis traen paja nueva, y Dorothy le llena los brazos, las piernas y la cabeza.
—Gracias —dice el espantapájaros, y se mira los brazos y las piernas—. Otra vez soy yo.
Los winkis quieren que el hombre de metal se quede con ellos para siempre.
—Primero tengo que ir a la ciudad de las esmeraldas —dice él—. Oz me tiene que dar una cosa.
Antes de salir, Dorothy busca comida para el camino. Y en un cuarto oscuro encuentra el gorro de oro.
Dorothy se pone el gorro en la cabeza. Le queda bien y es bonito. No sabe nada de la magia que tiene.
Y salen.
Caminan un día. Caminan dos días. Pero en el oeste no hay camino amarillo, ni casas, ni gente. Solo campo y campo y campo.
—Estamos mal —dice el espantapájaros después de tres días—. Yo no sé para dónde queda la ciudad.
Dorothy se sienta en la tierra. Y entonces piensa en una cosa.
—Los ratones.
Camina hasta el medio del campo y llama.
En un momento llegan cien ratones grises, y con ellos viene la reina.
—¿Qué necesitan, amigos? —dice la reina.
—Estamos perdidos —dice Dorothy—. Queremos ir a la ciudad de las esmeraldas.
—Eso es fácil —dice la reina—. Pero ustedes ya tienen el gorro de oro. ¿No saben eso?
—¿Y qué hace el gorro de oro?
—El gorro llama a los monos con alas. Tres veces, y nunca más. Las palabras están escritas adentro del gorro. Mira ahí.
Dorothy saca el gorro y mira adentro. Y sí: hay palabras escritas.
—Nosotros nos vamos —dice la reina, muy rápido—. Los monos y los ratones no somos amigos. Adiós.
Y en un momento no queda ningún ratón en el campo.
Dorothy lee las palabras. Después hace todo como está escrito: un pie, el otro pie, los dos pies.
—¡Ep-pe, pep-pe, kak-ke! ¡Hil-lo, hol-lo, hel-lo! ¡Ziz-zy, zuz-zy, zik!
El cielo se pone oscuro y todo se llena de ruido. Los monos con alas bajan al campo. El rey de los monos se para delante de la niña.
—Es la primera vez de las tres —dice—. ¿Qué quieres?
—Queremos ir a la ciudad de las esmeraldas.
—Eso está hecho.
Los monos levantan a los cuatro y a Toto y suben con ellos. Dorothy va en los brazos del rey y no tiene miedo. Abajo pasa todo el país, verde y amarillo y pequeño.
En poco tiempo bajan delante de la puerta verde de la ciudad.
—Ya está —dice el rey de los monos—. Te quedan dos.
Y los monos se van.
El hombre de los lentes abre la puerta. Cuando ve quién está afuera, abre mucho los ojos también.
—¿Ustedes vuelven? ¿Y la bruja?
—Ya no está —dice el león.
El hombre no dice nada, porque no puede creer lo que oye. Después saca la llave pequeña y les pone los lentes verdes a todos, a Toto también.
—Entonces vamos a ver a Oz —dice el espantapájaros.
Pero Oz no abre la puerta.
Al otro día, no. Ni al otro. Tres días con el mismo mensaje: hoy no.
—Ese hombre nos hace matar a una bruja —dice el león, muy bajo—. Y ahora no abre una puerta.
—Yo hablo con Oz —dice el hombre de los lentes—. Pero yo hablo con la tela. Nunca veo la cara de Oz. Nadie en esta ciudad ve la cara de Oz.
Entonces el león abre la boca y hace un ruido muy grande. Toda la casa se mueve. Una mujer verde que pasa por la calle se cae de miedo.
Cinco minutos después llega el mensaje.
—Mañana por la mañana —dice el hombre de los lentes, y no mira a nadie—. Y Oz está enojado.