Capítulo 13
El juez
Pinocho saca tierra con las manos, otra vez y otra vez. Saca mucha tierra. No hay nada. Ni una moneda.
Entonces corre al pueblo y entra en la casa del juez.
El juez es un gorila viejo con una barba blanca muy larga.
Pinocho le cuenta todo, palabra por palabra.
El juez escucha sin hablar. Tiene cara de bueno, y se ve que la historia le llega al corazón. Casi llora.
Cuando Pinocho ya no tiene nada más que decir, el juez llama con la mano.
Y entran dos perros grandes con ropa de policía.
El juez levanta la mano hacia Pinocho y dice, muy serio:
—A este pobre niño le sacan cuatro monedas de oro. Llévenlo a la cárcel.
Pinocho oye eso y no entiende nada. Quiere hablar. Pero los dos perros le cierran la boca con las patas y se llevan al muñeco.
Nadie dice que eso está mal. Así son las cosas en ese pueblo.
Y así Pinocho pasa cuatro meses en la cárcel.
Si no es por una cosa buena que pasa, ahí se queda mucho tiempo más. Un día hay una fiesta muy grande en el pueblo. Y por la fiesta dejan salir a todos los ladrones.
—Si salen los otros, yo también salgo —le dice Pinocho al hombre de la puerta.
—Tú no. Hoy salen los ladrones, y tú no eres ladrón.
—Perdón —dice Pinocho—. Yo también soy ladrón.
—Entonces pasa —dice el hombre. Se saca el gorro, pone una cara muy seria y le abre la puerta.
Pinocho sale y corre por el campo, porque quiere llegar antes de la noche.
Corre hasta el camino del bosque. Corre entre los árboles. Ve, abajo, el lugar del zorro y el gato. Ve el árbol grande.
Pero no ve la casa blanca.
Corre más rápido. Llega al lugar donde está la casa.
La casa ya no está.
Y su padre nunca llega a esa casa, porque Pinocho no está ahí para esperarlo.
En el suelo hay una piedra blanca, y en la piedra hay palabras. Pinocho lee despacio, porque lee muy mal:
Aquí está el hada de pelo azul.
Se muere sola
porque Pinocho, su hermano,
se va y no vuelve.
Pinocho se cae al suelo. Pone la cara contra la piedra fría y llora.
Llora toda la noche. Cuando llega la mañana todavía está ahí. Ya no le queda agua en los ojos. Pero el cuerpo de madera se mueve y se mueve, y hace un ruido feo. Ese ruido se oye desde lejos.
—Hada mía, ¿por qué te mueres? ¿Por qué no me muero yo, que soy tan malo? ¿Y mi padre? Hada mía, dime dónde está mi padre. Nunca más voy a dejar solo a mi padre. ¡Yo también quiero morirme!
Pinocho quiere tirarse del pelo. No puede: su pelo es de madera y está pintado.
En ese momento pasa una paloma grande por el cielo. Ve al muñeco en el suelo y le grita:
—¿Qué haces ahí abajo, niño?
—¿No ves? Estoy llorando.
—Dime una cosa —dice la paloma—. ¿Tú conoces a un muñeco de madera que se llama Pinocho?
—¡Pinocho! ¿Dices Pinocho? —Y Pinocho salta—. ¡Pinocho soy yo!
La paloma baja rápido al suelo. Es más grande que Pinocho.
—¿Entonces conoces a Gepeto?
—¿Que si conozco a Gepeto? ¡Es mi padre! ¿Vive todavía? ¡Dime, por favor!
—Hace tres días que está al lado de un mar muy grande. Hace una barca pequeña, para él solo. Hace cuatro meses que camina por todos los pueblos y busca a su hijo. No encuentra al niño en ninguna parte. Ahora quiere pasar al otro lado del mar y buscar ahí.
Pinocho se queda mirando a la paloma con la boca abierta.
—¿Y está lejos ese mar?
—Muy lejos. Muchas horas de camino.
—¡Ay, paloma! ¡Yo también quiero volar!
—Si quieres, yo te llevo.
—¿Cómo?
—Encima de mí.
—¿Y puedes conmigo?
—Tú eres de madera.