Capítulo 1
La posada del Almirante Benbow
Me llamo Jim Hawkins. Mi padre tiene una posada al lado del mar y yo vivo en ella. La posada se llama el Almirante Benbow.
Arriba hay cinco camas y casi nunca duerme nadie en ellas. Por eso salgo a mirar cuando veo a un hombre en el camino. Detrás de él viene una caja grande.
Todo empieza ese día.
El hombre es alto y fuerte. Tiene las manos rotas y las uñas negras. Y tiene una marca larga y blanca en la cara, desde un ojo hasta la boca.
Se para delante de la puerta. Mira el agua y las piedras altas. Mira nuestro nombre encima de la puerta. Y entonces canta:
«Quince hombres sobre la caja del muerto —
¡yo-ho-ho! Y una botella de ron.»
Canta con una voz vieja y rota, una voz que ya no puede más. Después da golpes en la puerta y pide ron.
Mi padre le trae el ron. El hombre bebe despacio, mirando el mar.
—¿Viene mucha gente aquí? —dice.
—Poca —dice mi padre—. Muy poca.
—Entonces me quedo. Ron y pan, eso quiero. Y esa montaña de ahí arriba, para mirar el mar. ¿Y cómo me van a llamar? Capitán. Me van a llamar capitán.
Y tira dinero al suelo, delante de la puerta.
—Eso es para ustedes. Cuando no hay más, hablamos.
El dinero se queda en el suelo mucho rato. Nadie toca ese dinero. Así entra en nuestra casa el capitán, y detrás su caja negra.
Durante mucho tiempo pienso que «la caja del muerto» es esa caja negra de arriba.
El capitán casi no habla. Todo el día está fuera, en las piedras altas, mirando el mar. De noche se sienta al lado del fuego y bebe ron con agua. Si alguien le habla, levanta los ojos de golpe y hace un ruido con la nariz. Aprendemos a no hablarle.
Hay noches en que bebe mucho ron. Entonces canta solo y no mira a nadie, y esas noches no son las malas.
Las malas son las noches en que quiere gente con él. Da un golpe en la mesa con la mano abierta. En la posada ya no habla nadie y todos miran el suelo. Cuenta cosas del mar y de hombres malos. Nadie puede irse hasta que él quiere. Después canta, y todos tienen que cantar con él:
«¡yo-ho-ho! Y una botella de ron.»
Todos cantan fuerte. Cada uno canta más que el otro, porque el capitán mira a los que cantan bajo.
Un día el capitán me llama y habla conmigo a solas.
—Jim —dice—. Tú mira el camino todos los días. Si ves a un hombre de mar con una pierna, vienes corriendo y me hablas.
Y me da dinero por eso, todos los meses.
Pero yo duermo mal. No conozco a ese hombre y ya le tengo miedo. De noche cierro los ojos y ahí está. A veces tiene media pierna. A veces tiene una sola pierna, en medio del cuerpo. Y siempre corre detrás de mí, y salta, y yo no puedo correr más rápido.
Tengo miedo porque ese hombre viene. No sé cuándo. Pero viene.
Una noche llega el doctor Livesey, porque mi padre está enfermo. El doctor se sienta cerca del fuego y habla con la gente, claro y despacio.
Entonces el capitán empieza:
«Quince hombres sobre la caja del muerto —
¡yo-ho-ho! Y una botella de ron.»
Y da el golpe en la mesa. Nadie dice nada. Nadie menos el doctor Livesey, que sigue hablando.
El capitán mira al doctor. Da otro golpe, más fuerte.
—¡Silencio ahí! —grita.
—¿Me habla a mí, señor? —dice el doctor.
—Sí.
—Entonces le digo una cosa. Si usted sigue con el ron, pronto el mundo va a tener un hombre malo menos.
El capitán se pone de pie. Saca un cuchillo grande y abre el cuchillo con una mano. Ahora el cuchillo está abierto, delante de todos.
—Este cuchillo es para usted —dice.
El doctor no se mueve. Ni un poco. Habla como antes, sin gritar, y toda la posada escucha.
—Usted cierra ese cuchillo ahora mismo. Yo no soy solo doctor. Cuando yo hablo, vienen hombres y se llevan a la gente. Y usted va a morir por esto, y no en el mar.
Los dos se miran mucho rato.
El capitán cierra el cuchillo. Se sienta. Y no dice ni una palabra más en toda la noche.
El doctor se va. Yo subo a mi cuarto y miro por la ventana.
Abajo, en el camino, hay alguien de pie. Es el capitán. No se mueve. Mira hacia donde el camino se pierde entre las piedras.
Él también mira el camino. Él también espera al hombre de una sola pierna.