Capítulo 16
Los regalos y el globo
Por la mañana el espantapájaros está contento.
—Hoy Oz me da una cabeza que piensa —dice—. Después voy a ser como los otros hombres.
—A mí me gustas así —dice Dorothy.
Pero él ya camina hacia la puerta del cuarto grande.
Adentro, el hombre pequeño está sentado al lado de la ventana.
—Vengo por mi cabeza —dice el espantapájaros.
—Siéntate ahí, por favor. Tengo que sacarte la cabeza. Sin eso no puedo poner nada adentro.
—Está bien. La cabeza de ahora no vale nada.
El hombre pequeño le saca la cabeza y le saca toda la paja. Va al otro cuarto y vuelve con comida de animales. Y con muchas cosas pequeñas de metal, con punta. Pone todo junto, llena esa cabeza y le pone la cabeza otra vez.
—Ahora eres un gran hombre —dice—. Ya tienes con qué pensar.
El espantapájaros sale muy contento.
—¿Cómo te sientes? —pregunta Dorothy.
—Muy inteligente —dice él—. Con esto adentro voy a saber todo.
—¿Y por qué te salen esas cosas de metal por la cabeza? —pregunta el hombre de metal.
—Es para pensar mejor —dice el espantapájaros, y no dice más.
Después entra el hombre de metal.
—Vengo por mi corazón.
—Bueno —dice el hombre pequeño—. Pero tengo que abrirte el metal, aquí. ¿Te hace mal?
—No. Yo no siento nada.
El hombre pequeño abre un lugar pequeño en el metal, del lado del corazón. Después trae del otro cuarto un corazón de tela, lleno de cosas pequeñas.
—¿Y es un corazón bueno? —pregunta el hombre de metal.
—Muy bueno.
Le pone el corazón adentro y cierra el metal otra vez.
El hombre de metal sale y no puede hablar. Pone la mano en el metal y siente el corazón. Después camina muy despacio, para sentirlo mejor.
Después entra el león.
—Vengo por eso de ser valiente.
El hombre pequeño va hasta un lugar alto y baja una cosa verde. Adentro hay agua verde. Deja esa cosa delante del león.
—Bebe.
—¿Qué es? —pregunta el león.
—Ser valiente está siempre adentro de uno —dice el hombre pequeño—. Tú ya eres valiente. Esto no te hace valiente: esto te hace ver que ya eres valiente. Bebe rápido.
El león bebe todo.
—¿Cómo te sientes?
—Ahora sí soy valiente —dice el león. Y sale corriendo a decirlo, y no mira atrás.
Cuando los tres se van, el hombre pequeño se queda solo. Ríe un poco, pero no está contento.
—¿Cómo no voy a decir mentiras? —dice—. Toda esta gente me pide cosas que nadie puede hacer. Con esos tres es fácil, porque ellos creen. Pero llevar a esa niña a Kansas… eso no se hace con creer.
Pasan tres días y Dorothy no sabe nada de Oz.
Son días tristes para ella, porque sus tres amigos, en cambio, están muy contentos. El espantapájaros dice que ahora piensa cosas muy grandes, pero no dice qué cosas. El hombre de metal siente el corazón que se mueve adentro. Y el león dice que ya no tiene miedo de nada.
Al cuarto día, Oz llama a Dorothy.
—Yo creo que ya sé cómo sacarte de este país —dice—. Primero hay que pasar el desierto. Después, Kansas es fácil.
—¿Y cómo se pasa el desierto?
—Por el cielo. Yo llego aquí en un globo. Tú llegas aquí en un ciclón. Yo no puedo hacer un ciclón. Pero puedo hacer un globo.
Y trabajan tres días con la tela verde. Después toda esa tela es una cosa muy grande. Abajo, con muchas cuerdas, ponen un lugar abierto para los dos.
Después Oz le dice a toda la ciudad que va a ver a otro mago. Un mago que vive en el cielo. Y toda la ciudad sale a la calle.
El hombre de metal corta muchos árboles pequeños y hace un fuego grande. El fuego entra en la tela. Y la tela se llena y sube.
El espantapájaros mira el fuego un momento. Después camina hasta el otro lado de la calle, porque el fuego le da miedo.
Oz entra en el lugar abierto.
—¡Yo me voy de viaje! —le grita a la gente—. Y mientras yo no estoy, aquí el espantapájaros dice qué se hace.
El globo tira de la cuerda, fuerte, porque tiene fuego adentro.
—¡Dorothy! —grita Oz—. ¡Rápido!
Pero Dorothy no encuentra a Toto. El perro corre entre la gente, detrás de un gato. Dorothy corre y busca y busca, y por fin agarra a su perro. Después vuelve al globo.
Está muy cerca. Oz le da las dos manos.
Y entonces la cuerda se rompe.
El globo sube. Sube rápido, y ya está alto.
—¡No! —grita Dorothy—. ¡Yo quiero ir!
—Yo no puedo volver, mi niña —dice la voz de arriba—. ¡Adiós!
—¡Adiós! —grita toda la ciudad.
Todos miran el cielo. El globo verde se hace pequeño, y después más pequeño. Y después ya no está.
Y nadie ve a Oz nunca más.
Pero en la ciudad de las esmeraldas la gente habla de él todos los días. Y dice siempre lo mismo: Oz, el grande y terrible.
Abajo, en el medio de la calle, Dorothy tiene a Toto en los brazos.
Y sigue aquí.