Capítulo 17
El camino del sur
Esa noche Dorothy llora mucho, porque el globo se va sin ella.
El hombre de metal se pone a su lado.
—Yo también quiero llorar un poco —dice—. Ese hombre me da un corazón. Pero si lloro, el agua no me deja mover la cara. ¿Tú me ayudas?
—Sí —dice Dorothy.
Y el hombre de metal llora por Oz. Llora un rato largo. Dorothy le pasa un poco de tela por esa cara de metal, una y otra vez.
Pero el agua le llega a la boca antes que la tela.
—¡El aceite! —grita el león.
La mano de Dorothy ya está ahí.
Por la mañana los cuatro hablan en el cuarto grande. El espantapájaros está sentado en la silla grande, porque ahora la ciudad es de él.
—A mí no me va tan mal —dice—. Ya no estoy arriba de un palo, en un campo. Ahora tengo esta ciudad.
—Y yo tengo mi corazón —dice el hombre de metal.
—Y yo ya no tengo miedo de nada —dice el león.
—Si Dorothy se queda a vivir aquí —dice el espantapájaros—, entonces estamos todos bien.
—Pero yo no quiero vivir aquí —dice Dorothy—. Yo quiero ir a Kansas, con la tía Em y el tío Henry.
El espantapájaros piensa. Piensa tanto que las cosas de metal con punta le salen más por la cabeza.
—¿Y los monos con alas? —dice por fin—. ¡Ellos te pueden llevar por el cielo!
—¡Es verdad! —dice Dorothy—. ¡El gorro!
Dorothy trae el gorro de oro. Se para en un pie, después en el otro, después con los dos. Y dice las palabras.
Y los monos llegan.
—Ya son dos de las tres —dice el rey de los monos—. ¿Qué quieres?
—Yo quiero ir a Kansas.
El rey de los monos mueve la cabeza: no.
—Eso no se puede. Nosotros somos de este país y no salimos de aquí. Y el desierto no se pasa. En Kansas no hay monos con alas, y nunca va a haber. Adiós.
Y se van por la ventana.
Dorothy se queda con el gorro de oro en las manos.
—Una llamada —dice, muy bajo—. Una llamada de tres, y no me da nada. Ahora me queda una sola.
—Vamos a preguntarle al hombre de los lentes —dice el espantapájaros.
El hombre de los lentes entra al cuarto grande y no sabe dónde ponerse. Con Oz nunca pasa de la puerta.
—Esta niña quiere pasar el desierto —dice el espantapájaros—. ¿Cómo se hace?
—Nadie pasa el desierto nunca. Solo Oz. —El hombre piensa—. Glinda. La bruja buena del sur. Es la más fuerte de todas, y su casa está al lado del desierto.
—¿Y cómo llego hasta ahí?
—El camino va al sur, sin dar ninguna vuelta. Pero es un camino malo. En el bosque hay animales grandes, y después hay gente que no quiere gente de afuera.
Cuando el hombre se va, nadie habla, porque ese camino no le gusta a nadie.
—Yo voy con Dorothy —dice el león—. Yo soy un animal del bosque, y esta ciudad ya no me gusta. Y alguien tiene que cuidar a la niña.
—Y mi hacha también ayuda —dice el hombre de metal—. Yo también voy.
—¿Cuándo salimos? —pregunta el espantapájaros.
—¿Tú vienes? —dicen los tres a la vez.
—Claro. Si no es por Dorothy, yo estoy todavía en el campo, arriba de un palo. Ella me saca de ahí. Ahora yo no dejo sola a Dorothy. Primero ella vuelve a Kansas. Después pienso en mí.
Salen por la mañana. En la puerta, el hombre de los lentes les saca los lentes a todos. A Toto también. Abre esos lentes con la llave pequeña.
Caminan tres días por campos verdes. Después llegan a un bosque muy grande y muy oscuro.
Adentro del bosque, en un lugar abierto, hay animales. Muchos. Grandes y pequeños, y todos juntos, y ninguno come a ninguno.
Un animal grande y amarillo camina hasta el león.
—Bienvenido, rey de los animales —dice—. Llegas a tiempo.
—¿Qué pasa aquí?
—Un animal nuevo vive en este bosque. Es muy grande y negro, con ocho patas largas. Se come a uno de nosotros por día, y nadie puede con él. Y el camino del sur pasa por su parte del bosque. Ustedes no van a llegar al otro lado.
—¿Y los otros leones?
—Ya no queda ninguno. Ese animal se come a todos los leones.
El león piensa un momento.
—Si yo mato a ese animal, ¿ustedes me hacen su rey?
—¡Sí! —dicen todos a la vez.
El león camina solo por el bosque hasta que encuentra al animal de las ocho patas. Está durmiendo. Es tan grande que el león pasa por debajo sin tocarlo.
Pero arriba, entre la cabeza y el cuerpo, hay una parte muy pequeña.
El león sube por atrás, sin ruido, y con una pata le da un golpe fuerte. Y ya está.
Cuando vuelve al lugar abierto, todos los animales bajan la cabeza.
—Ahora tú eres nuestro rey —dice el animal amarillo—. Y el camino del sur está abierto para tu amiga.
—Primero mi amiga vuelve a su casa —dice el león—. Después yo vengo aquí y me quedo. Antes no.
Y esa tarde, del otro lado del bosque, el país se pone rojo. Rojas las casas, rojas las flores, roja la tierra.
En el medio de todo ese rojo hay una casa grande. En la puerta hay una mujer, y esa mujer mira a los cuatro.
Y esa mujer no les tiene miedo.