Capítulo 5
El león
En esta parte del bosque hay pocos pájaros. Pero entre los árboles hay ruidos de animales grandes. Dorothy no sabe qué animales son, y por eso tiene miedo. Toto sí sabe. Toto camina muy cerca de ella y no dice nada.
—¿Cuándo salimos del bosque? —pregunta Dorothy.
—No sé —dice el hombre de metal—. Yo nunca voy a la ciudad de las esmeraldas. Pero todos dicen que el camino pasa por lugares malos.
—¿Y Toto? —dice Dorothy—. Toto es pequeño.
—Entonces nosotros tenemos que cuidar a Toto.
En ese momento, del bosque llega un ruido muy grande.
—¡GRRR!
Y un león sale al camino.
Con una pata tira al espantapájaros a un lado del camino. Con la otra le da al hombre de metal. Pero al metal no le pasa nada. El león se mira la pata con la boca abierta. El hombre de metal se cae al camino y se queda ahí.
Entonces Toto corre hacia el león.
—¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU!
El león abre mucho la boca. Y Dorothy, sin pensar en nada, corre y le da en la nariz con la mano.
—¡Tú no vas a comer a mi perro! —grita—. ¡Un animal tan grande, con un perro tan pequeño!
—Yo no como a tu perro —dice el león, y se toca la nariz.
—Pero quieres.
—Es verdad —dice el león, y baja la cabeza—. Yo no soy valiente. Nunca soy valiente. Ya sé.
Dorothy levanta al espantapájaros y le pone la paja bien.
—¿Ese hombre tiene paja adentro? —pregunta el león.
—Sí —dice Dorothy, todavía enojada.
—Por eso vuela así. Y el otro es de metal, por eso me hace mal en las patas. ¿Y ese animal pequeño?
—Es mi perro. Se llama Toto.
—Un animal muy pequeño —dice el león, y está triste—. Solo un león como yo quiere comer una cosa así.
—¿Y por qué tienes tanto miedo? —pregunta Dorothy. El león es muy grande, y ella no comprende.
—No sé. Todos los animales del bosque creen que el león es el rey. Un rey no puede tener miedo. Pero yo tengo miedo de todo. Cuando llega un animal grande, o un hombre, yo hago ¡GRRR! muy fuerte, y todos se van corriendo. Y si uno no se va, entonces el que corre soy yo.
—Eso no está bien —dice el espantapájaros—. El rey del bosque tiene que ser valiente.
—Ya sé —dice el león, y le baja agua de los ojos—. Por eso mi vida es triste.
—Tu corazón puede estar enfermo —dice el hombre de metal—. Y eso es bueno, porque quiere decir que tienes un corazón. Yo no tengo.
El león piensa un momento.
—Sin corazón, yo puedo ser valiente.
—Yo voy a pedirle a Oz una cabeza que piensa —dice el espantapájaros.
—Y yo voy a pedirle un corazón —dice el hombre de metal.
—Yo quiero ir a casa —dice Dorothy—. Quiero ir a Kansas, con la tía Em.
El león mira a los tres.
—¿Y ustedes creen que Oz me puede hacer valiente?
—Tan fácil como una cabeza —dice el espantapájaros.
—Tan fácil como un corazón —dice el hombre de metal.
—Tan fácil como un camino a Kansas —dice Dorothy.
—Entonces voy con ustedes —dice el león—. Sin ser valiente, mi vida no vale nada.
Y caminan otra vez, ahora los cuatro y el perro. Toto no está contento, porque tiene miedo de esa boca grande. Pero después de un rato camina al lado del león como si nada.
Por la tarde pasa una cosa pequeña y triste. El hombre de metal camina sin mirar y mata a un animal muy pequeño del camino. Él nunca quiere hacerle mal a nada que vive, y por eso llora. El agua de los ojos le baja por la cara. Llega al metal de la boca, y ahí queda.
Entonces Dorothy le pregunta algo, y el hombre de metal no puede abrir la boca. Mueve las manos y mira a Dorothy con los ojos muy abiertos. Dorothy no comprende, y el león no comprende nada.
Pero el espantapájaros sí.
—¡El aceite! —grita—. ¡Rápido!
Dorothy saca el aceite y le pone aceite en la boca. Y el hombre de metal puede hablar otra vez.
—Ahora voy a mirar dónde camino —dice—. Ustedes tienen corazón y saben qué está bien. Yo no tengo corazón. Por eso tengo que mirar más que ustedes.
Desde ese momento camina despacio, con los ojos en el camino.
Y por eso es el primero que ve la cosa negra. Está en la tierra, delante de ellos.