Capítulo 1
La Posada de las Lilas
El carro azul de Nancy Drew para en el camino del lago.
POSADA DE LAS LILAS
POLLO — LO MEJOR DE LA CASA
La chica que lo lee tiene dieciséis años y se ríe sola. Es más de la una y no comió nada desde la mañana. Su padre la mandó a Windlow con unos papeles para el juez Howell. Treinta y cinco millas de ida. Y treinta y cinco millas de vuelta.
«Pollo», piensa Nancy. «Lo mejor de la casa. Está bien, entonces.»
Deja el carro en un camino chico, abajo de los árboles. Y ahí está la posada.
Es una casa vieja y larga, de dos pisos. Las lilas llegan hasta la pared. Suben hasta las ventanas de arriba y están llenas de flores. Hay tantas que la casa parece más chica de lo que es. Atrás, la tierra baja despacio hasta un lago. El agua no se mueve. Es un día claro y no hay nada de viento.
Nancy baja del carro y se queda mirando el lago.
—¡Nancy Drew! ¡Nancy Drew, mírame!
Una chica viene por el camino, casi corriendo. Nancy la conoce. Es Emily Crandall, de la escuela. Emily tiene la cara contenta de siempre y sol en la nariz.
—¡Emily! ¿Qué haces aquí?
—Me quedé sin carro —dice Emily—. El carro de la señora Willoughby se paró y no anda más. Vine caminando hasta aquí para buscar a alguien.
—¿Comiste?
—No comí nada.
—Entonces ya está —dice Nancy—. Comemos las dos y después vemos lo del carro.
Entran juntas. El comedor de la posada da al lago. Es un cuarto largo, con ventanas grandes, y está casi lleno. Pero el mesero de la puerta conoce a Nancy. Las lleva a la mejor mesa, la de la ventana grande. Dos señoras que esperan de pie se dan la vuelta a mirar.
—¿Cómo lo haces? —dice Emily en voz baja.
—Vine otras veces.
—No es por eso y tú lo sabes.
Nancy no contesta. El mesero trae la comida. La comida, decide Nancy, es mucho mejor que esa pregunta.
Comen. Emily habla. Emily siempre habla, y a Nancy le gusta oírla. Cuenta todo como una buena noticia.
—El viernes cumplo dieciocho años —dice Emily—. Y va a ser el mejor viernes de mi vida.
—¿Por qué el mejor?
—Porque cumplo dieciocho y porque ese día recibo las joyas.
Nancy deja la comida.
—¿Joyas?
—Las joyas de la familia Crandall. Mi abuela me las dejó en su testamento. Yo lo supe la semana pasada. —Emily se ríe—. Nunca tuvimos dinero, Nancy. Nunca. Y ahora hay una fortuna con mi nombre en un testamento.
—¿Una fortuna de cuánto?
—Cuarenta mil dólares —dice Emily—. Eso dicen. Casi todo diamantes.
En la mesa de al lado alguien mueve una silla. Nancy baja la voz.
—Emily. ¿Dónde están ahora?
—En un banco, en otro pueblo. La señora Willoughby las tiene que ir a buscar. Ella es mi tutora hasta el viernes. Una tutora cuida el dinero de uno hasta que uno es grande. La mía lo hizo bien todos estos años. El viernes las joyas son mías.
—¿Y después?
—Después las pongo en una caja del banco de River Heights —dice Emily—. Ya lo pensé.
—El mismo día.
—El mismo día, sí. Bueno... casi. Primero las quiero ver. Las quiero tener una noche en la casa del lago. Una noche, nada más, y mirarlas todo lo que quiero. Después van a la caja y ahí se quedan para siempre.
Nancy no dice nada un momento.
—Emily, ¿cuánta gente sabe esto?
—Tú. La señora Willoughby. Y la señora Potter, que va con ella al banco. —Emily la mira—. ¿Por qué pones esa cara?
—Por nada.
—Nancy Drew, tú nunca pones cara de nada por nada.
—Es que cuarenta mil dólares es mucho dinero —dice Nancy—. Y una casa del lago es una casa del lago.
—¡Ay, Nancy! —Emily se ríe otra vez—. Aquí nunca robó nadie nada. Además, tú vienes el viernes y te enseño las joyas. ¿Vienes?
—Voy.
—Entonces no me digas más cosas de policías.
Emily va a lavarse las manos. Nancy se queda en la mesa. Al lado está la ventana y afuera está el lago. Y ella piensa en cuarenta mil dólares en una casa del lago.
«Una noche», piensa. «Una sola noche. Bueno. Casi nunca pasa nada.»
Después va al teléfono y llama a su casa. Su padre contesta enseguida, lo que nunca es bueno.
—Nancy. Menos mal. Te busqué toda la mañana.
—¿Qué pasó?
—Hannah se va hoy.
Nancy se queda con el teléfono en la mano.
—¿Hoy?
—Hoy. Su hermana está peor y la necesitan en su casa. Sale en el tren de las tres y veinte. —Carson Drew no dice nada un momento—. Nancy, yo no sé qué se hace en una casa sin Hannah.
—Yo tampoco —dice Nancy—. Voy para casa.
—Vas a tener que buscar a alguien.
—Ya sé.
Deja el teléfono. Se queda un momento mirando la pared, que no tiene nada interesante.
Su padre es abogado. Es un abogado famoso. Hay jueces en tres pueblos que lo llaman por su nombre. Y no sabe hacer la comida.
Nancy sale al sol. Emily la espera al lado del carro azul.
—Te llevo hasta el pueblo —dice Nancy—. Después tengo que ir rápido a casa.
—¿Pasó algo?
—Toda la casa se va en el tren de las tres y veinte.
Emily sube. El carro sale de los árboles y toma el camino grande. Atrás quedan la posada vieja, el lago sin viento y las lilas contra la pared.
Nadie las mira.
Y cuando alguien las mira, ya es tarde.