Capítulo 1
El niño de mármol
En el fondo del mar, muy lejos de todas las playas, había un niño de mármol blanco.
No era un niño de verdad. Era una estatua: una piedra blanca con cara de niño. Alguien la había hecho con mucho cuidado, en algún lugar de la tierra. Después la subieron a un barco. Una noche el barco se hundió. La estatua bajó despacio por el agua azul, cada vez más abajo, hasta la arena. Y allí se quedó, con los ojos abiertos, mirando hacia arriba. Hasta que una sirenita la encontró.
El mar era muy azul en aquel lugar, y muy claro. Pero también era profundo. Era tan profundo que cien iglesias, una encima de otra, no llegaban hasta arriba. Allí abajo vivía el rey del mar con su familia.
En el fondo crecían plantas muy raras, que se movían con el agua. Los peces pasaban entre ellas, igual que los pájaros entre los árboles. En el lugar más profundo de todos estaba el castillo del rey. Tenía paredes de coral, y en el techo había perlas.
El rey no tenía esposa desde hacía muchos años. Su madre cuidaba la casa. Era una sirena vieja y sabía muchas cosas. Nunca olvidaba que era la madre de un rey. Por eso llevaba doce ostras agarradas a la cola, y así todos veían que era importante. Las otras sirenas importantes solo podían llevar seis. Pero la abuela tenía también un corazón grande, y quería muchísimo a las seis hijas del rey, las princesas del mar.
Las seis eran bonitas, pero la más pequeña era la más bonita de todas. Tenía la piel clara, como de rosa. Tenía los ojos azules como el mar más profundo. Pero, como sus hermanas, no tenía pies. Su cuerpo terminaba en una cola de pez.
Las princesas jugaban todo el día dentro del castillo. Por las ventanas abiertas entraban los peces, que nadaban hasta ellas y comían de sus manos.
Delante del castillo había un jardín grande. Tenía flores rojas y azules, y frutas que brillaban como el oro. Cada princesa tenía allí su pequeño jardín. Allí podía poner las flores que quería. Una le dio al suyo la forma de una ballena. Otra le dio la forma de una sirena. Pero el de la más pequeña tenía forma de sol. Y todas sus flores eran rojas, rojas como el sol de la tarde.
Era una niña rara. Casi no hablaba, y pensaba mucho. Sus hermanas encontraban cosas bonitas en los barcos hundidos, y se ponían muy contentas. A ella solo le importaban dos cosas: sus flores rojas y el niño de mármol.
Lo había encontrado en la arena, y ahora estaba en su jardín. A su lado creció un árbol de color rosa. Creció muy rápido. Pronto sus hojas bajaban hasta la cabeza del niño. Día y noche, se movían con el agua sobre su cara blanca.
Nada le gustaba tanto como oír hablar del mundo de arriba. La abuela tenía que contarle todo lo que sabía. ¿Cómo eran los barcos? ¿Y las ciudades? ¿Y las personas, y los animales? Lo que más le gustaba a la sirenita era algo muy simple. Arriba, las flores tenían perfume. Abajo, no. Arriba, los bosques eran verdes. Y entre los árboles vivían unos peces que cantaban.
Eran pájaros, claro. Pero la abuela los llamaba peces. Si los llamaba pájaros, la niña no la entendía, porque nunca había visto un pájaro.
—Cuando cumplas quince años —le decía la abuela—, vas a poder subir. Vas a sentarte en las rocas, a la luz de la luna. Vas a ver pasar los barcos grandes. Y vas a ver los bosques y las ciudades.
Entre una hermana y la siguiente había un año de diferencia. A la mayor le faltaba un año para cumplir quince. La más pequeña tenía que esperar cinco años más que ella. Todas estaban de acuerdo en una cosa: la primera en subir tenía que volver y contarlo todo. ¿Qué había visto? ¿Qué era lo más bonito de arriba? La abuela no les contaba bastante. Querían saber mucho más.
Ninguna tenía tantas ganas de subir como la más pequeña. Y era ella la que más tenía que esperar.
Muchas noches se quedaba en la ventana abierta y miraba hacia arriba. Veía la luna y las estrellas a través del agua oscura. Desde el fondo del mar brillaban poco, pero parecían más grandes. A veces pasaba por encima una cosa negra, como una nube. Entonces ella ya sabía qué podía ser: una ballena, o un barco lleno de personas. Y aquellas personas no sabían nada. No sabían que, muy abajo, una sirenita levantaba sus manos blancas hacia ellas.
Por fin, la hermana mayor cumplió quince años y subió.
Cuando volvió, tenía cien cosas que contar. Pero lo más bonito, dijo, era la noche. Ella había estado en la arena, a la luz de la luna, cerca de la tierra. El mar estaba tranquilo. Desde allí se veía una ciudad grande. Sus luces eran como cientos de estrellas. Se oía música, y el ruido de las calles, y las voces de las personas.
—Y las campanas —dijo—. Tienes que oír las campanas. Suenan en lo alto de las iglesias, y se oyen desde el mar.
La hermana mayor no podía acercarse a ninguna de aquellas cosas. Por eso tenía todavía más ganas de verlas de cerca.
¡Cómo escuchaba la más pequeña! Esa noche, en la ventana, pensó en la ciudad, en la música y en las voces. Y le pareció oír las campanas, allí abajo, en el fondo del mar.
A ella le faltaban cinco años. Empezó a contarlos esa misma noche.