Wikowí

Capítulo 1

El carnicero de Locksley

Hacía casi un año que Robin Hood no salía del bosque de Sherwood.

Tres veces el Sheriff de Nottingham había querido agarrarlo, y tres veces Robin se le había escapado. Desde entonces, los hombres de verde no se acercaban nunca a Nottingham. Se quedaban en el bosque, donde nadie era su señor.

Allí pasaban los días muy contentos. Todas las mañanas, Juan el Pequeño hacía con hojas y flores una guirnalda y la ponía en un árbol, al final del camino. Después, los hombres tomaban el arco y tiraban sus flechas a la guirnalda, uno por uno.

—¡Dentro! —gritaban los otros cuando la flecha entraba.

Pero si la flecha no entraba, el hombre recibía un golpe en la cabeza. Y si el golpe venía de Juan el Pequeño, el hombre más grande de Sherwood, el pobre terminaba en el suelo. Y todos se reían.

Robin también se reía. Pero una mañana, Robin ya no tenía ganas de reír. Estaba cansado de esperar.

«Un año sin ver la cara del Sheriff», pensó. «Es demasiado tiempo.»

Robin tenía una idea desde hacía mucho. Cuando sus hombres encontraban en el camino a un señor rico, lo llevaban al bosque y le daban una comida muy buena. Y después de la comida, el señor rico pagaba. Siempre pagaba.

«Un día», pensó Robin, «el Sheriff también va a comer aquí.»

Tomó su palo, un palo largo y fuerte, y salió a caminar solo.

Caminó hasta el final del bosque, donde empezaba el camino grande. Hacía sol, y los pájaros cantaban. Y por el camino venía un carro nuevo, con un caballo muy bonito. En el carro iba un carnicero joven, y detrás de él, el carro estaba lleno de carne. El carnicero cantaba, porque el día era bonito y porque estaba muy contento.

—Buenos días, amigo —dijo Robin—. Estás muy feliz esta mañana.

—¿Y por qué no? —dijo el carnicero—. Soy joven y fuerte. Tengo la chica más bonita de todo Nottingham. ¡Y el jueves me caso con ella, en Locksley!

—¿En Locksley? —Robin se quedó sin moverse un momento—. Yo nací en Locksley. Allí conozco cada camino y cada árbol, y hasta los peces del río.

Hacía muchos años que Robin no veía Locksley.

—¿Y qué haces con tanta carne? —preguntó.

—La llevo al mercado de Nottingham, para venderla. ¿Pero quién eres tú, que también eres de Locksley?

—Me llaman Robin Hood.

La cara del carnicero se puso blanca.

—¡Robin Hood! Conozco tu nombre. Todo el mundo canta canciones sobre ti. —Tomó su carne con las dos manos—. Pero yo soy un hombre honrado, y nunca le hice mal a nadie. ¡Por favor, no me quites nada!

—¿Quitarte algo? ¿A ti? —Robin se rió—. Ni una moneda. Me gusta tu cara, me gusta Locksley, y me gusta todavía más un hombre que se casa el jueves. Pero dime una cosa. ¿Por cuánto me vendes el carro, el caballo y toda la carne?

El carnicero lo pensó.

—Todo junto vale cuatro monedas de oro. Si vendo toda la carne.

Robin sacó su bolsa.

—Aquí tengo seis monedas de oro. Hoy quiero ser carnicero y vender carne en Nottingham. ¿Me das todo por seis?

El carnicero saltó del carro y tomó la bolsa.

—¡Seis monedas de oro! ¡Gracias, hombre honrado, muchas gracias!

—¿Honrado? —Robin se rió otra vez—. Mucha gente me quiere, amigo. Pero muy pocos me llaman honrado. Ahora vete con tu chica, y dale un beso de parte de Robin Hood.

El carnicero se fue corriendo por el camino, feliz. Y Robin se puso la ropa blanca del carnicero, subió al carro y fue a Nottingham.

En el mercado de Nottingham había muchas mesas de carniceros, una al lado de otra. Robin puso su carne en la mejor mesa. Después tomó dos cuchillos grandes, hizo mucho ruido con ellos, y empezó a cantar:

«¡Vengan, señoras, vengan ya,

que aquí la carne buena está!

Por una moneda, y nada más,

tres veces más carne van a llevar.»

La gente miró al carnicero nuevo, y se acercó.

—¡Vengan, vengan! —gritó Robin—. Tengo cuatro precios. Si un hombre gordo y rico de la iglesia quiere mi carne, le cuesta seis monedas, porque no me gusta venderle a él. Si un señor importante quiere mi carne, le cuesta tres. A las señoras, les cuesta una. ¡Y a la chica bonita que quiere un carnicero guapo, solo le cuesta un beso!

Toda la gente se reía. Nunca habían visto a nadie vender así en todo Nottingham. Pero era verdad. Robin daba por una moneda la carne que en otras mesas costaba tres. Y cuando llegaba una mujer pobre, sola y sin dinero, Robin le daba carne y no le pedía nada. Muchas chicas le dieron un beso, riéndose, y se fueron con mucha carne.

Pronto, nadie compraba en las otras mesas. Y los otros carniceros empezaron a hablar entre ellos.

—Ese chico es un ladrón —dijo uno—. Robó el carro y la carne.

—No —dijo otro—. ¿Cuándo viste a un ladrón que vende tan barato y está tan contento? Es un chico rico y loco. Vendió la tierra de su padre, y ahora quiere vivir feliz mientras tiene dinero.

Cuando Robin vendió toda su carne, el jefe de los carniceros se acercó a su mesa.

—Hermano —le dijo—, todos aquí somos carniceros. Hoy el Sheriff invita a comer a todos los carniceros de Nottingham, en la casa grande de la ciudad. Hay comida buena y mucho para beber. ¿Vienes con nosotros?

Robin puso los cuchillos en la mesa.

—¿Comer con el Sheriff? —Robin sonrió—. Con mucho gusto.