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El príncipe y el mendigo

Capítulo 1

Dos niños

En la antigua ciudad de Londres, un día de otoño, nacieron dos niños.

El primero nació en una familia pobre, la familia Canty. Nadie lo quería. El segundo nació en una familia rica, la familia Tudor. Todos lo querían. Inglaterra entera lo quería: el país había esperado años a ese niño, había pedido a Dios por ese niño. Cuando por fin llegó, la gente casi se volvió loca de alegría. Personas que apenas se conocían se besaban en la calle y lloraban de felicidad. Todos celebraron durante días y noches, con música, con luces, con grandes fuegos en cada esquina de la ciudad. En todo el país solo se hablaba del nuevo niño, Eduardo Tudor, príncipe de Gales. Y el pequeño príncipe dormía en su cama de seda, sin saber nada de tanta celebración.

Y tampoco le importaba.

Del otro niño, Tom Canty, dormido entre sus harapos, no se hablaba en ninguna parte. Solo se hablaba de él en un cuarto pobre, entre la gente que ahora tenía una boca más y el mismo pan de siempre.

Pasaron los años.

Tom vivía con su familia en una calle estrecha y sucia llamada Offal Court, cerca del gran puente de Londres. La casa era vieja y estaba llena de familias pobres. Los Canty ocupaban un solo cuarto, arriba. El padre y la madre tenían una cama vieja en un lado. Tom, su abuela y sus dos hermanas dormían en el suelo, donde podían.

Sus hermanas, Nan y Bet, tenían quince años. Eran buenas, como su madre, pero no sabían leer ni escribir. El padre y la abuela eran otra cosa. Los dos bebían siempre que podían, y después se golpeaban entre ellos, o golpeaban al primero que pasaba. John Canty era ladrón. La abuela era mendiga. Hicieron mendigos a los niños, pero no pudieron hacerlos ladrones.

En esa misma casa vivía un viejo padre de la iglesia, el padre Andrés. El rey lo había echado de su iglesia hacía años, con una mano delante y otra detrás, y ahora vivía entre los pobres. En secreto, el padre Andrés enseñaba a los niños el bien. A Tom le enseñó también a leer, a escribir, y un poco de latín.

La vida de Tom seguía siempre el mismo camino. De día, salía a mendigar unas monedas. De noche, volvía a casa. Si volvía con las manos vacías, su padre lo golpeaba. Después la abuela lo golpeaba otra vez, y peor, porque tenía más práctica. Y muy de noche, cuando todos dormían, su madre llegaba hasta él en silencio, con un pedazo de pan que había guardado para él. Ella se quedaba con hambre para poder guardarlo. Muchas veces el padre la descubría en ese crimen de amor. Entonces los golpes eran para ella.

Pero Tom no era un niño triste. Tenía una vida difícil y no lo sabía. Todos los niños de Offal Court vivían igual; por eso él creía que la vida era así.

Además, Tom tenía un tesoro que nadie le podía robar. El padre Andrés le contaba historias viejas: historias de gigantes, de reyes, de palacios, de príncipes vestidos de oro. La cabeza de Tom se llenó de esas cosas maravillosas. De noche, en el suelo, cansado, con hambre y con dolor, cerraba los ojos y se imaginaba la vida de un príncipe. Así olvidaba todo lo demás.

Con el tiempo, un sueño empezó a vivir con él de día y de noche: ver a un príncipe de verdad, con sus propios ojos. Una vez se lo dijo a los otros niños de Offal Court. Se rieron tanto de él, y de tan mala manera, que después guardó su sueño en secreto.

Los sueños lo fueron cambiando sin que él se diera cuenta. Tom empezó a hablar como los príncipes de las historias, a moverse como ellos, a pensar como ellos. Los otros niños lo miraban con admiración. «Sabe tanto», decían. «Puede tanto». Los niños hablaron con sus padres, y pronto la gente grande también le llevaba sus problemas a Tom. El niño escuchaba con cara seria y contestaba con palabras sabias sobre la ley y la justicia. La gente salía moviendo la cabeza: ese niño tenía algo especial. Tom era un héroe para todos.

Para todos menos para su familia. Su familia no veía nada en él.

En secreto, Tom organizó una corte real. Él era el príncipe, claro. Sus amigos eran sus guardias, sus lores y sus damas. Cada día, la corte falsa recibía a su príncipe falso con grandes ceremonias inventadas. Y después, cada tarde, el príncipe de Offal Court salía con sus harapos a mendigar unas monedas para la cena.

Una noche de enero, Tom volvió a casa mojado por la lluvia, muerto de frío y con las manos vacías. Su padre y su abuela vieron su cara triste y algo se movió en sus corazones: le dieron solo dos golpes y lo mandaron a dormir. El dolor y el hambre no lo dejaron dormir por largo rato. Pero al final cerró los ojos, y sus pensamientos se fueron lejos, muy lejos. Esa noche soñó, como siempre, que él era un príncipe. Toda la noche vivió entre lores y damas, en un gran palacio lleno de luz, entre música y reverencias.

Cuando despertó por la mañana y vio el cuarto frío, los harapos, las caras de siempre, el sueño tuvo su efecto de siempre: todo le pareció mil veces más sucio, más pobre y más triste que antes. Tom escondió la cara entre las manos y lloró.

Esa misma mañana salió a la calle con el sueño todavía en los ojos. Caminó sin mirar por dónde iba. La gente lo empujaba, alguno le gritaba; él no oía nada. Sus pies caminaban solos, y el príncipe de su sueño iba delante de él, brillando como una luz.

Sus pies lo llevaron lejos, muy lejos de Offal Court. Más lejos que nunca en su vida.