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Capítulo 1

Un hombre en el hielo

Cartas del capitán Robert Walton a su hermana, la señora Margaret Saville, en Inglaterra.

5 de agosto de 17—

Querida Margaret:

Nos pasó algo tan extraño que tengo que contártelo ya, aunque quizá me veas llegar a casa antes que estas páginas.

Ya sabes por qué estoy tan lejos. Desde niño sueño con el polo norte, un país de hielo y de luz donde nunca llegó ningún hombre. Ahora tengo veintiocho años, un barco que alquilé en Arcángel y un grupo de marineros valientes. Tengo todo lo que quería. Todo, menos una cosa: no tengo ni un amigo, Margaret. Aquí nadie me mira a los ojos y me entiende. Cada día lo siento más.

El lunes pasado, 31 de julio, el hielo se cerró alrededor del barco por todos lados. Casi no quedaba agua libre entre el barco y el hielo. Una niebla muy blanca nos tapaba el mundo, y no podíamos hacer nada más que esperar.

A las dos de la tarde, la niebla se levantó. Por todos lados, hasta donde se podía ver, había campos de hielo sin fin. Algunos marineros empezaron a hablar en voz baja, y yo también sentí miedo. Y entonces vimos algo que nos hizo olvidar el miedo.

Un trineo tirado por perros pasaba hacia el norte, no muy lejos del barco. En el trineo iba sentado un ser con forma de hombre, pero de un tamaño gigantesco. Él mismo dirigía a los perros. Lo seguimos con los ojos hasta que desapareció entre las montañas de hielo.

Nadie habló durante un rato. No podíamos seguir sus huellas: el hielo no nos dejaba mover el barco. Creíamos que estábamos muy lejos de cualquier tierra. ¿De dónde venía ese ser? ¿Y adónde iba, tan rápido, en un mundo donde no hay nada?

Esa noche el hielo se rompió y el barco quedó libre, pero esperamos hasta la mañana: en la oscuridad, los pedazos de hielo que iban y venían con el agua eran un peligro.

Con la primera luz subí. Todos los marineros estaban en un lado del barco, hablando con alguien que estaba en el mar. Era otro trineo, como el primero. Durante la noche había llegado hasta nosotros sobre un gran pedazo de hielo. Solo un perro seguía vivo. Y dentro del trineo había un hombre.

No era un gigante. Era un hombre como nosotros, un extranjero de Europa, y los marineros le pedían que subiera al barco.

—Aquí está nuestro capitán —le dijo uno—. Él no lo va a dejar morir en el mar.

El hombre me miró. Estaba casi muerto de frío. Y, sin embargo, me habló con una voz tranquila, en inglés, con acento extranjero:

—Antes de subir a su barco, ¿me puede decir adónde van?

Imagina mi sorpresa, Margaret. Un hombre a un paso de la muerte, y antes de aceptar la vida, pregunta el camino.

—Vamos al norte —le contesté—. Buscamos el polo.

Solo entonces aceptó subir.

Si lo hubieras visto... Tenía las manos y los pies casi helados, y el cuerpo tan flaco que parecía hecho solo de huesos. Nunca vi a un hombre en un estado tan miserable. Lo llevamos junto al fuego de la cocina, le dimos un poco de brandy, y poco a poco volvió a la vida.

Pasaron dos días antes de que pudiera hablar. Tiene unos ojos extraños: casi siempre hay en ellos algo salvaje, como de locura. Pero cuando alguien le hace un pequeño favor, toda su cara se llena de una luz dulce que nunca vi en nadie. Después vuelve la tristeza. A veces aprieta los dientes, como un hombre que lleva un dolor demasiado grande.

Un día, uno de mis oficiales le preguntó por qué había venido tan lejos, sobre el hielo, en un trineo.

Se le oscureció la cara.

—Para buscar a alguien que huyó de mí.

—¿Y ese hombre también viajaba en trineo?

—Sí.

—Entonces creo que lo vimos. El día antes de encontrarlo a usted, vimos pasar un trineo tirado por perros, con un hombre sentado en él.

El extranjero cambió por completo. Nos hizo mil preguntas: por dónde iba, a qué hora, hacia dónde. Hacia dónde iba «el demonio», como él lo llamaba. Desde ese día quiere estar siempre arriba, mirando el hielo, aunque todavía está muy débil.

Margaret, te escribí que en el mar nunca iba a encontrar un amigo. Ya no es verdad. Empiezo a querer a este hombre como a un hermano.

13 de agosto de 17—

Cada día lo quiero más. Es tan amable, y tan sabio... Cuando habla, las palabras le salen con una belleza que no encontré en ningún libro.

Hoy le hablé de mi viaje. Le conté todo, con el corazón lleno de fuego: que el conocimiento que busco me importa más que mi dinero, más que mi vida.

—¿Qué importa la vida o la muerte de un hombre —le dije—, si al final descubrimos lo que nadie sabe?

Mientras yo hablaba, su cara se llenaba de sombra. Se tapó los ojos con las manos. Mi voz tembló, y paré, porque entre sus dedos caían lágrimas.

—¡Pobre hombre! —dijo por fin, con la voz rota—. ¿Usted también comparte mi locura? ¿Usted también bebió de esa copa? Escúcheme. Escuche mi historia, y va a alejar esa copa de su boca.

No quiso decir más durante muchas horas. Pero después, ya más tranquilo, me dijo algo que no puedo olvidar:

—Yo tuve un amigo una vez, el más noble de los hombres. Por eso sé lo que es un amigo. Usted tiene esperanza, y toda la vida por delante. Yo lo perdí todo. Y no puedo empezar otra vez.

19 de agosto de 17—

Hoy el extranjero me habló otra vez.

—Capitán Walton —me dijo—, usted ya ve que sufrí desgracias terribles. Quería llevarlas conmigo a la tumba. Pero usted busca el conocimiento, como yo lo busqué, y no quiero que ese deseo lo destruya, como me destruyó a mí. Va a oír cosas que parecen imposibles. En otro lugar, usted se reiría de mí. Pero aquí, en estas tierras de hielo, muchas cosas imposibles parecen posibles.

Le dije que quería ayudarlo, que quizá su suerte podía cambiar.

—Gracias —dijo, y sonrió con tristeza—. Pero no sirve de nada. Mi destino ya está escrito. Solo espero una cosa más, y después voy a descansar en paz. Escuche mi historia, amigo mío, y va a entender.

Mañana empieza. Cada noche voy a escribir lo que me cuente, con sus mismas palabras, lo mejor posible. Ya oigo su voz, Margaret. Ya veo su mano flaca en el aire, y sus ojos tristes sobre mí.

Esta es su historia, Margaret. Y empieza en Ginebra.