Capítulo 16
El pueblo donde todos trabajan
Después de media hora llega a un pueblo.
En ese pueblo todo el mundo trabaja. Todos van y vienen con algo en las manos. No hay ni una persona parada en la calle.
—Ya veo —dice Pinocho—. Este lugar no es para mí. Yo no soy de trabajar.
Pero tiene hambre. Hace todo un día que no come nada.
Y para comer solo hay dos cosas: trabajar o pedir.
Pinocho pide. Le pide a un hombre que lleva dos carros de madera, y el hombre le dice:
—Te doy cuatro monedas si me ayudas con los carros.
—Yo no soy un burro —dice Pinocho, muy enojado.
—Entonces sigue con hambre, hijo —dice el hombre.
Le pide a otro, y a otro. Todos le dicen lo mismo:
—Busca trabajo y gana tu pan.
Entonces pasa una mujer pequeña con dos jarros de agua.
—Señora, ¿me deja tomar un poco de agua de su jarro?
—Toma, hijo —dice la mujer, y pone los dos jarros en el suelo.
Pinocho toma agua hasta que no puede más. Después se pasa la mano por la boca y dice, medio para él solo:
—Ya no tengo sed. Ahora, si el hambre se va tan fácil...
—Llévame un jarro a mi casa —dice la mujer—, y yo te doy pan.
Pinocho mira el jarro y no dice ni sí ni no.
—Y con el pan te doy comida caliente.
Pinocho mira el jarro otra vez y no dice ni sí ni no.
—Y después de la comida, algo dulce.
Ahí Pinocho ya no puede más.
—Bueno —dice—. Le llevo el jarro.
El jarro es muy grande. Pinocho no puede llevar ese jarro con las manos. Entonces se pone el jarro en la cabeza.
En la casa la mujer sienta a Pinocho a una mesa pequeña. Le pone delante el pan, la comida caliente y lo dulce. Pinocho no come: Pinocho se come todo, muy rápido, sin hablar.
Cuando ya no queda nada, levanta la cara para dar las gracias.
Y se queda con la boca abierta y los ojos grandes.
—¿Por qué me miras así? —dice la mujer, y se ríe.
—Porque... —dice Pinocho, y no puede seguir—. Porque usted... Usted es la misma. La misma voz. Los mismos ojos. Y el mismo pelo azul...
Pinocho se tira al suelo y le agarra las dos manos a la mujer.
—¡Hada mía! ¡Hada mía! Dime que eres tú. Yo lloro mucho por ti. ¡Toda una noche al lado de la piedra blanca, y lloro y lloro!
La mujer no dice nada por un momento. Después le pone la mano en la cabeza.
—Ya sé que lloras por mí —dice ella—. Por eso vengo a buscarte. ¿Y tú? ¿Cómo sabes que soy yo?
—Porque te quiero.
—Antes yo era una niña —dice ella—. Y ahora ya soy grande. Casi soy tu mamá.
—¡Mejor! —dice Pinocho, y salta—. Entonces ya no eres mi hermana. Ahora eres mi mamá. Hace mucho que quiero una mamá, como todos los niños.