Capítulo 7
Los gatitos
Pasan los días y Heidi no vuelve a su casa. Cada vez que pregunta, la señora Rottenmeier dice que ahora no. Clara dice que después. Y nadie dice cuándo.
Una mañana Heidi sube a una silla y mira por la ventana.
Calles. Casas. Nada más.
—Clara, ¿desde dónde se ve la montaña?
—Aquí no hay montaña, Heidi.
—Pero si subo bien alto sí se ve. Todo se ve desde arriba.
Clara no dice nada, porque hace años que Clara no sube a ningún lado.
Entonces Heidi baja de la silla, sale por la puerta y se va a la calle.
Camina. Hay una calle, y después otra calle, y después otra. Toda la gente va rápido y nadie mira a una niña. Heidi busca algo alto. Camina mucho tiempo. Encuentra una casa muy larga, y después otra calle. Y después ya no sabe dónde está.
Y entonces ve una casa mucho más alta que todas las otras.
Adentro hay un hombre viejo que cuida esa casa.
—¿Se ve la montaña desde arriba? —pregunta Heidi.
El hombre mira a Heidi. Después abre una puerta.
—Ven.
Suben mucho. Suben tanto que a Heidi le duele todo. Arriba de todo hay una ventana chica. Heidi se para en la punta de los pies y mira.
Y abajo hay casas. Y detrás de las casas hay casas. Y detrás de esas casas hay más casas. Todas del mismo color, hasta donde se puede ver.
No hay montaña. En ningún lado.
Heidi no dice nada por un rato largo.
Cuando bajan, en un lugar oscuro al lado de la puerta, algo se mueve. Es una gata con sus gatitos, todos juntos, uno arriba del otro.
—¡Ay! —dice Heidi—. ¡Ay, qué bonitos!
—Llévate dos —dice el hombre—. Aquí hay muchos.
Heidi vuelve cuando ya es de noche, con los dos gatitos adentro de la ropa.
En el cuarto donde comen ya están las dos. La señora Rottenmeier tiene la cara muy seria.
—Niña. Tú sales de esta casa sola, sin decirle nada a nadie, y vuelves a esta hora. En toda mi vida...
—¡MIAU!
La señora Rottenmeier para de hablar.
—¿Tú me respondes así?
—Yo no...
—¡MIAU! ¡MIAU!
—¡Fuera! ¡Sal de este cuarto!
—Heidi —dice Clara—, ¿por qué haces miau?
—Yo no hago miau —dice Heidi—. Son los gatitos.
—¿Los QUÉ?
Y entonces salen los dos gatitos.
La señora Rottenmeier se va del cuarto muy rápido y cierra la puerta. En este mundo hay una sola cosa que le da miedo, y son los gatos.
Y Clara se ríe.
Se ríe fuerte, con los gatitos en las piernas y las dos manos en la boca. No puede parar. Y Heidi se ríe también. Hace años que Clara no se ríe así. Después las dos hacen una cama para los gatitos. La señora Rottenmeier no entra nunca ahí.
Esa noche comen tarde y comen solas.
En la mesa, al lado de Heidi, hay un pan. Un pan chico, blanco y blando. Del que la abuela puede comer.
Heidi mira ese pan mucho tiempo.
—¿Este pan es mío?
—Es tuyo —dice Clara.
Y el pan blando no llega a la boca de Heidi. Heidi pone ese pan adentro de su ropa. Después lleva el pan al cuarto, a un lugar oscuro donde nadie mira.
—Quédate, Heidi —dice Clara esa noche—. Yo estoy mucho mejor contigo.
—¿Y cuándo vuelvo a mi casa?
Clara no responde.