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Capítulo 1

El niño que quería ver a un príncipe

Aquel día de enero caía agua fría sobre Londres. Tom Canty llevaba andando descalzo por las calles desde la mañana.

Se paraba delante de las tiendas de comida y miraba. Dentro había carne caliente, y el olor salía por debajo de la puerta y le daba en la cara. Tom nunca había comido nada de eso. Lo conocía solo por el olor, y por el olor le parecía cosa de ángeles.

—Fuera de aquí —le dijo un hombre desde una tienda.

Tom se fue sin decir nada. Le pasaba todos los días.

Cuando ya era de noche tenía dos monedas en la mano. Las apretaba con fuerza para no perderlas. No eran suficientes. Nunca eran suficientes.

Volvió a casa.

Su casa estaba en Offal Court, un patio estrecho y sucio cerca del puente de Londres. Las casas eran de madera y se inclinaban unas hacia otras, y arriba, entre los techos, casi no se veía el cielo.

Los Canty vivían en un cuarto, en lo alto de la casa, y en ese cuarto dormían seis personas. El padre y la abuela tenían una cama en un rincón. Tom, su madre y sus dos hermanas dormían en el suelo, sobre paja vieja.

Bet y Nan tenían quince años. Habían nacido el mismo día. Eran buenas con Tom. No sabían leer, no sabían escribir, y no tenían más ropa que la que llevaban puesta.

El padre y la abuela eran otra cosa.

John Canty era ladrón y su madre era mendiga. Bebían cuando podían. Y cuando bebían, pegaban: primero a quien tenían cerca, y después el uno al otro.

Aquella noche Tom entró con hambre, y con el agua de la calle todavía en la ropa. Su padre le vio las manos vacías.

—Dos monedas —dijo Tom.

Su padre le pegó por las dos monedas que faltaban. Después la abuela le pegó otra vez, más despacio, para que aprendiera. Luego lo mandaron a dormir.

Tom se echó sobre la paja. Le dolía la cara y tenía hambre. En el piso de abajo dos hombres gritaban. Así era todas las noches.

Tom no sabía que aquella vida era dura. No conocía ninguna otra. Todos los niños de Offal Court vivían igual, y a él le parecía que el mundo estaba hecho así.

Mucho más tarde la casa se quedó en silencio. Su madre cruzó el cuarto sin hacer ruido y le puso un pedazo de pan en la mano.

Era su propio pan. Ella no había comido.

—No se lo digas a tu padre —dijo en voz muy baja.

Tom comió en la oscuridad.

En aquella misma casa vivía un cura viejo al que el rey le había quitado su iglesia. Era el padre Andrés, y vivía entre gente que robaba y gritaba sin robar ni gritar nunca.

A Tom le enseñó a leer, a escribir y un poco de latín. Y le contaba historias.

Las historias eran siempre de lo mismo. Reyes. Palacios. Caballeros con armadura. Príncipes que tenían gente para ponerles la ropa por la mañana.

Tom escuchaba con la boca abierta.

«Existen», pensaba. «En algún sitio de esta ciudad, ahora mismo, hay uno.»

Después volvía a la paja. Allí, con hambre y con frío, cerraba los ojos. Y se veía a sí mismo con ropa de seda, andando entre señores que se inclinaban a su paso.

De todos aquellos sueños fue quedando uno solo. Y ese se le metió dentro y no se le fue más.

Quería ver a un príncipe. Uno de verdad. Vivo, con sus propios ojos, aunque fuera un momento.

Una vez se lo dijo a los otros muchachos del patio.

Se rieron tanto de él, y durante tantos días, que Tom decidió no volver a decirlo nunca. Pero las ganas no se le fueron. Las guardó dentro, como guardaba las monedas: apretadas, para no perderlas.

A la mañana siguiente salió temprano. Y no fue a pedir.

Anduvo. Pasó por las calles que conocía y después por las que conocía solo de nombre. Después siguió por calles que no había visto en su vida. Salió de la ciudad. Vio casas grandes con jardines que bajaban hasta el río. Llegó más lejos de lo que había llegado nunca, y no se paró.

Y entonces, al final de un camino tranquilo, vio Westminster.

Tom se quedó quieto en medio del barro.

Era un palacio. Paredes altísimas, torres, ventanas y más ventanas. Delante había una reja de oro. A cada lado había un hombre de pie, tan quieto que parecía hecho de metal. La armadura lo tapaba de la cabeza a los pies.

Un poco más atrás esperaba gente. Gente del campo, gente de la ciudad, todos mirando hacia dentro por si veían algo.

Tom se acercó despacio, con el corazón golpeándole en el pecho.

Y lo vio.

Al otro lado de la reja había un muchacho. Tenía más o menos su edad. Llevaba ropa de seda que brillaba, y piedras de colores, y una espada pequeña al costado. En la cabeza tenía una gorra roja con una piedra que echaba luz. A su alrededor esperaban unos señores muy elegantes. Esperaban de esa manera en que solo se espera a alguien que manda.

Era un príncipe. Un príncipe de verdad, vivo, allí mismo, al otro lado de la reja.

«Es él», pensó Tom, y se quedó sin aire. «Es uno de verdad y lo estoy viendo yo.»

Tom no sabía lo que hacía. Se fue acercando, y se acercó más, hasta que tuvo la cara pegada a la reja.

Un soldado lo agarró del brazo y lo tiró hacia atrás con todas sus fuerzas.

Tom fue a dar al suelo, entre la gente. Y la gente se rió.

—¡Atrás, mendigo! —dijo el soldado.

Tom estaba en el barro, con el brazo debajo del cuerpo, cuando oyó otra voz. Era una voz joven. Venía del otro lado de la reja. Y no se reía.

—¿Cómo te atreves a tratar así a un pobre muchacho? ¡Abre esa reja y déjalo entrar!