Capítulo 8
La reina de los ratones
Dorothy abre los ojos en el campo verde, al lado del agua. Toto está a su lado y también abre los ojos.
—¿Y el león? —pregunta.
Nadie dice nada.
Entonces, entre los árboles, hay un ruido. Un animal viene corriendo hacia ellos. Es un gato grande y amarillo, con la boca abierta y los ojos muy rojos. Delante del gato corre una cosa pequeña y gris.
El hombre de metal levanta el hacha. Y cuando el gato pasa al lado de él, el hacha baja una vez. El gato queda en la tierra y ya no se mueve.
La cosa pequeña y gris se para. Es un ratón. Camina despacio hasta el hombre de metal y habla.
—Gracias. Ese gato corre atrás de mí desde el bosque.
—No es nada —dice el hombre de metal—. Yo no tengo corazón, y por eso tengo que ayudar a todos. Hasta a un ratón.
—¿«Hasta a un ratón»? —dice el ratón—. Yo soy la reina de todos los ratones de este campo.
—¡Oh! —dice Dorothy, y baja la cabeza como los munchkins.
—Entonces la vida de una reina está en tus manos —dice otro ratón que llega corriendo. Detrás de él llegan más. Diez, cien, mil ratones grises, y todos se paran delante del hombre de metal.
Y entonces Toto ve mil ratones.
Toto no piensa en la reina, ni en Dorothy, ni en nada. Salta al campo y corre. Los ratones gritan y se van para todos lados, y la reina sube a una piedra.
—¡TOTO! —grita Dorothy. Corre detrás del perro y agarra a Toto con las dos manos.
La reina baja de la piedra. Baja despacio, y no baja mucho.
—Ese perro se queda en tus brazos —dice—. Todo el tiempo. Si un perro toca a un ratón, nosotros nos vamos y no volvemos nunca.
—Toto se queda conmigo —dice Dorothy, y agarra más fuerte.
—Ahora pide —dice la reina—. Los ratones siempre pagamos.
El espantapájaros piensa. Después dice:
—Hay un león que duerme entre las flores rojas. Es nuestro amigo. Queremos sacarlo de ahí.
Los ratones no dicen nada por un momento.
—¿Un león? —dice la reina—. Un león nos come a todos.
—No este león —dice Dorothy—. Este león tiene miedo hasta de un perro pequeño.
—Bueno —dice la reina—. Cada ratón trae una cuerda pequeña. Ustedes hacen lo otro.
Los mil ratones se van, y vuelven con una cuerda en cada boca.
Mientras tanto, el hombre de metal corta árboles pequeños y hace un carro. Palos arriba para poner al león, y abajo cuatro partes de árbol que dan vueltas.
Después ponen las cuerdas en el carro, un ratón en cada cuerda. Mil ratones, mil cuerdas.
—¡Ahora! —dice la reina.
Los mil ratones tiran juntos. La cosa de palos entra en las flores rojas. Detrás van el espantapájaros y el hombre de metal. Dorothy no puede entrar, porque el que entra ahí se duerme.
Llegan hasta el león. Está en la tierra, con los ojos cerrados, y no se mueve nada.
Los dos hombres ponen al león arriba de los palos. Y los mil ratones tiran otra vez.
Salen despacio. Muy despacio. Pero salen.
Ya en el campo verde, lejos de las flores, Dorothy se sienta al lado del león. Le pone la mano en la cabeza.
—Gracias —les dice a los ratones—. Muchas gracias.
Y entonces el león abre un ojo.
Los mil ratones se van corriendo, porque el león ya abre los ojos. Todos, menos la reina.
—Ustedes ahora tienen mil amigos —dice la reina—. Si están en un campo y llaman, nosotros venimos. Adiós.
—Adiós —dice Dorothy.
La reina se va por el campo verde y ya no se ve.
El león se levanta despacio. Mira las flores rojas, después mira a sus amigos, y no comprende nada.
—Yo corro y corro —dice—. Y después ya no corro.
—Nosotros te sacamos de ahí —dice el espantapájaros—. Bueno: nosotros no. Los ratones.
—¿Los ratones? —dice el león.
—Mil ratones —dice Dorothy.
El león mira el campo un rato largo, porque no sabe qué decir.
Caminan otra vez, y por la tarde llegan al camino amarillo. Aquí el camino está mejor, y a los dos lados hay campos verdes y casas.
Pero las casas no son azules.
—Aquí la gente hace las casas de color verde —dice el hombre de metal.
Y entonces Dorothy levanta la cabeza. Muy lejos, en el cielo, hay algo verde y claro.