Wikowí
Heidi

Capítulo 10

En casa

El camino de vuelta es largo y Heidi casi no ve nada de todo eso.

Después hay montañas otra vez en la ventana. Y después Heidi está de pie en Dörfli, sola, con doce panes blancos en las manos.

En Dörfli la gente para de hacer lo que hace.

—¿Esa no es la niña del Viejo de la Montaña?

—¿Y vuelve? ¿Vuelve sola?

Pero si en la ciudad tiene de todo. ¿Por qué vuelve?

Heidi no responde. Heidi sube.

En la primera vuelta del camino se para. Se saca la ropa nueva de Frankfurt. Se pone lo rojo y caliente de antes, lo mismo del primer día. Porque el abuelo tiene que ver a la Heidi de siempre.

Y sube.

Sube rápido y después más rápido. Conoce cada piedra. Conoce cada vuelta. Arriba están las dos montañas altas, las de siempre. A Heidi el corazón le va muy rápido.

Entonces, de pronto, el camino delante de sus pies se pone rojo.

Heidi se da la vuelta.

Y ahí está.

El camino está rojo. Las piedras altas están rojas. Y las manos de Heidi están rojas. Heidi se queda ahí, en el medio de todo eso, y no se mueve.

Es mejor que en Frankfurt. Es mejor que cuando duerme. Es mejor que todo.

El sol le dice adiós a la montaña. Y le deja todos sus colores.

Heidi llora un rato y no sabe por qué, porque no está triste.

Después corre.

Corre hasta que ve los tres árboles. Después ve la casa. Y delante de la casa está el abuelo. Como siempre, como todos los días de su vida, mirando para abajo.

Heidi tira los panes en la tierra. Corre y abraza al abuelo con los dos brazos.

—¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Abuelo!

Y el abuelo no dice nada.

Por primera vez en muchos años, el abuelo tiene los ojos llenos de agua. Se pasa la mano por la cara. Después sienta a Heidi en sus piernas y mira a esa niña un rato largo.

Estás aquídice.

.

—¿Ellos te sacan de esa casa?

No. Ellos son buenos, abuelo. Clara es buena. Pero yo me pongo enferma ahí. Y aquí no.

El abuelo no pregunta nada más.

Adentro, todo está como antes. La mesa. La silla. La silla chica que él hace con las manos está en su lugar. Heidi sube al heno y ahí está su cama. Heno nuevo, y la ventana pequeña, y toda la montaña adentro de la ventana.

Esa noche el viento entra en los tres árboles y hace un ruido grande y largo.

Heidi oye ese ruido desde su cama y no puede dormir de contenta.

Después piensa en los panes.

Baja y junta los panes de la tierra, uno por uno. Los doce quedan arriba de la mesa. Blancos y blandos, del día.

Abuelodice—. Mañana bajamos.