Capítulo 13
La silla
Clara se queda en la montaña todo el verano.
Todas las mañanas el abuelo lleva a Clara afuera en los brazos. Deja a Clara al sol y le da leche de Cisne. El primer día a Clara no le gusta esa leche. Al otro día pide más.
Y la montaña hace lo suyo, despacio. Clara duerme toda la noche. La cara blanca ahora tiene color. Y los brazos ya no son los mismos: ahora Clara agarra cosas sola.
—Yo antes tenía frío todo el tiempo —dice Clara—. Aquí no tengo frío nunca.
Y hay otra cosa.
Copo, la cabra chica y blanca, empieza a quedarse al lado de la silla. Se queda ahí, al sol, y no se mueve. Clara le pone la mano en la cabeza y le habla bajo. Le da sal en la mano. Cuida a Copo todos los días.
Es la primera vez en su vida que Clara cuida algo.
—Heidi —dice una tarde—. Esta cabra me espera a mí.
—Sí.
—A mí.
Y Pedro mira todo eso desde arriba.
Pedro sube solo con las cabras. Todas las mañanas espera un rato en la puerta. Heidi no sale, porque Heidi está con Clara. Pedro come solo. Pedro baja solo. Y las cabras ahora no se ponen cerca de Pedro. En estos días Pedro levanta mucho el palo. Y todas las tardes, cuando llega abajo, ahí está la silla con ruedas.
Esa silla siempre está ahí.
Una mañana Pedro llega temprano y no hay nadie afuera. El abuelo está adentro. Las niñas están adentro. La silla está sola, al lado de la casa, con las dos ruedas grandes al sol.
Pedro mira para un lado. Mira para el otro.
No hay nadie.
Entonces Pedro va hasta la silla. Agarra la silla con las dos manos. Y tira esa silla para abajo, por el lado de la montaña.
La silla baja rápido. Baja más rápido. Da una vuelta, y otra vuelta, y otra.
¡CRAC!
¡CATAPLUM!
Abajo, muy abajo, la silla se rompe en muchas partes. Las partes salen para todos lados.
Pedro sube corriendo y se queda atrás de unas piedras, sin respirar, mirando.
Y entonces se ríe. Se ríe solo, arriba, con la boca abierta y sin ruido. Salta. No puede parar de reírse. Porque ahora Clara se va a ir a su casa. Y cuando Clara se va, Heidi vuelve con él.
Abajo, Heidi sale de la casa y mira al lado de la puerta. La silla no está.
—¡Abuelo! ¿Y la silla?
El abuelo sale. Mira ahí. Mira otra vez.
En ese momento el viento abre la puerta de golpe. La puerta da contra la casa.
—Es el viento, abuelo —dice Heidi—. El viento.
—Puede ser —dice el abuelo.
Pero no dice más. Va hasta el lado de la montaña y mira para abajo, mucho tiempo, sin hablar. Después mira para arriba, a las piedras altas. Ahí hay un chico con unas cabras.
Y no dice nada.
—Entonces me tengo que ir a casa —dice Clara con la voz muy bajita—. Sin silla no puedo hacer nada. Sin silla no soy nada.