Capítulo 1
Muchos años
Esta es la última historia de Robin Hood.
Si ya caminaste con él por el bosque de Sherwood, si te reíste con sus hombres de verde y oíste su cuerno entre los árboles, tal vez prefieras cerrar el libro aquí. Porque esta no es una historia feliz. Cuenta cómo se acaban las cosas buenas, y cómo los días felices, cuando se van, ya no vuelven.
Pero si te quedas, te voy a contar cómo murió Robin Hood. No murió en la corte del rey, vestido como un gran señor. Murió como había vivido: con el arco en la mano, con el corazón en el bosque, y siendo lo que siempre había sido. Un hombre libre.
Escucha.
Un barco llegaba a la costa de Inglaterra. Era primavera. En las montañas que bajaban hasta el mar, los árboles ya tenían hojas nuevas, de un verde muy claro, y los pájaros cantaban tan fuerte que se oían desde el barco.
En el barco, un hombre miraba la costa verde y no decía nada.
Era Robin Hood.
Detrás de él estaban Alan a Dale, que durante muchos años había cantado para él, y Elena, la mujer de Alan. Los dos lo miraban, pero no le hablaban. Sabían que, cuando Robin se quedaba tan callado, era mejor dejarlo solo con lo que pensaba.
¡Cuántos años habían pasado!
Muchos años antes, en el camino de Nottingham, Robin les había dado la mano a todos sus hombres de verde, uno por uno. Y les había prometido una cosa: iba a volver a Sherwood muchas veces, a verlos. Después se había ido a Londres, con el buen rey Ricardo.
Pero la vida no siempre deja cumplir lo que uno promete.
Juan el Pequeño, el más grande de sus hombres, se quedó en Londres uno o dos años. Después volvió a su tierra, y allí vivía en paz, en una casa desde donde se veían los árboles de Sherwood. Los otros hombres de verde se habían quedado en el bosque, como guardabosques del rey: ahora cuidaban los mismos ciervos que antes se comían. Y Will Escarlata, después de un tiempo, también volvió al bosque y se hizo guardabosques como ellos.
Robin no volvió.
Robin era el mejor arquero de Inglaterra, y en Londres todos lo sabían. El rey Ricardo lo quería mucho, y muy pronto lo hizo jefe de todos sus arqueros. Y un rey que va a la guerra se lleva a sus arqueros. Así que Robin siguió al rey al otro lado del mar, de guerra en guerra, de año en año, y nunca tuvo tiempo de volver a Sherwood. Ni un día.
Hasta que llegó la noticia. El rey Ricardo había muerto en la guerra, lejos de su tierra.
Ahora el rey de Inglaterra era su hermano, el rey Juan sin Tierra. Y Robin, al otro lado del mar, ya no tenía nada que hacer.
En la costa, un pájaro cantó muy cerca del barco.
Robin cerró los ojos. Conocía ese canto. Así cantaban los pájaros en Sherwood, en la primavera, cuando él caminaba por el bosque con el corazón contento, sin tener miedo de nada.
«Sherwood», pensó. Y solo con pensar en ese nombre, sintió algo en el pecho, algo que dolía y que al mismo tiempo era dulce. Quería ver su bosque. No mañana, no algún día. Ahora.
Unos días después, en Londres, Robin fue a ver al nuevo rey.
El nuevo rey lo recibió en una habitación grande y fría de la corte. Lo miró un buen rato antes de hablar.
—Así que quieres ir a Nottingham —dijo por fin.
—Solo por poco tiempo, señor —dijo Robin—. Hace muchos años que no veo mi tierra.
El rey pensó un momento. Después habló sin mirarlo.
—Ve, y vuelve —dijo—. Pero escúchame bien: en Sherwood, no más de tres días.
Robin bajó la cabeza.
Esa misma tarde, en la casa de Robin, Alan lo encontró con la ropa de viaje ya puesta.
—¿Tan pronto, Robin? —le preguntó.
—Ya perdí muchos años, Alan. No quiero perder ni un día más.
Y a la mañana siguiente, cuando Londres todavía dormía, Robin Hood y Alan a Dale subieron a sus caballos y salieron por el camino de Nottingham, hacia el bosque de Sherwood.
«Tres días», pensaba Robin, mientras la ciudad se quedaba atrás. «Tres días, después de tantos años.»