Wikowí
← Las aventuras de Tom Sawyer

Capítulo 1

La cerca blanca

—¡Tom!

Nadie responde.

—¡TOM!

Nadie responde.

—¿Dónde está ese niño? ¡Tooom!

La tía Polly se baja los lentes y mira por encima. Después se los sube y mira por debajo. Son sus lentes buenos, los de la iglesia: están hechos para verse bien, no para ver.

Mira debajo de la cama. Debajo de la cama solo hay un gato.

—En el mundo no hay otro niño así.

Sale a la puerta y grita hacia las flores de atrás:

—¡Tooooom!

Detrás de ella suena algo. La tía Polly se da la vuelta. Agarra a un niño de la ropa.

—El cuarto de la comida. Claro. Mírate la boca. ¿Qué es eso?

—No sé, tía.

—Yo sí sé. Es dulce. Levanta la mano.

La mano de la tía Polly se levanta en el aire.

—¡Tía! ¡Detrás de usted!

La tía Polly se da la vuelta rápido. Tom salta la cerca alta de atrás y pasa al otro lado.

La tía Polly se queda con la mano en el aire. Después se ríe sola.

—Otra vez caí. Es el hijo de mi pobre hermana muerta y no tengo corazón para pegarle. Cuando le pego, me siento peor que él. Pero mañana es sábado. Todos los niños del pueblo van a jugar y Tom va a trabajar. Ese es su castigo.

Esa tarde Tom no va a la escuela. Llega a tiempo para ayudar a Jim con el trabajo de la noche. Jim hace casi todo. Jim es el niño que trabaja en casa de la tía Polly. Jim no es libre. En San Petersburgo, en esos años, hay personas que son de otras personas.

Sid es el hermano menor de Tom. Sid nunca tiene problemas. Sid habla poco y mira mucho.

Durante la comida, la tía Polly hace preguntas con cara de nada.

—Ese cuello de la ropa lo cosí yo esta mañana. Abre.

Tom abre la ropa sin ningún miedo. El cuello está bien cosido.

—Bueno. Esta vez te creo.

Pero Sid levanta la cabeza.

—Yo creí que lo cosiste con hilo blanco. Ese hilo es negro.

—¡Con blanco lo cosí! ¡TOM!

Tom ya va por la puerta.

—Siddy, esto me lo vas a pagar.

Afuera, Tom mira sus dos hilos: uno blanco y uno negro. Uno para volver a coser el cuello después de bajar al río. Y el otro para los días que ella cose con hilo negro.

Esa noche vuelve tarde. Pelea con un niño nuevo del pueblo. Pelea bien. Pero entra por la ventana con la ropa rota y sucia. La tía Polly está ahí, esperando. Le mira la ropa y no dice ni una palabra. El sábado de Tom ya está decidido.

Es sábado por la mañana y el mundo está verde y nuevo. Sobre el pueblo, la colina de Cardiff se ve lejos y verde. En la colina hay árboles y no hay ninguna cerca.

Tom sale con un balde de pintura blanca y mira la cerca. Nueve tablas de alto. Treinta metros de largo. Ahí está el castigo, todo por pintar.

Pinta una línea en la tabla de arriba. Pinta otra. Después mira los treinta metros de tablas sin pintar. Se sienta en el suelo.

«Treinta metros. Y yo solo.»

Jim sale por la puerta con su balde, cantando.

—Oye, Jim. Yo traigo el agua y tú pintas un rato.

—No puedo, Tom. La señora me dijo que el agua es cosa mía y la cerca es cosa tuya. Dijo que me lo ibas a pedir.

—Ella siempre habla así. Dame el balde.

—No puedo.

—Te doy una canica. Una canica blanca, de las buenas. Y además te enseño el dedo del pie. Lo tengo muy mal.

Nadie en el mundo puede decir que no a eso. Jim deja el balde y toma la canica. Se sienta a mirar el dedo. Un minuto después Jim va calle abajo con su balde. Tom pinta muy rápido y la tía Polly se va muy contenta.

El único que recibe un golpe es Jim.

Pero Tom pinta poco tiempo. Pronto van a pasar por la calle todos los niños libres. Con todo lo que tiene puede comprar media hora de trabajo. No puede comprar ni un minuto libre.

En ese momento oscuro, a Tom le llega una idea muy grande.

Toma la pintura y se pone a trabajar muy despacio.

Ben Rogers aparece en la calle. Viene comiendo una fruta y haciendo ruido de barco de río. Es el niño que más se ríe de los otros. Y es el que Tom menos quiere ver ahora.

—¡Tilín, tilín! ¡Alto! —grita Ben, y se para delante de la cerca—. ¡Hola! Te hacen trabajar, ¿no?

Tom no dice nada y sigue pintando.

—Yo me voy al río. ¿No quieres venir? Claro que no. A ti te gusta más trabajar, ¿verdad?

—¿A qué le llamas tú trabajar?

—¿Y eso no es trabajar?

—A lo mejor sí y a lo mejor no. Yo solo sé que a Tom Sawyer le gusta.

—¡Ay, no me digas que te gusta!

—¿Y por qué no? ¿Cuántas veces en la vida le dan a un niño una cerca así para pintar?

Eso cambia las cosas. Ben deja de comer. Tom pinta despacio. Pone un poco más aquí y otro poco al lado. Ben lo mira todo. Cada vez que mira, quiere más.

—Oye, Tom. Déjame pintar un poco a mí.

—No, Ben. No puede ser. La tía Polly no deja a nadie tocar esta cerca. De cada mil niños hay uno que sabe pintarla bien.

—¿De verdad? Déjame un poco. Yo a ti te dejo.

—Es que si le pasa algo a esta cerca...

—¡Yo tengo mucho cuidado! Te doy lo que me queda de la fruta.

—Mejor no, Ben.

—¡Te la doy toda!

Tom le da la pintura con cara triste y el corazón contento.

El barco de río trabaja al sol. Tom come a la sombra de un árbol. Piensa en el niño que viene después. Desde la sombra el mundo se ve mucho mejor.

Y niños hay muchos. Llegan para reírse y se quedan a pintar. Billy Fisher. Johnny Miller. Y así toda la tarde.

Por la mañana Tom es el niño más pobre del pueblo. Ahora es el más rico. Tiene doce canicas. Tiene una llave que no abre ninguna puerta. Tiene un gato de un solo ojo, vivo. Y la cerca está pintada tres veces.

Sin saberlo, Tom encontró hoy una cosa importante sobre las personas. Cuando una cosa es difícil de conseguir, todo el mundo la quiere.

Trabajo es lo que uno tiene que hacer. Juego es lo que uno no tiene que hacer. Es la misma cerca. Cambia quién la pinta.

Tom va camino de casa con los bolsillos llenos. Pasa delante de la casa grande del otro lado de la calle. Antes esa casa estaba cerrada.

Ahora, delante de la casa, hay una niña que Tom no conoce. Pelo rubio y largo, y un vestido blanco.

Tom se para.

Y se olvida de la cerca y de la tía Polly. Se olvida de Sid. Se olvida de los doce niños que pintan por él.