Capítulo 15
La tela cae
Por la mañana los cuatro entran en el cuarto grande de Oz.
Y en el cuarto no hay nadie.
No hay una cabeza sin cuerpo. No hay una mujer con alas. No hay un animal con cinco ojos. No hay fuego.
No hay nada.
La silla grande está vacía. El cuarto es alto y verde y no se oye nada. Los cuatro se quedan cerca de la puerta, y muy cerca uno del otro. Un cuarto vacío da más miedo que todas esas caras juntas.
Entonces, de arriba, llega una voz.
—Yo soy Oz, el grande y terrible. ¿Qué quieren?
Dorothy mira arriba, mira a los lados, mira detrás de la silla.
—¿Dónde está usted?
—En todos lados —dice la voz—. Pero ustedes no me pueden ver.
Los cuatro caminan hasta la silla grande y se ponen uno al lado del otro.
—Nosotros venimos por lo que usted dice —dice Dorothy—. Usted dice que me lleva a Kansas cuando la bruja mala del oeste no está más. Y la bruja no está más.
—Y usted me da una cabeza que piensa —dice el espantapájaros.
—Y a mí un corazón —dice el hombre de metal.
—Y a mí, ser valiente —dice el león.
La voz no dice nada por un momento.
—¿La bruja está muerta de verdad?
—Sí —dice Dorothy—. Con un balde de agua.
—Qué rápido —dice la voz—. Bueno. Mañana. Yo tengo que pensar.
—Usted tiene mucho tiempo para pensar —dice el hombre de metal.
—Y nosotros no esperamos más —dice el espantapájaros.
—¡Usted dice una cosa y ahora tiene que hacerla! —grita Dorothy.
Entonces el león abre la boca.
—¡¡¡GRRR!!!
El ruido llena todo el cuarto verde. Toto salta de miedo y corre hacia un lado. Ahí hay una tela, y Toto toca esa tela.
Y la tela cae.
Detrás de la tela hay un hombre.
Es un hombre viejo y pequeño. No tiene pelo. Tiene las dos manos juntas y mira a los cuatro con los ojos muy abiertos.
Nadie habla.
El hombre de metal levanta el hacha y camina hacia él.
—¿Quién es usted?
—Yo soy Oz, el grande y terrible —dice el hombre pequeño. Y la voz se rompe en el medio—. Pero el hacha no. Por favor. Yo hago todo lo que ustedes quieren.
Los cuatro miran a ese hombre y no comprenden nada.
—¿Y la cabeza sola? —dice Dorothy—. ¿Y la mujer con alas? ¿Y el animal con cinco ojos? ¿Y el fuego?
—Todo eso es mentira —dice el hombre pequeño.
—¿Usted no es un mago? —pregunta Dorothy.
—No, mi niña. Yo soy un hombre y nada más. Muchos años de mentira, eso es todo.
El espantapájaros camina hasta la silla vacía. Habla despacio, y pone una cosa detrás de la otra.
—Usted habla siempre detrás de una tela —dice—. Nunca sale. Y a nosotros nos da cuatro caras y una sola cosa que pedir. Y en esta ciudad todos llevan lentes que no se pueden sacar, porque usted quiere.
—Sí —dice el hombre pequeño.
—Entonces la ciudad no es verde.
El hombre pequeño mira para abajo.
—La ciudad no es verde —dice—. Los lentes son verdes. La ciudad es como todas las ciudades. Esa es la mentira más grande de todas.
Y les cuenta cómo hace todo eso. La cabeza grande es de papel. Está arriba, con una cuerda para los ojos y la boca. La mujer con alas es ropa y una cara de papel. El animal es ropa vieja de muchos animales, con palos adentro. El fuego es una cosa de tela con aceite.
Y la voz, dice él, es fácil. Él puede poner la voz lejos de la boca: la gente oye esa voz arriba, y él está abajo.
—Ustedes tienen que oír una cosa —dice—. Después hacen conmigo lo que quieren.
Se sienta en una silla pequeña, no en la grande.
—Yo soy de Omaha —dice—. De joven me subí a un globo, un día de fiesta. Para bajar hay que tirar de una cuerda. Pero esa cuerda quedó mal, y el globo subió sin parar. El viento me llevó un día y una noche. Y por la mañana ese globo bajó aquí, en este país.
»La gente me vio bajar del cielo. Y para esa gente yo soy un mago.
—Y usted no dice que no —dice el espantapájaros.
—Yo no digo que no —dice el hombre pequeño—. Ellos me tienen miedo, y hacen todo lo que yo pido. Entonces les pido una ciudad. Y les pongo lentes verdes a todos, para tener una ciudad de esmeraldas.
No dice nada por un momento.
—Y desde ese día vivo aquí adentro, con miedo de las brujas. Yo no tengo magia. Ellas sí. Por eso estoy contento cuando la casa de esta niña cae arriba de una bruja. Y por eso les pido la otra.
—Usted es un hombre muy malo —dice Dorothy.
—No, mi niña —dice el hombre pequeño—. Yo soy un hombre bueno. Pero soy un mago muy malo.
Nadie dice nada.
Afuera, en la ciudad de las esmeraldas, la gente pasa por la calle con lentes verdes. Y ve una ciudad verde.
—Mañana —dice el hombre pequeño—. Mañana por la mañana.
Y baja la cabeza. Porque los cuatro esperan, y él no tiene nada.