Capítulo 1
Un visitante sin educación
La hoja de papel estaba sobre la mesa de la sala. Nancy Drew le había hecho una raya por el medio, con la pluma y el lado de un libro. Arriba, de un lado, escribió SÉ. Del otro lado escribió PIENSO.
Debajo no había nada. Ni de un lado ni del otro.
Era la hoja que usaba cuando tenía un caso. No tenía ninguno.
En la casa no había nadie más. Su padre estaba fuera de la ciudad por un caso suyo. Hannah Gruen, que llevaba la casa desde que Nancy era chica, tenía el día libre. Eran las cuatro de la tarde en el reloj viejo del señor Crowley, sobre la chimenea. Ese reloj era suyo: se lo había ganado el verano pasado y no había querido nada más.
Nancy tomó el libro otra vez y leyó media página. Después lo dejó en la silla.
—No me pasa nada —le dijo a la sala vacía—. Solo quiero que pase algo.
Y en ese momento sonó el timbre.
Sonó fuerte una vez y enseguida otra, sin esperar. Nancy abrió.
El hombre que estaba en el porche era alto y muy flaco. La ropa le quedaba grande y estaba sucia. Pero lo que no le gustó no fue la ropa. Fueron los ojos: chicos, duros, y siempre en la cara de ella.
No le dio tiempo a decir nada. El hombre no esperó. Entró.
—Soy Nathan Gombet, de Cliffwood —dijo—. Quiero ver a Carson Drew.
—Mi padre no está —dijo Nancy.
—¿Dónde está?
A Nancy no le gustó la manera de preguntar, pero contestó tranquila.
—Fuera de la ciudad, por trabajo.
—Tengo que verlo.
—Va a volver tarde esta noche. Si quiere venir mañana...
—Mañana no me sirve. Lo quiero ver ahora.
—Le acabo de decir que mi padre no está en la ciudad —dijo Nancy, y esta vez lo dijo más seco—. Si quiere dejarle un mensaje, se lo doy cuando llegue.
—No quiero dejar ningún mensaje. Vine por unos papeles. ¿Su padre me los dejó?
—No sé de qué papeles habla.
—¿No? Él sí sabe. Pregúntele por los derechos de Nathan Gombet sobre el terreno del río. Pregúntele por el negocio que me hicieron él y sus amigos.
—Mi padre no le quitó nada a nadie en su vida —dijo Nancy.
—Yo tengo un terreno abajo, junto al río. Su padre me hizo vender un pedazo por nada. Ese terreno vale muchas veces más de lo que me pagaron. Quiero que me den ese papel o quiero mi dinero, y Carson Drew me lo va a dar.
—Usted no sabe lo que dice. —Ahora la voz de Nancy estaba fría—. Mi padre nunca le sacó un centavo a nadie.
—Claro. Y trabaja de abogado para pasar el rato.
—Mi padre no se gana la vida quedándose con lo que no es suyo. Si a usted le deben algo, se lo van a pagar cuando él vuelva.
—Cuando vuelva. Sí, claro. A lo mejor está escondido en esta casa ahora mismo.
—¿Cómo se atreve? Estoy sola en la casa.
Lo dijo, y enseguida supo que no tenía que haberlo dicho.
—Sola. —Nathan Gombet miró el pasillo—. Bueno. A lo mejor su padre no está. Pero los papeles sí. Me sacó diez mil dólares.
—No es verdad y usted lo sabe. Ya lo escuché bastante. Váyase.
—No me muevo de aquí sin mis papeles.
—Entonces lo saco yo.
—Sáqueme usted, si puede —dijo Gombet, y sonrió de costado—. Usted sabe de esos papeles más de lo que dice.
A Nancy se le acabó la paciencia.
—Salga de mi casa.
El hombre cerró un poco los ojos y algo le cambió la cara.
—Tráigame esos papeles.
Su padre guardaba papeles en ese escritorio. Ninguno iba a salir de ahí en las manos de este hombre.
—No le voy a dar nada. Salga.
—Bueno. Si usted no me los da, los busco yo.
Dio cuatro pasos largos. Abrió un cajón y empezó a sacar papeles con las dos manos.
—¡Deje eso! —Nancy le agarró el brazo y tiró—. ¡Salga de aquí o llamo a la policía!
El hombre se soltó y giró hacia ella. Tenía la cara cambiada y Nancy vio que estaba desesperado.
Sin pensarlo, levantó las dos manos delante de la cara.
Gombet no la golpeó.
Se quedó parado donde estaba, mirándola, sin esconder nada de lo que sentía. Y Nancy entendió que tenía que hacer algo rápido, porque no había nadie cerca y los dos lo sabían.
Miró el teléfono.
Fue un segundo. Gombet lo vio.
—¿La policía? —dijo—. No, señorita. Usted no va a llamar a nadie.
Se tiró hacia ella. Nancy fue más rápida: se movió de lado, puso la mesa entre los dos y levantó el teléfono.
Y ahí pasó algo raro.
La cara de Nathan Gombet cambió otra vez. Ya no estaba furioso. Estaba asustado. Un hombre grande, en el medio de la sala, con miedo de un teléfono.
—No llame —dijo, y le salió una voz casi de chico—. Me voy.
Nancy no soltó el teléfono.
—Váyase, entonces. Le doy veinte segundos. Si lo veo cerca de esta casa, llamo igual.
Gombet fue hasta la puerta. Antes de salir se dio la vuelta y miró el escritorio una última vez.
—Voy a tener lo mío —dijo—. Dígale a su padre que esto no se termina aquí.
Cerró de un golpe. Nancy lo miró por la ventana hasta que no lo vio más.
Después se quedó un rato con la mano en el teléfono. Casi llamó. Pensó en su padre, y en el pueblo, y en la gente que habla, y no llamó.
«Un hombre así habla en la calle», pensó. «Y siempre hay alguien que le cree.»
La sala estaba igual que antes. El reloj del señor Crowley decía las cuatro y diez. En la mesa seguía la hoja con la raya por el medio, SÉ de un lado, PIENSO del otro, y nada debajo.
Nancy se sentó, levantó la pluma y escribió lo primero del lado de SÉ.
«Un hombre entró a mi casa a buscar un papel que mi padre no tiene.»
Después miró el otro lado, el lado de PIENSO. Ahí también tenía algo para escribir.
No lo escribió. Escrito iba a dar más miedo.