Wikowí
Heidi

Capítulo 11

Doce panes blandos

Bajan temprano, los dos. El abuelo lleva los panes y Heidi va delante y corre.

Cuando Heidi abre la puerta, adentro alguien se para de un salto.

—¡Así entra Heidi! —dice la abuela—. ¿Quién anda ahí?

Soy yo, abuela.

Heidi llega hasta la silla y le toma las dos manos. La abuela no puede hablar. Le busca la cabeza. Le toca el pelo. Le toca la cara. Y la abuela llora arriba de las manos de Heidi.

Es tu pelodice la abuela—. Y es tu voz. Eres .

Estoy aquí. Y no me voy más.

—¿Nunca más?

Nunca más. Y ahora mira.

Heidi le pone un pan blando en las manos.

La abuela toca ese pan con las dos manos, despacio. Está blando de verdad. Está blanco de verdad.

Ay, niña. ¿De dónde sacas esto?

Y entonces Heidi le pone otro. Y otro. Y otro.

La abuela va con las manos de un pan al otro. Cada vez que piensa que ya no hay más, hay uno más. Y después otro más. Doce panes arriba de sus piernas.

Pero esto es mucho. Esto no puede ser para .

Es todo para ti. Y no es solo hoy. El papá de Clara me da dinero. Con ese dinero Pedro sube un pan blando todos los días.

La abuela agarra un pan con las dos manos. Se queda así, sin comer, un rato largo.

En todos estos años yo pido una sola cosadice después—. Y no es pan.

—¿Qué pides?

Verte otra vez. Y no puedo verte. Pero aquí estás.

La mamá de Pedro está en la puerta y no dice nada. Afuera, al lado de la casa, el abuelo espera y no entra.

Entonces Heidi mira para arriba, al lugar alto al lado de la puerta.

Abuela. Yo ahora leer.

La abuela levanta la cabeza.

—¿Qué dices?

Que leer. Y leer por esto, abuela. Por este libro.

Heidi sube a una silla y baja el libro viejo. Tiene tierra de tantos años. Heidi pasa la mano por el libro y se sienta al lado de la abuela. Abre la primera hoja.

Después empieza.

Lee despacio. Lee palabra por palabra. Algunas le salen mal y empieza de nuevo. Pero lee.

Y en ese cuarto oscuro, donde hace años que nadie abre ese libro, se oye esto:

«Llega la mañana. Y todo se llena de color

La abuela no se mueve. Después llora. Llora sin hacer ruido, con las dos manos arriba de los doce panes.

La mamá de Pedro se da la vuelta, porque ella también está llorando.

Y afuera, contra la casa, el abuelo está de pie sin moverse, y oye cada palabra.

Cuando Heidi para, la abuela le busca la mano.

Otra vez, Heidi. Léeme otra vez.