Capítulo 5
La mentira de Dete
Dete sube con ropa nueva. Ropa de ciudad, larga, que en la montaña nadie tiene.
—¡Pero qué grande está la niña! —dice—. Y qué bien está. Se ve que aquí come.
El abuelo no dice nada. Mira a Dete de arriba abajo y espera.
—Vengo por una cosa muy buena —dice Dete—. En Frankfurt hay una casa grande. Y en esa casa hay una niña rica que no puede caminar. Está en su casa todo el día y no tiene con quién hablar. Buscan a otra niña para ella. Buscan a alguien del campo. Y yo pienso en Heidi.
—Cuéntale eso a otra gente —dice el abuelo.
Dete se para de un salto.
—¿Eso es todo lo que dices? Muy bien. Entonces ahora hablo yo. La niña ya no es tan chica y no sabe nada. No va a la escuela. No sabe leer. Y tú no vas a dejarla aprender nunca. Es la hija de mi hermana y yo tengo que responder por ella. En Dörfli toda la gente está conmigo, toda. Y si esto se sabe, la gente va a hablar de cosas viejas tuyas. Cosas que a ti no te gusta oír.
El abuelo se para.
—¡Vete! —dice—. Y no quiero verte más aquí. Ni a ti, ni a esa ropa, ni a esas palabras.
Y sale de la casa. No mira a Heidi. No dice ni una palabra más.
Heidi mira la puerta abierta.
—Ahora el abuelo está enojado —dice.
—Mañana ya está bien —dice Dete—. Ven. ¿Dónde está tu ropa?
—Yo no voy.
—Ay, niña. Tú no entiendes nada, y él menos. En Frankfurt hay cosas que tú no conoces.
—Yo no voy.
Dete se pone al lado de Heidi y le habla despacio, con otra voz.
—Escucha. Tú ves cómo está el abuelo. Tú oyes lo que dice. Ahora él quiere estar solo, y tú no vas a decir nada más.
Heidi mira la montaña vacía.
—Y otra cosa —dice Dete—. Si esa casa no te gusta, vuelves.
Heidi levanta la cabeza.
—¿Puedo volver? ¿Puedo volver esta noche?
—Sí, sí. Claro que puedes.
Y eso no es verdad. Dete sabe muy bien que no es verdad. Heidi no sabe nada.
Bajan juntas por el camino de la montaña. En una vuelta del camino está Pedro, con los brazos llenos de palos largos. Pedro se para cuando ve a las dos.
—¿A dónde vas, Heidi?
—A Frankfurt. Un ratito. Pero primero entro a ver a la abuela, que me espera.
—No —dice Dete, y agarra la mano de Heidi más fuerte—. Ya es tarde. Entras otro día.
Pedro entra a su casa y tira todos los palos arriba de la mesa. La mesa hace un ruido grande. Todo el cuarto hace ruido.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —dice la abuela.
—Que se llevan a Heidi.
La abuela se para. Va hasta la ventana con las manos delante. Abre la ventana y grita al camino:
—¡Dete! ¡Deja a la niña! ¡Dete! ¡Deja a la niña con nosotros!
Heidi oye eso. Heidi quiere volver, y tira de la mano de Dete con las dos manos.
—¡La abuela me llama! ¡Tengo que ir!
Pero Dete no para. Dete camina rápido y habla rápido. Dice que ahora no hay tiempo. Dice que mañana temprano salen. Dice que después va a haber tiempo para todo.
Y entonces dice una cosa más.
—Y en Frankfurt hay pan blando. Del blanco. Le puedes traer pan blando a la abuela.
Heidi se para en el camino.
—¿Pan blando? ¿Del que ella puede comer?
—Mucho pan. Todo para la abuela.
Y entonces Heidi camina delante, sola y rápido. Dete casi no puede ir tan rápido.
Atrás, arriba, las piedras altas se ponen rojas.
Heidi no mira atrás, porque vuelve pronto.