Capítulo 14
Clara camina
No hay silla. Pero el abuelo sube.
Sube con Clara en los brazos, despacio, parando cada tanto. Sube hasta el lugar donde comen las cabras. Ahí deja a Clara al sol, arriba de toda la ropa vieja de la casa. Delante de Clara está toda la montaña.
—A la tarde vengo por ti —dice el abuelo.
Y baja.
Las cabras van y vienen. Copo se queda al lado de Clara y pone la cabeza cerca de su mano.
Pasan las horas.
Y entonces Heidi mira para el lado de las flores.
—Clara. ¿Puedo ir un ratito? Quiero ver si las flores ya están todas abiertas. A la tarde ya se cierran.
—Ve —dice Clara.
Pero Heidi no se va así. Primero junta unas hojas verdes y pone esas hojas en las piernas de Clara. Después trae a Copo.
—Quédate aquí con ella.
Y Copo se queda.
Clara le da una hoja. Copo come de su mano. Clara le da otra, y otra. La cabra come despacio y no tiene miedo de nada.
Clara está sola en la montaña, con una cabra que come de su mano. Y piensa una cosa nueva. Una cosa que nunca piensa:
que ella también puede cuidar a alguien.
—Yo me quiero quedar aquí para siempre, Copo —dice—. Contigo.
Heidi llega corriendo un rato después. Llega sin respirar y con la cara roja.
—¡Clara! ¡Tienes que venir! ¡Es todo amarillo, todo, y arriba hay azules! ¡A la tarde ya no está así!
—No puedo, Heidi.
—Yo te llevo.
Clara mira a Heidi de arriba abajo. Heidi es más chica que ella, y las dos saben eso.
—Tú no puedes conmigo.
Heidi no dice nada. Después levanta la cabeza y mira para arriba, a las piedras.
Ahí está Pedro.
Pedro está sentado arriba desde la mañana y no se mueve. Mira para abajo, a la niña de la silla. La silla ya no está, y ella sí, al sol, entre las cabras.
—¡Pedro! —grita Heidi—. ¡Baja!
—No quiero.
—¡Tienes que bajar! ¡Sola no puedo!
—No.
Entonces Heidi sube un poco y se para en el camino. Mira a Pedro a los ojos.
—Pedro. Si no bajas ahora mismo, yo te hago una cosa que no te va a gustar. Y es de verdad.
Arriba, en las piedras, Pedro se queda blanco.
Porque Pedro hace una cosa mala y nadie sabe nada. Heidi no sabe nada. Pero Pedro piensa otra cosa. Adentro de la cabeza de Pedro, Heidi sabe todo. Y si Heidi sabe, el abuelo va a saber. Y en este mundo hay una sola cosa que a Pedro le da miedo de verdad. El abuelo.
Pedro baja.
—Ya voy. Y tú no haces eso que dices.
—No, no —dice Heidi, y ya no está enojada—. Ven. No es nada malo.
Los dos llegan hasta Clara.
—Tú de ese lado. Yo de este. Los dos por abajo de los brazos.
Los dos suben a Clara. Eso sale bien.
Y ahí empieza lo difícil. Clara no se puede parar sola, Heidi es chica, y no hay dónde agarrarse.
—Agárrate de mí con un brazo —dice Heidi—. Y del brazo de Pedro con el otro. Pedro, el brazo así. Fuerte. Y ese brazo se queda ahí.
Pedro nunca le da el brazo a nadie. El brazo de Pedro se queda abajo, sin moverse.
—Así no, Pedro.
Pedro levanta el brazo otra vez. Ahora sí.
Clara está de pie entre los dos.
Baja un pie.
Y saca ese pie en seguida.
—Duele —dice.
—Pon el pie bien en la tierra —dice Heidi—. Bien, todo el pie. Después duele menos.
—¿Tú crees?
—Sí.
Clara baja el pie otra vez. Pone todo el pie en la tierra. Y grita, porque duele de verdad.
Y saca el pie otra vez.
Nadie dice nada.
Y entonces Clara baja el pie otra vez más. Y esta vez ese pie se queda. Y baja el otro pie, y ese pie también se queda.
Ahora los dos pies están en la tierra.
—Ya duele menos —dice Clara, muy bajo—. Heidi. Ya duele menos.
—Otra vez.
Un pie.
El otro.
Un pie.
El otro.
—¡CAMINO! ¡Heidi, mira! ¡CAMINO!
Heidi grita. Grita tan fuerte que las cabras levantan todas la cabeza al mismo tiempo. Grita el nombre de Clara. Grita a la montaña, a las piedras, al cielo. Grita también para el abuelo, que está abajo y no oye nada.
—¡Camina! ¡Clara camina! ¡Camina sola!
Y Clara camina.
Camina agarrada de los dos, despacio, un pie y el otro, hasta las flores amarillas.
Y ahí, entre lo amarillo y lo azul, Clara se sienta en la tierra caliente. Es la primera vez en su vida.
Se quedan mucho tiempo. Nadie habla.
Pedro se queda entre las flores con la cara al cielo. De tanto sol y de tanto miedo se duerme.
Y esa noche, abajo, en la casa de Pedro, hay alguien que no puede comer.