Capítulo 8
Las palabras y el pan
Todas las mañanas Clara abre el libro para Heidi. Le dice cómo se llama cada cosa negra que hay en la hoja, una por una. Y Heidi mira, y Heidi piensa en otra cosa.
—Esta es una A.
—Parece una cabra.
—No es una cabra, Heidi. Es una A.
—Pero es una cabra. Mírale la cabeza.
Pasan las semanas y Heidi no aprende nada.
Un día Clara deja el libro en las piernas y mira a Heidi a los ojos.
—¿Por qué no quieres aprender?
—Porque leer no es para mí.
—Sí es para ti —dice Clara—. Mira. Yo no puedo caminar. No puedo subir a ningún lado. No puedo salir a la calle sola, como tú. Pero abro este libro y estoy en otro lugar. Todos los días. Eso es leer.
Heidi no dice nada.
Porque de pronto ve una casa chica y oscura abajo de una montaña. Y adentro de esa casa hay una mujer que no ve nada. Está sola todo el día. Y arriba, en un lugar alto, hay un libro viejo con cosas bonitas adentro. Nadie en esa casa abre ese libro. Nadie.
—Clara —dice Heidi—. ¿Yo puedo aprender rápido?
Y en menos de una semana Heidi lee.
Lee despacio, palabra por palabra, pero lee. Lee toda una hoja sin parar. Clara no entiende cómo pasa eso, y la señora Rottenmeier menos. Heidi sí entiende muy bien. Pero Heidi no dice nada.
Y ahora los días son mejores. Heidi lee para Clara todas las tardes. Y en el cuarto de Heidi, en un lugar oscuro, cada día hay dos panes más.
Una tarde la señora Rottenmeier entra a ese cuarto.
Cuando Heidi llega, la señora Rottenmeier está en el medio del cuarto. Tiene los panes de Heidi en las manos. Algunos panes ya están viejos. Todos están ahí.
—¿Esto es tuyo?
—Sí —dice Heidi—. Son para la abuela.
—Esto no se hace. En esta casa no se puede tener comida vieja adentro de la ropa. Esto se tira. Todo.
Y todo se tira.
Heidi grita. Heidi grita como nunca en toda su vida. Se agarra de la ropa de la señora Rottenmeier con las dos manos. Grita que ese pan es de la abuela. Grita que la abuela no tiene dientes. Grita que la abuela come pan viejo todos los días de su vida. Grita que ese pan blando es lo que la abuela nunca va a tener.
Pero eso no cambia nada. El pan se va y no vuelve.
Esa noche Clara llama a Heidi a su cuarto.
—Escúchame —dice Clara—. Mírame, Heidi. Escúchame bien. Tú vuelves a tu casa, y yo te doy pan blando para la abuela. Mucho pan blando, todo para ella. Pan del día, no pan viejo.
Heidi mira a Clara y todavía llora.
—¿Todos?
—Todos los que tenías. Y más.
Es la primera vez en su vida que Clara le da algo a alguien. Y durante mucho tiempo eso es todo lo que Heidi tiene.
Porque después de esa noche Heidi se pone blanca.
Come poco. Después come menos. Después casi no come. Habla poco. Y no pregunta más cuándo vuelve a su casa, porque ya sabe que nadie responde.
Y todas las noches pasa lo mismo.
Cuando Heidi duerme, Heidi está en la montaña. Está el viento en los tres árboles. Está Copo. Está el sol rojo arriba de las piedras altas.
Y cuando Heidi abre los ojos, Heidi está en Frankfurt.
Una mañana, muy temprano, la puerta grande de la calle está abierta.
Nadie sabe quién abre esa puerta.